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Ricardo Acosta: “es en la edición donde nace la coreografía cinematográfica”

Este hermoso artículo de Ricardo Acosta, editor cubano miembro de la Academia de los Oscar, aparece en el sitio web de la Canadian Cinema Editors (CCE), la asociación profesional que agrupa a los más relevantes montadores de cine, televisión y nuevos medios de ese país. Fue publicado con el título “How I got into this biz – Ricardo Acosta”.

Cedido a ELCINEESCORTAR por su autor para su publicación en español.

Primero vino el sueño roto de convertirme en un bailarín de ballet. Tenía solo 10 años y estaba obsesionado con el ballet clásico.

Mi madre y yo acordamos que iría a las audiciones de la Escuela Nacional de Ballet. Durante semanas rodé los pies sobre una botella de vino en busca de los arcos perfectos.

Llegó el día de la audición, y mi madre y yo nos estábamos preparándonos para viajar a La Habana…

Mi abuela le preguntó a mi madre: “¿a dónde vas?”. Mi madre respondió: “el niño quiere ser bailarín y vamos a audicionar a la Escuela Nacional de Ballet“.

Largo silencio.

Ángela -ese era el nombre de mi abuela- me miró, escudriñando lentamente mi cuerpo, mi nerviosismo, mi sueño…

“¿Un bailarín…? -exclamó Ángela- ¿Un bailarín de ballet clásico…? ¿Tienes alguna idea del peligro al que expones al niño?”, le preguntó a mi madre.

Me quedé solo en la sala de estar mientras mi mamá discutía a puerta cerrada en el dormitorio de mi abuela.

“No, no, no…” “Mamá, no le hagas eso a él“, escuché exclamar a mi madre.

La puerta se abre. Mi madre sale llorando y me empuja a nuestra habitación.

“Mi amor, -ella me dice- tu abuela no aprueba que vayas a la Escuela de Ballet. Ya sabes nuestra situación, estamos viviendo bajo sus reglas, y no tengo otro lugar adonde ir contigo y tu hermanito. No puedo permitirme pelear contra Ángela. Tenemos que esperar. Tal vez, en otro momento, bailarás…”

Lloré, lloré y lloré… hasta que mi sueño roto se mojó tanto con mis lágrimas que se derritió en la nada.

Me refugié en la lectura de poesía. Las metáforas eran mis pastillas para el dolor, mis boletos para viajar, mis armas para luchar.

Pasó el tiempo y me convertí en un joven que estudiaba historia del arte en la Universidad de La Habana. A lo largo de todos esos años había sido un actor/director feroz y amateur, y el teatro era mi forma de expresarme y conversar con el mundo.

Un día, mi amante, Iván Arocha, que era editor del Instituto Cubano de Cine, me habló de una nueva promoción que el ICAIC estaba lanzando en busca de nuevos talentos para unirse al mundo de los cineastas.

Fui a la audición.

Impresioné al comité con mi enfoque poético de la narración de cuentos, los movimientos y gestos de mi cuerpo danzante, la pasión de mi historia y los registros de mi entrega. Estaban obsesionados con la posibilidad de que tal vez, solo tal vez, este hombre joven y ambicioso, que parecía un bailarín, pudiera ser uno de los nuevos talentos que estaban buscando.

Me dieron la bienvenida en el Instituto Cubano de Cine.

– Tú quieres ser

un director…

un fotógrafo…

un diseñador de sonido…

un productor…?

– No.

La edición fue mi elección.

 -¿Por qué?

– Porque es la intersección del movimiento, la historia, el corazón, la poesía, el alma, la política, las emociones y la humanística. Porque es el último escenario en el que nace la coreografía cinematográfica.

El resto es historia, y aún está en desarrollo.

 

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