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War love songs (A propósito del filme bélico “1917”)

El destacado realizador y guionista Camilo Hernández reflexiona, a tenor con el reciente estreno del filme bélico “1917”, sobre las canciones de amor en las guerras, y nos trae a ELCINEESCORTAR una excepcional compilación de estos himnos salvadores.

Pocos son los recodos que tiene la narrativa de 1917, el celebrado film de Sam Mendes. Uno de ellos, calculado para que el personaje protagónico -y el espectador- se recompongan antes de la secuencia final, incluye a la tropa escuchando Wayfaring Stranger, una canción folk de principios del siglo XIX.Soy un pobre y extraño caminante

Viajando por este mundo terrenal

No hay enfermedad ni trabajo ni peligro

En esa hermosa tierra hacia donde voy.

Voy a ver a mi Padre

Y a todos mis seres queridos que se han ido

Voy cruzando el (rio) Jordan

Voy a casa.

Sé que las nubes oscuras me rodearán

Sé que el camino sera largo y empinado

Pero ante mí se alzan los bellos prados

Con que Dios premia los sacrificios.

Voy a ver a mi Padre

Y a todos mis seres queridos que se han ido

Voy cruzando el (rio) Jordan

Voy a casa.

Varios –entre ellos Arturo Pérez-Reverte, reportero de guerra- han criticado la “cursilería” de la secuencia, obviando o flagrantemente ignorando la presencia de la música popular en los grandes conflictos bélicos.

Las guerras se decretan en lo alto de las sociedades, pero se implementan a nivel de calle, con muchachos que tenían otros planes y fueron arrancados violentamente para ser peones de un juego donde muchos murieron sin llegar a entender.

Ante el peligro se desvanecen los ideales y sólo quedan las referencias humanas: la casa, la familia, los paisajes de la infancia, la persona amada. Sentimientos comunes a la especie, no importa en cuál bando ideológico se milite.

Las canciones que quedaron atrás se redimensionan en el campo de batalla, suavizando los miedos y prometiendo el regreso a la normalidad.

Incomodan a la oficialidad, que las prohíbe porque no se parecen a lo que se espera de una fría máquina de matar. Pero sanaron a la tropa. Y los soldados enfrentados las cantan por igual, con el mismo sentimiento.

Entre ellas han salvado más vidas que todos los himnos juntos.

Estas son algunas canciones que, como Mambrú, fueron a la Guerra.

Aura Lee (Guerra de Secesión, 1861-1865)

Junto a Lorena (“Cien meses han pasado, Lorena, desde que tuve tu mano entre las mías”) es la más recordada melodía de la Guerra de Secesión.

Se publicó en 1861, el año en que comenzó la contienda entre el Norte y el Sur. Habla de Aura Lee, “una doncella de cabellos dorados“, y la cantaron unionistas y confederados.

En 1956, Elvis Presley retomó la melodía, le puso otra letra, y nació Love me Tender.

Ojos tapatíos (Revolución Mexicana, 1910-1920)

Si una guerra estuvo llena de música fue la Revolución Mexicana, con mayormente corridos que cantaban las glorias del caudillo a quien servía el juglar.

Entre aquellas arengas y la macharrada se coló esta hermosa excepción que se estrenó en el Teatro Principal de la Ciudad de México en 1913.

En noche de luna

perfume de azahares

en el cielo estrellas

y tibios los aires.

Y tras de la reja

cubierta de flores

la novia que espera

temblando de amores, sí.

I Wonder Who´s Kissing Her Now (Primera Guerra Mundial, 1914-1918)

Se publicó en 1909, y cuando llegó la Gran Guerra ya la conocían lo suficiente para cantarla en el campamento. Aún no existían los discos ni la radio.

El ritmo de vals triste, la duda de quien ignora dónde estará su amada, si alguien más la corteja y si aún ella lo recuerda, dotan de fragilidad al conflicto bélico más devastador que la Humanidad había visto hasta ese momento.

My Buddy (1922)

El sentido de pérdida era personal y comunitario. Así como las ciudades habían sido sustituidas por ruinas, las familias y las comunidades estaban llenas de huecos, de ausencias”.
(Continente salvaje. Keith Lowe)

My Buddy fue la primera de muchas colaboraciones entre Walter Donaldson (compositor) y Gus Kahn (letrista), que le dio al cancionero norteamericano joyas como I´ll See You In My Dreams, It had to be you, My baby Just cares for me y Dream a Little Dream of Me, entre tantas.

Se publicó tras terminar la Gran Guerra y está permeada del sentimiento de vacío y culpa de los sobrevivientes.

El uso de la palabra “buddy” (amigo, cómplice) permite que mujeres y hombres puedan sentirse identificados con su letra. Muchos muchachos volvieron a casa y dejaron a sus ‘buddies’ detrás.

Rocío (Guerra Civil Española, 1936-1939)

La copla nació en la República Española y, al terminar la guerra, Franco entendió su apego popular y su utilidad social. La convirtió en el sonido oficial de su diseño de país.

Tras su muerte, los estúpidos que no faltan quisieron prohibirla. Por suerte para España existían Serrat, Ana Belén, Víctor Manuel y otros que arroparon y salvaron para la posteridad una de las manifestaciones musicales más hermosas del siglo XX.

Quintero, León y Quiroga (y en ocasiones Valverde) fueron los artífices del género y, gracias a ellos, tenemos Ojos verdes, La Zarzamora, A tu vera, Pena penita pena, Romance de la Reina Mercedes y, por supuesto, Rocío, que Imperio Argentina estrenó en 1935 y cantó como nadie.

Los soldados republicanos y nacionales, saturados de Ay, Carmela y Cara al Sol, la llevaron con ellos al campo de batalla.

Lili Marleen (Segunda Guerra Mundial, 1939-1945)

Quizás la canción bélica más conocida.

Lale Andersen la grabó en 1939 y, cuando los nazis ocuparon Radio Belgrado y empezaron a trasmitir para sus tropas, era uno de los pocos discos que tenían en stock.

Por su alta rotación, pronto se hizo famosa entre la soldadesca. El amargado de Goebbels ordenó retirarla de la programación para darles más espacio a los rampantes panfletos políticos que tanto ama ese tipo de gente.

Pero era tan querida que no hubo manera.

La tradujeron al inglés y la cantaron en todos los frentes de la guerra porque en todos había un soldado de guardia recordando a su novia que lo esperaba bajo un farol.

Noches de Moscú (1955)

Se llamó originalmente Leningradskie Vechera o Noches de Leningrado, pero el ministro de cultura de entonces ordenó cambiarle el nombre.

Evoca los paisajes helados y tranquilos que rodean una ciudad que duerme, lejos de la épica monolítica de la construcción del socialismo. Los soldados soviéticos la llevaron con ellos a donde fueron.

Es una melodía bella y nostálgica, pero el proverbial mal gusto de la nomenklatura no ha legado ni una grabación que le haga justicia. Casi todas son de bandas y coros militares. Y Groucho Marx decía que ‘la justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música’.

Esta es la versión más potable que encontré, con el finado Hvorostovsky -lo único sexy que ha tenido Rusia desde Rasputin– y la Netrebko, a quien hasta le perdono que haya sido tan bella y ahora parezca una recepcionista de pueblo.

Aunque alguna vez quisiera oírla mínima, musitada, como debe ser, basta ver las caras de los espectadores del video para entender qué lugar ocupa en sus afectos.

J’attendrai (1938)

Es la contraparte francesa de Lili Marleen, en la voz de Rina Ketty, traducción de una canción italiana de un año antes, y cuenta el drama de quienes quedan en la retaguardia, esperando.

Aunque conozco muchas versiones -incluida una insuperablemente infame de Dalida– la de Ketty me sigue pareciendo la mejor.

Este es el comentario que puso quien subió la canción a YouTube:

“En julio del año 1942, el preso austriaco Hans Bonarewitz logró algo casi imposible: escapar del campo de exterminio de Mauthausen. Se escondió en una caja de madera que iba a ser cargada en un camión y un rato más tarde estaba fuera del campo. Dieciocho días después fue capturado de nuevo y conducido otra vez a Mauthausen. Allí lo tuvieron encerrado en la misma caja durante una semana, hasta que fue ahorcado el 30 de julio. Bonarewitz era gitano y, por ello, llevaba un triángulo invertido de color negro cosido en su chaqueta; los judíos lo llevaban amarillo, los comunistas rojo, los homosexuales rosa, etc. Su ejecución fue un macabro ritual. Lo colocaron sobre un carro, uno de los que usaban para acarrear los cadáveres del crematorio, y lo pasearon por todo el campo. Dos vueltas completas dio al recinto, acompañado en todo momento por una orquesta de diez músicos (prisioneros también), a los que ordenaron interpretar J’attendrai. Hicieron formar a todos los prisioneros frente a sus barracones, nadie debía perderse el espectáculo. En una explanada estaba preparado el patíbulo. El oficial al mando obligó al cortejo a detenerse frente a él y lo colgaron. Eso sí, sin que la orquesta dejara de tocar J’attendrai. ¿Cómo una canción con una melodía y una letra tan bellas como esta pudo utilizarse de manera tan alevosa.”

(Jose-Juan Porcar Cano)

I´ll be seeing you (1938)

Nostalgia pura, de otro dúo prolífico: Sammy Fain e Irving Kahal.

Servía tanto para quienes fueron al frente como para quienes quedaron en casa: “Te encontraré en la mañana y cuando la noche sea nueva miraré a la luna y te estaré viendo”.

La grabación de Billie Holiday de 1944 fue la última trasmisión que la NASA envió al robot Opportunity que estaba en Marte antes de desconectarlo: “Miraré a la luna y te estaré viendo”.

We´ll Meet Again (1938)

Vera Lynn (que aún vive con 102 años) es un monumento nacional en Gran Bretaña.

Su voz, más que los discursos de Churchill, ayudaron a los ingleses a soportar la sangre, el sudor y las lágrimas.

Cada país que ha ido a la guerra he tenido una canción del corazón que se coló de contrabando en la impedimenta, que se impuso sobre las órdenes y la épica.

Los tiranos y los conflictos pasaron, pero las melodías que alguien escribió sin pensar dónde terminarían fueron el refugio que les garantizó la sobrevida a muchos, incluido el abuelo de Sam Mendes, en cuyo tributo se hizo “1917”.

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