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Debate abierto sobre “Sergio & Serguéi” y el cine cubano actual (II)

debate de ideas

Continúa el excelentísimo y ácido debate intelectual desde las páginas del extraordinario blog “Cine Cubano: la pupila insomne”, entre su gestor Juan Antonio García Borrero y Rolando Leyva Caballero, propiciado por el estreno del filme cubano-español “Sergio & Serguéi” de Ernesto Daranas, y que ha abierto exclusas inusuales para liberar raudales de juicios asociados al papel que debe jugar en estos tiempos -y a las formas sobre el ejercicio del criterio- de la crítica cinematográfica que se practica en Cuba.

Replica de Juan Antonio García Borrero a Rolando Leyva Caballero (2)

juan antonio garcia borreroEstimado Rolando:

Yo también doy por terminado el debate.

Ni tú ni yo poseemos la Verdad Absoluta sobre estos temas, así que si los lectores tuviesen ahora más dudas que antes del intercambio, la discusión habría valido la pena. Al menos para mí, eso es lo importante: remover ideas, más que tratar de imponer las mías.

En lo personal, estos debates también me sirven para tantear las posibilidades reales que tendría un tipo de crítica que no renuncia a la confrontación, pero asumiendo a la asertividad como su principal perfil. Para mí eso es fundamental, porque es lo que me permite entender que el mundo no está hecho, sino que lo hacemos a diario con nuestras percepciones, nuestros combates, nuestras filias y nuestras fobias.

Y que excluir al otro tan solo porque tiene una visión diferente a la mía, sencillamente es autoritarismo disfrazado. Es lo que me permite comprender que José Manuel Valdés Rodríguez, Mirta Aguirre o Mario Rodríguez Alemán, al margen de posiciones ideológicas con las que discrepas, tenían también verdades que enseñarnos (no en balde fueron grandes maestros, personas muy cultas): contribuyeron a mi formación, aunque en estos instantes yo ande buscando otros caminos interpretativos.

De todos modos, ahora que me invitas a pensarlo, creo que mi referente epistemológico más remoto sigue estando en André Bazin, y el deslumbramiento que provocó en mí su descubrimiento como autor aquella mañana ya lejana en la sala de Arte de la Biblioteca Provincial “Julio Antonio Mella”.

Entonces copié a mano esa observación que, pese al tiempo transcurrido, los críticos más tarde descubiertos, el montón de libros leídos, sigo repitiéndome una y otra vez:

La verdad en la crítica no se define por no sé qué exactitud, mensurable y objetiva, sino más bien por la excitación intelectual provocada en el lector: su calidad y su amplitud. La función del crítico no es la de poner sobre una bandeja de plata una verdad que no existe, sino la de ampliar al máximo posible la inteligencia y la sensibilidad de aquéllos que le leen, el choque de la obra de arte”.

En nuestra polémica has traído a la luz verdades irrefutables mezcladas con falsos argumentos que apelan más a la adjetivación emotiva y lo connotativo, que a lo racional.

Cuando dices “Incurres quizás sin querer en la actitud del comisario cultural” o sugieres que mi réplica “demoniza la actitud contestataria” o te convierte en “enemigo ideológico”, estás construyendo una imagen que algunos rechazarán no a partir de lo que he escrito, sino del repudio que provocan esas prácticas excluyentes.

Hay aquí, además, una contradicción flagrante, en tanto defiendes el legítimo derecho de todo ciudadano a ejercer el criterio, pero te incomoda que uno pueda oponerle a ese criterio las objeciones que se entiendan.

Te das el lujo de insinuar que Ernesto Daranas ha sido domesticado ideológicamente al realizar “Sergio y Serguéi”, pero te parece ofensivo que alguien (que no es mi caso) te acuse de militar en el bando contrario por lo que expresas. E insisto que no es mi caso, porque como estudioso de estos temas culturales intento estar más allá de esas etiquetas ideológicas que no nos permiten valorar en todo su esplendor la riqueza de ese universo audiovisual que a diario acontece entre cubanos de todas las partes de planeta (y no solo en el ICAIC, no solo en Cuba).

Tal vez la contradicción que más me impacta es la que asociaría al sentido último de tus intervenciones públicas. En un principio pensé que estabas por dignificar el arte nacional (eso no lo he inventado yo; solo repito lo que dijiste en su momento), y ahora veo que te pronuncias por que “cada cual vea lo que quiera así sea una mierda”. Si en verdad es esto último lo que interesa legitimar, entonces: ¿a qué tanta polémica?, ¿a qué tanto vapuleo de “Sergio y Serguéi”?

Pero ya que estamos aquí, trataré de precisar algo: a mí no me asquea lo que está pasando con el consumo cultural en Cuba (que cada vez es más parecido al consumo global). Solo soy un estudioso que trata de establecer un diagnóstico (sin adjetivos, sin epítetos) y, sobre esa base, intenta imaginar mundos alternativos.

Que de eso es de lo que va el Proyecto “El Callejón de los Milagros”, por ejemplo: allí no intentamos imponerle a la gente lo que tiene que ver (es decir, no nos interesa imponerle a las personas ni El Paquete ni La Mochila), sino tratamos de llamar la atención sobre lo alternativo, y sobre el uso creativo de todo lo que tenemos a mano. Es el individuo el que tiene la última palabra (no los críticos, que serían en todo caso intermediarios), y es el sistema institucional el que tiene el deber de ofrecerle esas alternativas públicas.

Para finalizar: nada tengo contra el lenguaje incendiario que procede a martillazos.

El hecho de que a mí me interese practicar el dialogo constructivo más que la demolición altisonante, no ha podido borrar el placer de leer a Schopenhauer, Nietzsche, Cioran. Pero sigo prefiriendo el término medio aristotélico a la hora de interpretar lo que sucede a mi alrededor.

Ese término medio se ha descifrado mal al asociarse al gesto cubano de “quedarse en la cerca”. Yo lo veo de otro modo: si los raptos de sinceridad crítica a la que aludes como virtud me garantizara siempre el encuentro con la Verdad, me sumaría a ella con gusto.

Pero después de Marx, Nietzsche o Freud (los maestros de la sospecha), sabemos que la conciencia también nos puede engañar disimulando el protagonismo invisible que tendrían el entusiasmo o al resentimiento en nuestros actos; o sea, que también nuestra conciencia merece el mismo rigor crítico que le dedicamos a aquellos que provocan nuestra admiración o rechazo.

Pero seguramente eso daría para otro debate no menos arduo. Por lo pronto concluyo aquí.

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Replica de Rolando Leyva Caballero a Juan Antonio García Borrero (2)

El hilo invisible que nos separa.

rolando leyva caballeroEstimado Juan Antonio:

Lo que denominas dispersión quizás sea la expresión escrita de la capacidad adquirida y entrenada de correlacionar fenómenos artísticos, estéticos, ideológicos, aparentemente desconectados entre sí.

Quizás esos arranques de sinceridad que padezco en lo personal sean mucho más productivos que la práctica casi demencial de los mutismos selectivos, a ratos impuestos, un trastorno de la conducta que nos afecta en tanto nación y pueblo, hace tantísimo, y que a juzgar por las apariencias no revertiremos pronto.

No tengo ningún problema con reconocer en público que apuesto, está en mi naturaleza, no puedo evitarlo ni me interesa, por la demolición controlada o el desmenuzamiento del cine y los fenómenos audiovisuales, pero también de la realidad económica, social, política, de lo que ocurre en mi país, el que abandoné, pero del cual me siento deudor y depositario de una responsabilidad que asumo a consciencia: la de ejercer el criterio, un derecho ciudadano del cual el crítico se apropia como una atribución delegada por Dios.

Precisamente porque no soy partidario de la censura, y mucho menos de la autocensura consensuada, pactada con el sistema político, programática por su carácter preventivo, insisto en dejar las medias tintas, diciendo por las claras, sin eufemismos ni parábolas, lo que verdaderamente interpreto sobre los problemas o temas que atraigan mi atención, del cine pero también de la realidad social que lo sustenta en su base argumental.

Incurres quizás sin querer en la actitud del comisario cultural que declara no censurar, por no disfrutar de la licencia correspondiente que, sin embargo, demoniza la actitud contestataria e incendiaria del crítico de cine, o quien sea, que se aparte o desmarque a voluntad del acuerdo tácito de no agresión entre la intelectualidad cubana de vocación orgánica e integrada y el sistema político vigente que la alimenta.

Que no opine igual, en este caso que tú, no me convierte en tu enemigo ideológico. Apenas denunciaría la falta de una cultura política compartida que permita el debate, desde el disenso, sin que haya defenestración de los disidentes, es decir, de los que simplemente no piensan igual.

Acusar de empobrecedor un debate porque va más allá del análisis estético para insistir en el emplazamiento ideológico de un fenómeno audiovisual, artístico, que se remite e inspira en una realidad social latente, me parece de una irresponsabilidad tremenda.

Lo llamativo es que seas precisamente tú, creador, impulsor de la etiqueta icaicentrista, que inteligentemente emplaza aún hoy la autosuficiencia y autocracia del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, el que no permitas ahora, o señales, a los que pretenden, no derruir lo que sería el legado y la obra casi monumental del ICAIC, sino los que nos tomamos la molestia de señalar lo que en nuestra opinión debe ser dicho como parte de un “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, reclamo ochentero con el cual el sistema político cubano nunca ha sido consecuente.

No incurriré en el antagonismo binario, contradictorio pero no dialéctico ni educativo, de estar a favor o en contra de las dos únicas opciones apenas que quieres imponerme. No fui el que aportó a la política cultural de la nación cubana, más política que cultura, la noción de la lucha de clases, de estar a favor o en contra, dentro o fuera, con nosotros o contra nosotros, si mal no recuerdo, primera persona del plural, que incluye a todos.

La modalidad de la crítica cinematográfica que ejerzo, que no compartes al parecer, lo cual respeto profundamente, bebe de muchos abrevaderos prácticos y teóricos, de una tradición analítica que quisiera creer que entronca con la obra de Guillermo Cabrera Infante y Rufo Caballero, mis pilares epistemológicos, mis maestros de las argucias despiadadas y los ataques piratas.

Quizás la modalidad de la crítica de cine que practicas tú prefiera remitirse más a la obra de José Manuel Valdés Rodríguez, Mirta Aguirre, Mario Rodríguez Alemán, pero eso ya es una cuestión de gustos sobre la cual no tengo nada que opinar porque es una elección de cada cual.

Por otro lado no me autoproclamo representante ni vocero de nada ni nadie. Soy esclavo de mis actos y palabras y pago el precio muy alto de ejercitar mi derecho al criterio.

Lo peor del caso es que asumes la vocación represiva de esos mismos comisarios culturales que a lo largo de años o décadas han descalificado la opinión diferente, tildándolas de reaccionarias, propias de francotiradores resentidos y no de ciudadanos, profesionales, que hacen su trabajo o asumen el deber cívico de expresar su disconformidad.

Deduzco, entiendo, a partir de tu formación jurídica primigenia, que te apropies de la retórica del medio para realizar acusaciones que no aplican ni tienen sentido. En lo que si coincido contigo es que nuestro trabajo no se remite solo al análisis, a la evaluación, a instituir jerarquías. También arriesgamos la suerte, siendo fieles a la abogacía como profesión, de asumirnos y movernos al unísono en esos tres roles de fiscal, juez y defensa.

Nunca me atribuiría la tarea inútil, maniquea, mesiánica, de dignificar el arte nacional. ¿Por qué deduces que mi intención es esa? ¿Emitir una opinión contra la corriente artística, estética e ideológica dominante me convierte en un policía del pensamiento o en un iconoclasta inconforme que se resiste a ser domesticado? ¿Dónde están los límites entre un posicionamiento y otro? ¿Por qué opinar diferente no puede ser precisamente esa tarea que intenta transformar el mundo desde un compromiso individual absoluto?

Todas las verdades acaban siendo viscerales, es decir, muy personales e intransferibles. ¿Por qué percibo que debo declarar mi utilidad social como paso previo a poder ejercer mi derecho a opinar? ¿El crítico de cine, el pensador por cuenta propia, debe demostrar alguna capacidad profesional más allá de su ansiedad analítica incorruptible? ¿Debo ser portador de una credencial o carnet de asociado que avale mi integración institucional? ¿Te estás posicionando tal vez del lado de los que ahora mismo en Camagüey instruyen de cargos penales a informadores y periodistas que sin un currículo universitario ejercen la profesión, usurpando funciones estatales? ¿Es válido que el estado, de la orientación ideológica que sea, ejerza el monopolio de la información, las noticias y la verdad?

Me preguntas qué he hecho, qué hice, qué haré, imagino que aparte de intentar publicar. Si quieres te puedo remitir el informe de quejas y sugerencias que le entregué al Comité Provincial de la UNEAC en Santiago de Cuba, donde proponía un plan concreto y realista para revertir la situación calamitosa de la producción audiovisual en el territorio.

De paso te podría anexar mi currículo, donde declaro los diez años de mi vida que me dediqué a enseñar pero también a producir, a formar parte de proyectos de realización. Es que tengo hasta estudiantes egresados de la especialidad de Historia del Arte que luego han continuado estudios y trabajando en el medio audiovisual y cinematográfico. No es una cuestión de vacua vanidad personal, pero te pregunto: ¿Qué más debo hacer? ¿Levantarme en armas para defender la República de Cuba o seguir importunando con mis opiniones profesionales fuera de tono?

Si te hace sentir cómodo y realizado en lo personal y lo profesional, admito que consulto tus libros como fuentes invaluables de información. Han sido y serán profusamente citados en mi proyecto de tesis en opción al grado científico de Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Valencia. No tengo problemas al respecto.

Precisamente porque los consulto a cada rato es que me surgen dudas sobre tu posicionamiento personal en el caso de “Sergio y Serguéi”, porque al hablar de herejía lo hacías dando por sentado una especie de confrontación de imaginarios simbólicos, donde los realizadores emplazaban la realidad social y el sistema político en su intento de democratizarlos.

El problema es que la herejía a la que hacías referencia siempre fue, o ha devenido, pose, puesta en escena, simulacro bien estudiado, tanto de los directores de cine como de los encargados de analizar su obra o darles el visto bueno para que filmen o estrenen.

Me hablas de la experiencia fallida que supuestamente enfrenté con el documental “Persona” (Eliécer Jiménez Almeida, 2014), que no pude exhibir en Santiago de Cuba, por lo menos no en un evento científico internacional, sí en mis clases de cine en UO. ¿Te has preguntado acaso, aunque se haya exhibido públicamente en Camagüey, por qué un agente de la seguridad del estado, acreditado e identificado como tal, disfruta de la potestad para presentarse en mi casa y pedirme que le entregue la única copia en DVD del material que exhibiría al otro día? ¿Tendrá que ver quizás con que, siendo elegido miembro de la UNEAC justo antes de venir a España, nunca me hayan entregado la membresía debida porque el periodista Pedro de la Hoz, pero también del Martillo, considera que lo que publico en nuevos medios sociales no es políticamente correcto? ¿Mi actitud me convierte a priori en un apestado enfermizo que debería ser recluido en un manicomio o sanatorio para protestantes profesionales altamente contagiosos?

Eso nos devuelve al plano de la realidad fáctica que padecemos en Cuba, nuestro país. Quizás uno de los elementos soslayados en el análisis de “Sergio y Serguéi” tenga que ver, una vez más, quizás desde “Fresa y chocolate” para acá, con el papel a desempeñar por el intelectual en una sociedad socialista a la cual debe tributar con su obra pero sin llegar nunca a poner en entredicho la base ideológica del sistema ni sus actores o ejecutores públicos que detentan el poder en nombre de todos, pero no en beneficio de todos.

Es que el cine cubano es esencialmente político, o aspiraría a serlo, y precisaría serlo. Todos los análisis que se hagan no pueden soslayar esta arista problemática y habitual. Una y otra vez el debate público se extirpa de raíz por las convenciones y conveniencias políticas al uso, que postergarán hasta el infinito el momento de que todos formemos parte del proceso de la toma de decisiones.

Por eso insisto: cualquier discusión sobre el cine cubano contemporáneo y la realidad social que le sirve de inspiración argumental será política o no será.

No me creo más el cuento de las dos orillas antagónicas y en pugna constante por la hegemonía ideológica y económica. Algunos de los mejores directores del cine cubano actual han conseguido ir más allá de ese determinismo cultural y geopolítico aberrante pero conveniente, que aplicará y existirá en el caso del audiovisual nacional hasta que las instituciones oficiosas y los que ejercen el poder político entiendan la conveniencia de permitir, potenciar, visibilizar esas producciones supuestamente antisistema pero cubanas, que no todos tienen por qué mostrar con orgullo el camuflaje verde olivo sino también sus harapos de dignidad.

Quizás te puedas adjudicar el mérito merecido, colgarte la medalla, de haber convertido Camagüey en una ciudad donde se concede asilo, en una urbe diferente que se puede permitir apreciar el audiovisual, el cine, porque tú y otros muchos empujan con fuerza, dedicación y tesón en la dirección correcta, pero no es ni remotamente parecido en el resto del país. Lo sabes. Ni siquiera en la capital, que es donde se toman las decisiones.

Tampoco es correcto ni sano que insinúes que todos aquellos que criticamos de manera ácida pero honesta el proceder de la industria cinematográfica nacional distorsionamos u omitimos la verdad para hacerle el juego ideológico al enemigo histórico del proceso de construcción de la nación cubana. Es un argumento desfasado y por demás desleal, que no aporta nada pues convierte en traidores potenciales a los que nos atrevemos a disentir con argumentos pasionales, personales.

No voy en busca de notoriedad ninguna. No troques en patología siquiátrica el hecho de proyectarnos en público hasta divergir. No recomiendes que me ingresen en un hospital para locos por remar contra corriente al mostrar, delante de las cámaras, un cartel desafiante del discurso dominante.

Planteas por lo claro que la pregunta “capciosa” que te formulé en la réplica anterior no aplicaba del todo al estar mal desde su concepción y presupuestos. Quizás tengas razón.

Ahora formulo otra pregunta: ¿Qué ha sido desde su fundación y qué será del ICAIC? ¿Por qué la primera ley en el campo cultural cubano posterior al triunfo revolucionario de 1959 implicó la creación del instituto? ¿Acaso los dirigentes del proceso político cubano, con Alfredo Guevara como ideólogo, intuían la importancia vital de gestar un movimiento audiovisual que sirviera de propaganda política internacional de cara a la promoción de los nuevos valores sociales a imponer? ¿Los movían intereses altruistas? ¿Necesitaban un ministerio de relaciones exteriores, estéticas, que favoreciera establecer alianzas estratégicas con movimientos políticos afines, al menos análogos, en el mundo?

El ICAIC fue, y es, a contrapelo del ICRT, el instrumento internacional de propaganda política del proceso revolucionario cubano, al menos en sus inicios.

Una pregunta más: ¿Por qué la preponderancia numérica del documental cinematográfico en detrimento de la ficción? ¿Qué producto estaba intentando vender el ICAIC, que no perdamos de vista es una industria cultural nacional? ¿Qué producto en serie proponía al consumidor?

Por eso es que también coincido contigo en que la crítica de cine debe reinventarse cada día e incluir éste rosario de preguntas para nada ociosas, aunque sí odiosas.

Si queremos tener una idea más o menos acabada, compleja y detallada, de cómo fue y es el proceso creativo cinematográfico específicamente cubano, habrá que enfrentar cuestiones bien espinosas, que nos abocan a tantear los límites de la tolerancia política de los decisores y dirigentes sometidos a escrutinio.

Mucho ha llovido en los casi sesenta años de existencia del ICAIC. Los únicos que no lo perciben son los funcionarios públicos que ejercen el triste papel de poleas de transmisión de decisiones tomadas a otros niveles de interpelación de la realidad. Las reglas del juego creativo y del consumo han cambiado, pero ellos insisten en vivir de espaldas a la realidad social imperante pues lo otro sería poner en peligros sus puestos políticos y profesionales de privilegio, de contubernio con los que trazan las políticas culturales.

Por otro lado no entiendo por qué te asquea o asusta el hecho del consumo cultural en tanto acto volitivo netamente individual, en detrimento del ritual colectivo de asistir a las salas a oscuras hasta caer fascinados por el sortilegio de la liturgia casi religiosa o mística de entrar en comunión estética, en un sopor compartido durante hora y media.

Tampoco comparto, no la noción idealizada de consumo democratizador que asumes o propones como cierta e infalible, sino que la relaciones con la fallida fórmula estatal de ideologizar la propuesta como garantía de preservación artificial de la pureza estética, intelectual, acorde a los principios que en teoría rigen en nuestra sociedad socialista.

¿Crees que Mi Mochila, nombre absurdo y aburrido donde los hay, a la que se puede acceder en los jóvenes club de computación, está en condiciones operativas reales de atraer o seducir a un consumidor contemporáneo despojado de prejuicios intelectuales? ¿De qué estamos hablando?

Si debo escoger entre ahogarme cada semana en un océano con al menos un Terabyte de profundidad y un charco pútrido de enlatados depurados, que a grandes rasgos es la oferta que contempla Mi Mochila, puedes estar seguro que casi todos decidiremos lo primero. Y que cada cual vea lo que quiera así sea una mierda. ¿O acaso piensas que la hegemonía cultural del sistema no se intenta imponer desde una propuesta tan espuria e ineficaz como la de Mi Mochila? Sería pecar de ingenuos.

En cuanto a la independencia creativa y teniendo en cuenta los nombres que mencionas, entre los cuales no hay mujer ni negro alguno, que la discriminación asume muchos rostros posibles: ¿Cuántos de ellos no han estado sometidos a presiones institucionales y políticas para que no fragüen una obra intrínsecamente problemática y responsable? Todos han acabado escaldados en algún momento por la pirotecnia burda de la censura.  

Jorge Molina quizás muera de un infarto del miocardio mientras seduce a una ninfa o acabe siendo embarrado de brea y plumas antes de que pueda verse reconocido como un cineasta serio y sus materiales aberrantes, según la moral comunista, exhibidos en seco. A Miguel Coyula le montan un operativo policial a cada rato para evitar la exhibición privada de un documental. En su casa. A Fernando Pérez le esperan los últimos días en La Habana. Carlos Quintela desanda por Japón cazando lobos en peligro de extinción. Tomás Piard, que ya no es un mozuelo que digamos, sigue desaparecido en combate. Como los cientos de directores jóvenes que andan por ahí.

Al menos Eduardo del Llano recién estrenó “Dominó”, catorceava parte de la saga de Nicanor O´Donell; incluso acaba de ganar el Premio Alejo Carpentier de novela por “El enemigo”. En cualquier caso me quedo con su actitud iconoclasta de subirse a la tarima con una camiseta negra que dice: “Blowjob is better than no job”, que traducido al español es “Una felación es mejor que no tener trabajo”. Así estamos en Cuba.

Resumiendo, una vez más coincidimos, te cito textualmente: “(…) al cine nacional hay que problematizarlo, pero incorporando al análisis de sus aspectos productivos, el debate de todo lo que tendría que ver con su consumo y su crítica (la crítica de la crítica). No podemos darnos el lujo de acusar al cine cubano de ser viejo con un lenguaje crítico que, a su vez, es viejo.”

Para ello, por supuesto, vuelvo a citarte textualmente: “(…) necesitamos una esfera pública que propicie el debate transparente, porque aunque el cine lo hacen los cineastas, su impacto nos afecta a todos (realizadores, públicos, críticos). Y en ese punto sí tendría que concederte que esa transparencia y receptividad por parte de los políticos todavía no existe. Al contrario: esa puerta parece definitivamente clausurada.”

En lo personal, ante tanta evidencia, disculpa que siga dando pataletas de ahorcado pero pienso que es mejor morir matando que permitir que nos asesinen a través del silencio.

Ojalá el debate arduo pero respetuoso entre nosotros sirva para abrir una puerta de emergencia, la de la discusión civilizada y pública, que nos permita escapar de la muerte y salvar los muebles en medio de los desastres de la guerra. Doy por zanjado el asunto.

Saludos transcontinentales desde Tarragona, Cataluña, España, Europa, La Tierra.

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