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Ese gran misterio llamado Severo Sarduy

En exclusiva, reseña del crítico y dramaturgo Norge Espinosa sobre el escritor cubano Severo Sarduy, a propósito del reciente estreno del documental “Severo secreto”.

Sucedió en una de las ediciones de la Feria Internacional del Libro de La Habana, en aquellos años en que aún se desarrollaba en los refrigerados salones de Pabexpo y la literatura era algo más importante que el parque de diversiones y el ambiente de picnic que hoy sufre ese evento en la Fortaleza de la Cabaña.

La Gaceta de Cuba había adelantado en uno de sus números el regreso a nuestras letras de ese escritor al que habían llamado “afrancesado” y que, sin embargo, estaba de vuelta al espacio donde nunca se le debió negar. No fue el único que dejó ver su rostro en aquel tiempo de la Gran Crisis de los 90: Lydia Cabrera, Agustín Acosta, Lino Novás Calvo y Carlos Montenegro fueron editados acá tras décadas de un silencio ominoso acerca de sus trayectorias en el exilio.

Severo Sarduy llegaba también.

Basilia Papastamatiu y Marilyn Bobes eran algunas de las figuras que se empecinaban en devolverlo, mediante artículos y diálogos. Pero en aquella Feria se anunció que estarían a la venta ejemplares de su ensayo “La simulación”, gracias a Monte Ávila Editores que había cedido copias de este libro para una presentación que estuvo a cargo de Virgilio López Lemus.

Temiendo que se armara una de las trifulcas que de cuando en cuando los cubanos formamos acerca de algo prohibido, le pedí a Virgilio que conservase su ejemplar para, en caso de no alcanzar alguno, me lo cediera. No fue necesario. Éramos unos pocos en el salón y, terminado el breve acto, los asistentes pudieron, incluso, comprar más de un ejemplar de aquel libro donde Severo Sarduy dilataba una de sus obsesiones: el cuerpo travestido, hipertélico, relacionado con mitos ancestrales y contemporáneos, curiosamente en un mismo tiempo en que La Habana se iba poblando de hombres que cada noche salían a ciertos escenarios para imitar los arranques de las divas del pop y la balada.

En ese momento tan sarduyano, sus personajes en cierto modo lo precedían, pero no había alrededor de su obra y su persona la ansiedad que Cabrera Infante y Reinaldo Arenas (esos dos rebeldes por excelencia) sí tenían, aunque ninguno de sus libros esenciales fuera publicado en Cuba entonces, ni aun ahora. En 1995 se editó “De donde son los cantantes”, el eje de toda la producción novelística de Severo, y puede decirse que su retorno sucedió sin demasiada alharaca. Para decirlo con frase que tal vez le gustaría: en su caso el carnaval iba por dentro.

En el año 2003, Ediciones Ácana publicó un tomo de Oneyda González: “Escrito sobre un rostro”. Paráfrasis del título del primer tomo de ensayos de Sarduy: “Escrito sobre un cuerpo”, de 1969.

El libro es en verdad un viaje de regreso, que propone un conjunto de ensayos sobre esta figura (Luis Álvarez Álvarez, Roberto MéndezCira Romero, Luis Suardíaz, entre otros) y valiosos testimonios que reconstruyen la juventud del autor en su ciudad natal.

A su manera, Severo se propuso colocar a Camagüey en el mapa literario de su día, y de la mano de Dolores Rondón, ese mito agramontino cuyo epitafio viene a ser el mantra que repite “De dónde son los cantantes”, reescribió -más que reinventó- a Camagüey desde su mirada, combinada con fibras de mitos hindúes, lienzos renacentistas, galerías barrocas, ruinas y cuerpos que filtró mediante sus lecturas intensas de Lezama Lima.

Siendo curiosamente miembro del grupo de la revista Ciclón, fundada en 1955 por José Rodríguez Feo para combatir el eco lezamiano, Sarduy cae bajo el embrujo del autor de “Paradiso” y, como afirmó, se empeñó en una escritura que era una suerte de nota al pie de la obra de Lezama. Es eso y es más, como deja ver uno de los libros más lúcidos que sobre él se han escrito entre nosotros: “Imagen y libertad vigiladas: Ejercicios de retórica sobre Severo Sarduy”, de Pedro de Jesús, ganador del Premio Alejo Carpentier de Ensayo 2014, el Premio de la Crítica Literaria y el de la Academia Cubana de la Lengua. Solo muy recientemente se publicaron en Cuba algunas de las páginas que Roberto González Echevarría, el gran estudioso sarduyano, le ha dedicado. Tal vez sirvan de estímulo a nuevas entradas y apariciones de ese espíritu tan inquieto que es Severo Sarduy en su retorno al país natal.

En esa maniobra de regreso jugará un papel notable el documental que inspira estos párrafos: “Severo secreto”, de Gustavo Pérez y la propia Oneyda González.

Se une a una serie de obras que han tratado de ejercitar esas restituciones: “Rara avis, el caso Mañach” de Rolando Rosabal y “Seres extravagantes” de Manuel Zayas alrededor de Reinaldo Arenas, son dos buenos ejemplos precedentes en esta saga.

Gustavo Pérez y Oneyda González, realizadores del documental “Severo secreto”

Como en ellos, el escritor es un misterio que se nos revela mediante su humanidad. Imágenes de archivo se mezclan con testimonios variados que los realizadores pudieron grabar en diversas partes del mundo. Alegra ver cómo Severo, más allá de la muerte que lo silenció en 1993, puede ser el pretexto para que Manuel Díaz Martínez, Luis Marré, Antón Arrufat, Rafael Rojas, Orlando Jiménez Leal, Ramón Alejandro, Manuel Villabella, Juan Goytisolo y algunos más, aparezcan en estos 64 minutos (que estimo pudieron ser un poco menos) y nos lleven de un cardinal a otro.

Severo y su hermana Mercedes Sarduy, infancia en Camagüey

Desde que comienza el documental, cuando vemos las pertenencias de Sarduy que forman parte de su archivo disponerse sobre una mesa blanca, queda claro el compromiso de los realizadores con la idea que defendió desde la escritura ese hombre al que miran frontalmente.

Mezcla de símbolos, de posesiones, de señales en juego, componen este calidoscopio en el que Severo despliega eso que Barthes reconoció en su obra: la energía de la palabra, una energía que en su caso provenía de un goce mental y físico que él quería se asemejara a un trance casi erótico.

Gracias a distintos tipos de patrocinios, los realizadores pudieron desplazarse a esos sitios, en pos de las voces que ahora nos hablan de Severo. París, New York, Miami, La Habana y, por supuesto, Camagüey, son algunos de esos espacios.

Grupo Tel Quel, París, 1974. De derecha a izquierda: Severo Sarduy, François Wahl, Roland Barthes, Julia Kristeva, Josephine Fellier, Marcelin Pleynet, Philippe Soler y otros

Entre los que hablan, resulta especialmente conmovedor el testimonio de Francois Wahl, quien compartió con el cubano una relación muy intensa como amante e impulsor de sus actos para conectarlo con ese otro mundo, el del grupo Tel Quel, que bajo el liderazgo de Roland Barthes plantó el estructuralismo en las letras francesas y aún más allá desde fines de los 60. En ese marco, Sarduy se transformó en algo más que el joven criollo, de indudable encanto y atractivo físico, y fue avanzando hasta crear un sistema propio, a partir de su idea del neobarroco, demostrando que poseía fuerzas genuinas para instalarse dentro del fenómeno del boom.

Ricardo Porro, Ramón Alejandro, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas y Néstor Almendros

Dos momentos particularmente tensos: su relación con la revista Mundo Nuevo y su participación trunca en el rodaje de “Conducta Impropia” (su entrevista no apareció en el corte final de ese filme tan polémico) son detallados en esta producción a través de voces autorizadas, que traen a debate esos fenómenos y arrojan alguna luz sobre esa publicación y ese documental aún satanizados en el contexto de lo cubano, y sobre los que, en cierto modo, aquí se ejercita una especie de exorcismo en el que se combinan voces radicadas en la Isla o fuera de ella acertadamente.

La biografía pública e íntima de Severo Sarduy se va hilvanando así entre recuerdos de su juventud camagüeyana, fragmentos de su rápido paso habanero y el largo viaje que emprendió hacia Europa y Asia en pos de sí mismo.

Entre esos testimonios hay, por supuesto, un poco de todo, desde quien repite algunas obviedades con acento académico hasta quienes insisten en dejarse llevar por una especie de “espiritismo sentimental” (“Severo está aquí, su espíritu está aquí”), del cual tal vez Sarduy se hubiese reído. Su reencarnación en todo caso opera mediante su palabra provocadora, o su trazo de pintor que entendía al lienzo como otra página ansiosa de texturas intensas.

Severo secreto” consigue, justamente, dejarnos ver texturas múltiples acerca de la obra de este autor, tan poco leído aún entre nosotros. Puede que en ello incida la dificultad que implica su lectura, su prosa recargada, su fuga ante las narrativas convencionales, su experimentación tan radical.

Y recordemos que ni “Cobra”, ni “Colibrí”, ni sus ensayos, se han editado en Cuba, por lo cual este documental funciona como una ventana en el que esos entrevistados nos incitan a la búsqueda de tales libros, o a sus señales en espectáculos de un grupo como El Ciervo Encantado. Confieso que me hubiese gustado ver entre ellos a Basilia Papastamatiu, Pedro de Jesús o Maggie Mateo, o que la presencia de Roberto González Echevarría y Víctor Fowler resultaran menos episódicas.

El propio Francois Wahl desaparece durante parte del rodaje, para despedirse con un plano sin palabras ya hacia el final. Uno se pregunta qué más podría decirnos, porque tal vez él es quien más cerca estuvo de ese Severo secreto, que Oneyda y Gustavo comienzan -de otra forma- a revelarnos.

Severo Sarduy y su amante François Wahl

El trabajo de edición (Yohan Wilcox) resulta aquí esencial, porque debe enhebrar visiones contrastantes, o simultáneas, de ciertos pasajes de la vida de Sarduy. Una celebración en las calles de Camagüey reaparece aquí y allá, como señal de las mezclas de culturas, gozos, religiones, a las que el autor estuvo expuesto desde niño, y a eso también ayuda la banda sonora (música original de Ernesto Oliva).

En sus momentos más logrados, este documental no solo nos devuelve a ese escritor cuya ficha no aparece en el Diccionario de la Literatura Cubana de 1984, sino que nos exige replantearnos lo poco que entre nosotros sobre él se ha dicho, como sucede aquí con Ambrosio Fornet y la célebre clasificación de afrancesado que le imputara a Severo, y que ahora el notable ensayista nos explica como un chiste.

El espectador, ante esas imágenes, tendrá que poner en perspectiva lo que está no solo en pantalla, sino lo que podemos distinguir entre líneas, para definir una posición ante estas revisiones.

“La literatura nunca debe ser transparente”, le dijo a Wahl, en uno de sus primeros diálogos, el autor de “Maitreya”. Los matices, las gamas diversas, los contraluces que componen toda verdad, no pueden ser ignorados si queremos alcanzar la imagen más rica de aquello que nos interesa.

Desde aquel libro del 2003 Oneyda González persigue a este autor y, ahora, junto a Gustavo Pérez, ha hecho de esa búsqueda algo mucho más palpable.

Severo Sarduy está, se disfraza, se metamorfosea, combina su nombre con el de sus personajes, con los gestos y los cuerpos de sus cómplices, vuelve a la Cuba que imagina y a la que nunca regresó, porque tal vez no lo necesitaba. Reconstruyó no la Cuba real, error que repiten ingenuamente algunos, sino su idea autónoma de Cuba, en una obra que, hipertélica también, la traviste y traslada a otras dimensiones de distintas eras imaginarias.

Severo secreto”, a su modo, nos devuelve no solo a este escritor: nos ilumina a través de un tributo que se hace visible en esta Cuba. Y en muchas otras.

Fotos: © Antonio Gálvez, © Centro Cultural Cervantes, © Archivo familiar de Mercedes Sarduy, © Fundación Cultural Severo Sarduy, © Gustavo Pérez

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