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Volver los ojos a “Lucía” / Volver a los ojos de Lucía

A propósito del estreno en la isla el pasado 9 de diciembre de la copia restaurada del filme cubano “Lucía”, de Humberto Solás, una aguda reflexión del poeta, dramaturgo y crítico de arte Norge Espinosa Mendoza para la revista del Festival de Cine de La Habana.

Cedida a ELCINEESCORTAR por su autor para su publicación posterior.

Luciano Castillo, director de la Cinemateca de Cuba, presenta “Lucía” restaurada en la 39 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en La Habana, junto a Aramís Delgado, Eslinda Nuñez y Leo Brouwer. © Arelys María Echevarría

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Pasa, con ciertas obras de arte, lo mismo que con ciertos amores.

No desde otro punto de partida que no sea cómplice de esa relación tan intensa y extrema que la que tenemos con algo amado, es que podemos entender, apreciar y revisitar lo que esa obra nos propone.

Así me sucede con el filme que prefiero de toda la producción cinematográfica cubana, y no podría en realidad escribir una sola línea acerca de “Lucía” sin advertir esto al lector. Ni a mí mismo.

Espejo a manera de tríptico, mosaico de nombres, cuerpos, memorias y deseos que discuten intensamente una idea de la Nación, “Lucía” es el resultado en todo sentido asombroso de la apuesta que un joven director, de solo 26 años, se hacía a sí mismo y a la historia de nuestra filmografía. No en balde esta obra monumental se estrena en 1968, año de gracia del cine cubano, en el que también llega a las pantallas “Memorias del subdesarrollo”.

No suelo creer en las coincidencias, y la aparición en la misma fecha de estas producciones esenciales dice algo más sobre la acción del ICAIC y su impacto en la vida cubana de por aquel entonces, cuyo eco llega hasta hoy, cuando casi a las vísperas del medio siglo de aquellos estrenos, podemos volver los ojos a “Lucía”, a “Memorias…”, a las claves que ambos filmes activaron, para comprobar que lo fundamental de sus propuestas sigue no solo estando vivo, sino que, aún hoy, permanece insuperado.

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“Lucía” es un filme, de muchas maneras, agradecido. Incluso viéndolo una y otra vez, en algún momento de su metraje descubriremos un detalle antes no apreciado, nos detendremos en un plano deslumbrante, alguna de sus actrices nos regalará una transición digna de recuerdo.

Los ecos de Visconti, el neorrealismo, el cine expresionista alemán, el melodrama, el acento lírico y la violencia de la cotidianidad en un tiempo de cambio, se combinan una y otra vez en una obra que, por encima de todos esos contrastes, posee indudablemente un carácter propio y reinterpreta todos esos referentes en una escala de autenticidad que es el eje de su permanencia.

En uno de los debuts más extraordinarios de cualquier trayectoria cinematográfica, Humberto Solás consiguió pasar no una, sino tres pruebas de fuego, hasta hacerlas cristalizar en un reto aún mayor: una película que pudo haber sido varias y que, sin embargo, encuentra su unidad, y su unicidad, en la artesanía eficaz de ese arco estilístico tan variado como intenso, y que no podemos imaginar sin el diálogo interno entre sus tres relatos.

Los talentos convocados (desde el elenco en el que deslumbran actores de vasta experiencia hasta los amateurs a los que Jorge Herrera retrata con la misma sagacidad y simpatía), a la formidable edición de Nelson Rodríguez que es el punto nodal del complejo acto narrativo que es “Lucía”, la música de Leo Brouwer, el vestuario, etc., se conjugan en un entramado donde pareciera no fallar ninguno de esos elementos.

No quiere decir ello que se trate de un filme perfecto, sino que es una obra que se levanta sobre sus virtudes y sus accidentes para dejar en el espectador una impresión imborrable, un retrato al mismo pasional y crítico de esa idea mayor que es Cuba, imaginada a través de sus mujeres justo en un momento en el que la iconografía de la Nación cedía espacio, en la prensa y la imaginación colectiva, a una idea de virilidad que no podía ser discutida sino dentro de muy estrechos límites. Lucía nos recuerda el acento femenino de nuestra identidad, lo subraya dentro de un contexto no carente de infinitos peligros. Y se alza desde ahí hasta el día de hoy, en que volver a verla es, nuevamente, caer bajo sus muchos encantos.

Tras el exitoso preludio que fue “Manuela”, Humberto se lanza en esta suerte de caída libre que le vino a la cabeza a modo de revelación.

“Yo venía caminando del Prado a mi casa, y en el camino, por la calle Obispo, en el año 66, sobrevino a mi mente esta película de tres cuentos, con tres personajes femeninos, de manera muy borrosa”, dice el cineasta en el documental “Memorias de Lucía“. Y acota ahí, tras mencionar a sus protagonistas: “Si es cierto que existe el destino y podemos desarrollar una voluntad determinista, yo creo que tanto ellas como yo nacimos para hacer esa película.”

Regresar al filme confirma tal idea, pues cada historia arropa de manera justa a cada una de sus intérpretes.

Lucía 1895 es Raquel Revuelta, quien sobrepasa sus desempeños previos en el cine cubano y mexicano para legarnos una imagen precisa de su enorme talento madurado en el teatro. Ella centraliza el más denso de los episodios, y logra que su caracterización unifique acentos tan extremos como los que provienen de la ópera, el melodrama romántico, el aire épico de la batalla de negros desnudos, hasta el final cargado de un expresionismo que lo inunda todo, hasta el sonido con esa atmósfera de voces distorsionadas que presagian el hecho de sangre.

Eslinda Núñez consigue ese acto tan retador que es mostrar el proceso de maduración interna y el despertar político de su personaje ante la cámara, y no hay que dudar de la exactitud ni belleza con la cual se consiguió vencer semejante desafío. Es de las tres Lucías, la única que “narra” al espectador y su despedida, sola, embarazada, junto al puente de Matanzas, con la flauta como único acompañamiento, instala una elipsis perfecta que halla su respuesta en el segmento de cierre.

Solás, que no dirigió nunca propiamente una comedia, cosa que sí hizo varias veces Titón, demuestra su capacidad para ir desde la alta temperatura dramática del primer relato y del lirismo del segundo, al juego dinámico y fresco del tercero, en el que Adela Legrá se reinventa para demostrar que no sería memorable solo como el rostro del mediometraje que precede a “Lucía” en la filmografía de Solás. Ahí la improvisación, el juego libre de los actores y la cámara con el esbozo que era el guion, según él lo prefería como método, consigue una flexibilidad y un desenfado que en sí mismo es un síntoma de la libertad creativa que posee el filme en todo su metraje, y en su logro definitivo.

Me permito un tributo a muchos de los otros actores y actrices de “Lucía”: Herminia Sánchez, Silvia Planas, Idalia Anreus, Rogelio Blaín, Flora Lauten, Teté Vergara, Aramís Delgado, todos dignos, y hasta Raúl Eguren, Isabel Moreno, María Elena Molinet y Aida Conde en apariciones no por breves menos dignas de mención. Y cómo no pensar en las coristas de mala muerte o en las mujeres de la manifestación del segundo relato, y en las vecinas o las que luchan con Tomás en la salina ya en el tercero; todas en sintonía afinada con la pauta del director.

Un Eduardo Moure en el tono exacto para su papel de amante y traidor, y un Adolfo LLauradó deslumbrante, hacen dura competencia al mucho menos experimentado Ramón Brito del segundo cuento. En una secuencia que se rodó cuando ya el proceso de filmación parecía concluido, un ojo agudo descubrirá, en la escena de la orgía de ese relato intermedio, a mucho de lo mejor del teatro cubano.

También esas sorpresas hacen que regresemos a “Lucía”, como el descubrir a Marta Valdés y Joseíto Fernández en su banda sonora. Es una obra que guarda secretos y deslumbramientos para cualquiera que se le acerque con el debido respeto y el cariño que merece una verdadera dama. Filme de tan poderosa policromía tonal, de ajustes en su tempo y en su edición que permiten entenderlo como un concierto, es un acto de versatilidad estilística como tal vez no se haya repetido luego en nuestro cine. Y una de las declaraciones más personales como acto de arte poética que haya tenido la cultura cubana en su último medio siglo.

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En tanto cristalización de una poética, “Lucía” establece el camino mediante el cual Solás regresa una y otra vez a ese núcleo de obsesiones y texturas que contiene toda su obra. Sus entregas posteriores, de alguna manera, conservarán algo de la impronta de este clásico, incluso cuando tratan de alejarse de ella de modo palmario.

La primera reacción fue “Un día de noviembre”, un filme sin dudas fallido, que demoró mucho en llegar a los espectadores, y en el que Solás trató de crear una atmósfera introspectiva que no maduró lo suficiente. Es una pieza, sin embargo, útil, ya que al igual que “Una pelea cubana contra los demonios”, nos lega un comentario oblicuo sobre la tensión que en los años 70 sufría el país todo, y que otras tantas maneras de expresar quisieron negar con oleadas de un optimismo que ya contenía su propio y casi predecible final.

La verdad de esas fuerzas en conflicto ha sido revelada a través de numerosas entrevistas (Wilfredo Cancio, Luciano Castillo, Rufo Caballero, Arturo Sotto, etc.), pero reclama la existencia de un registro puntual de todas esas luchas, que aceleraron o dañaron la producción y el resultado que son algunos de los filmes de la época, en la cual no faltan alegorías certeras, como “La última cena”, que Solás admiraba, y “Los sobrevivientes”, ambas de Titón.

Revisitando desde “Lucía” todo lo demás que filmó, es obvio también que se impone ya un análisis detallado y particular de su obra integral, de temas tan concretos como el sujeto femenino en su legado, que en no pocas ocasiones se deja ver  como alter ego mismo de las búsquedas y pérdidas del director.

Cuando llega su versión libre de “Cecilia Valdés”, la historia del ICAIC conoce un antes y un después, y el proyecto acaba siendo víctima de eso que llamo la “conspiración contra Cecilia”, orquestada y animada no solo por representantes del Instituto, sino por otros elementos que dispararon contra el ambicioso proyecto dardos de todo tipo.

El affaire “Cecilia” merece un libro aparte, porque, entre otras cosas, nunca se ha vuelto a rodar en Cuba una película así, no solo por sus dimensiones, su escala de producción, su relación tan compleja con la tradición, la historia de nuestras letras y la cultura, y las reacciones que desatara; sino también por todos los prejuicios que sacó a la luz en otros órdenes. Se recuerda una carta de Jorge Fraga a Alfredo Guevara en la que se propone eliminar varias escenas del corte que se pensaba mandar al Festival de Cannes, y no deja de ser curioso que varias de esas sugerencias insistan en eliminar cualquier asomo de una relación homoerótica entre Leonardo Gamboa y su amigo Meneses, algo impensable según una moral no solo del XIX sino, como se ve, también para la de algunos en el siglo XX.

La comparación con “Lucía” era inevitable para muchos, desatendiendo los conceptos específicos de una obra respecto a la otra. La respuesta de Solás, una vez más, fue volver a otro rostro femenino, al que retrató más amorosamente, regalando a Eslinda Núñez el protagónico de “Amada”, que concibió junto a Nelson Rodríguez, su mejor cómplice y confidente. En cierto modo, “Amada” es una respuesta en una escala distinta a todas las polémicas que “Cecilia” desencadenó: es otra adaptación literaria de un autor reconocido, una pieza inconclusa en este caso al que el cineasta aporta un nuevo y superior grado de interés, y un filme cuyo costo demostró que Solás podía conseguir una obra lograda sin el derroche del que se le acusó antes, como parte de esos golpes destinados a “Cecilia” y al ICAIC, y que consiguieron así fuera de modo indirecto la salida de Alfredo Guevara de su puesto como Presidente del Instituto.

Cuando he confesado, como al inicio de estas líneas, que “Lucía” es mi filme cubano preferido, salta siempre alguien en defensa de “Memorias del subdesarrollo”. El subrayado que propongo explica el por qué de mi preferencia, y es un acto de complicidad justamente con el aporte mayor de Solás a nuestro cine y a nuestra cultura visual.

Mientras la obra de Titón es indudablemente la pieza más sólida de nuestra cinematografía; Solás añade una nota de lirismo y subjetividad que añade otra textura a la idea de un cine cubano de la que carecía hasta ese entonces. Y con “Lucía”, abre definitivamente un espacio para el rostro de la mujer y sus problemáticas en el cine cubano que, si bien estaba preconizado en algunas piezas previas, aquí se instala rotundamente en el imaginario del espectador nacional.

A través de “Lucía” surgen, emanan, se despliegan, una serie de coordenadas que aún hoy siguen interconectando obras de nuevos realizadores, y que son deudoras del tríptico estrenado en 1968. Las influencias son a ratos tan evidentes como en “Retrato de Teresa” o en “Mujer transparente”. Pero también las hay tan sutiles como las del eco de la Raquel Revuelta del final del primer cuento en la actuación soberbia de Broselianda Hernández como Leonor Pérez en “José Martí: el ojo del canario” de Fernando Pérez. Todas ellas, en cierto modo, forman parte del linaje de “Lucía”. El propio Solás regresó a esos enlaces, para hacer un tributo no por tardío menos necesario a Adela Legrá, cuando la deja reaparecer en los minutos finales de “Miel para Oshun” en una obvia, probablemente demasiado obvia, referencia a su “Lucía”.

Vuelvo también a lo que dije al inicio: sucede así con todo lo que amamos. Lo vemos regresar una y otra vez, por encima de las dudas, las distancias, los resabios, la saturación y las frases comunes. Para reconocer en ese amor, más allá de las disquisiciones académicas y los análisis más asépticos, la misma fuerza inspiradora, el mismo impulso cercano al delirio, que nos hace pedir en un acto extremo, otra vez, una gardenia.

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Se nos ocurrió, en aquellas tardes de la Asociación Hermanos Saíz, invitar a varios directores cubanos para que nos hablaran de algunos de sus filmes. Todavía estábamos en la Casona del puerto habanero que fue la sede de esa institución, cercana al embarcadero de Regla, y que ahora, tras haberse convertido en el Museo del Ron, no alberga un solo detalle de su memoria como escenario de conciertos, lecturas, debates ocurridos allí y en los que se foguearon muchos de los nombres más interesantes de la cultura joven de ese tiempo.

Ciertas memorias alimentan otras desmemorias, acaso no demasiado oportunas para determinados paisajes de postal. Y mira que en esos encuentros se bebía ron, me digo ahora. Lo cierto es que se imaginó ese ciclo, poco antes de que perdiéramos la Casona y la Asociación empezara a convertirse en algo muy distinto. No recuerdo si todos los directores acudieron. Sí lo hizo Orlando Rojas, y hablamos, por supuesto, de “Papeles secundarios”, ese filme que es una obsesión entre mis contemporáneos.

Alguien localizó a Solás, y se pensó en un visionaje de “Lucía” con él presente. La tarde en cuestión llegó, y Humberto no aparecía. Nos confinamos, unos pocos, a ver la película una vez más y, repentinamente, a la altura de la mitad del segundo cuento, nos dijeron que Solás había llegado. Salimos de la sala de proyección, y ahí estaba. De esas tardes y noches en aquella Casona, guardo recuerdos imborrables, como el concierto fabuloso que Santiago y Vicente Feliú nos regalaron intempestivamente por obra y gracia de Omar Mederos. Ese diálogo con Solás forma parte de esas memorias.

Supimos así, por su propia voz, de los muchos obstáculos que hubo que enfrentar durante el rodaje. Y que la célebre escena de la gardenia se rodó gracias a la confianza que en ese instante solo tenían Raquel y el director, mientras el equipo de filmación trataba de no reírse ante lo que consideraban un gesto de ridiculez absoluta. No terminamos de ver “Lucía” esa tarde. Pasó algo mejor y extraordinario: la volvimos a ver a través de los ojos y el recuerdo de su creador.

No le dije en ese momento, ni nunca, que era el director de cine cubano con el que me hubiese gustado trabajar, y aprender. Una sola vez, en otra Casona, la de Línea, donde rodó otro filme suyo, le pedí una foto juntos, que la llegada repentina del actor Roberto Gacio echó a perder.

Cuando quiero volver a Solas, tengo que regresar a “Lucía”. Imaginarlo como el joven director que antes de llegar a la treintena, se dejó llevar por esa revelación que aún hoy nos sigue iluminando.

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A casi cincuenta años de su estreno, el 5 de octubre de 1968, los negativos de “Lucía” han sido restaurados para ofrecernos una copia prístina, honor que ya han recibido otros títulos esenciales del cine cubano, como “Los sobrevivientes” y “Memorias del subdesarrollo”.

Cuando podamos ver esa copia en Cuba, tal y como ya se ha proyectado en Cannes, seguramente se mezclarán otros estados de ánimo frente a la pantalla. Quiero creer que por encima de todo eso, este clásico se resistirá a entenderse como pieza de museo. Su trascendencia radica ahí: en la manera en que ha acumulado años y respeto sin perder la nitidez de sus claves, sin ceder a otras ironías y al cinismo del público de hoy.

En buena medida, porque “Lucía” reclama a los miembros del auditorio también roles muy concretos durante sus tres segmentos. Si en el primero, dado el carácter operático del mismo, somos esencialmente espectadores de la tragedia, en el segundo ya somos cómplices en un grado más profundo, y es por ello que es la voz de la segunda Lucía, su monólogo interior, la que nos devela la trama. En el tercer relato, reformulando las claves del documental, ya se nos pide algo más, y somos partícipes de esa revolución que Lucía experimentará en su lucha por ser, además de esposa, tan libre como útil. Esa ilusión de realidad que anima el tercer cuento es la que nos conduce hasta el célebre plano de la niña, que contempla a Tomás y a su esposa batallando en la costa, matizándola con un toque de humor que espanta cualquier afán de cierre trascendentalista, empleando con agudeza a la infancia como un símbolo que, tantas otras veces, antes y después de “Lucía”, ha sido tan mal manipulado.

Como clásico genuino, “Lucía” es irrepetible, ilumina a otras obras incluso más allá del ámbito del cine cubano. Contiene su propia eticidad y su propia raíz poética.

Tal vez no haya cartel más hermoso en toda nuestra cinematografía que el concebido por Raúl Martínez para promocionar esta película. Si a lo largo de todo el metraje Jorge Herrera se empecina en tratamientos cuidadosos de la luz para dar a cada relato su propia gama de blancos y negros, el cartel estalla en un colorido pop que subraya a la mirada de sus protagonistas como lazo directo hacia el espectador.

Es Lucía quien nos mira, no nosotros a ella. Y Solás, a través de las mujeres a las que puso en el centro de sus interrogantes.

Es por eso que el filme llega a esta edad sin convertirse en una pieza de arqueología: la vibración de sus preguntas más incómodas lo mantiene alejado de algo tan poco progresivo. Prueba de tal cosa son los diversos análisis que durante estas cinco décadas le han dedicado numerosos críticos e investigadores, y que encuentran en los estudios de José Antonio González, Eduardo López Morales, Rufo Caballero (“A solas con Solás”, su libro, es ya de referencia ineludible), o un documental como El cine y la vida, donde Manuel Iglesias Pérez recoge testimonios reveladores de Humberto Solás y Nelson Rodríguez.

En todas esas coordenadas, “Lucía” nos propone elementos nuevos de discusión, que al tiempo que iluminan su proceso de gestación, la recolocan una y otra vez en una dimensión fresca, como una pieza orquestal que ha encontrado su propio ritmo, su autonomía, su razón de ser en tantos espectadores del pasado, el presente y el futuro.

No sé si pueda legar a los más jóvenes algo de lo que siento en particular por esta película: el amor es caprichoso, se revela mediante sobresaltos y sorpresas que no siempre logran definirse, como raptos que al tiempo que enceguecen, nos dejan ver otras cosas.

Siempre quedará la pregunta acerca de una Lucía de hoy: una mujer cubana que hubiese sobrevivido a los grandes días de la épica y la utopía, hubiera atravesado las grandes crisis de la Cuba más reciente, y en algún instante, como lo hace Eslinda Núñez en ese plano desgarrador en el que sostiene un ramillete de flores humildísimas, mire a la cámara para decirnos algo que no puede explicarse exactamente con palabras. Como el amor, me digo.

Se trata de volver los ojos a “Lucía”, de volver a los ojos de Lucía.

Entre nosotros, los de ahora y los que vendrán, ella sabrá siempre encontrar una mirada que la entienda y le corresponda.

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