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Ellas son el cine cubano (2 y final)

Se cierra este álbum estrictamente personal de las diez probables mejores actuaciones femeninas en el cine cubano, según el crítico, ensayista y dramaturgo Norge Espinosa.

Confieso que al aventurarme en la nada fácil empresa de organizar este álbum para recoger y comentar las diez actuaciones femeninas del cine cubano que me parecen más acertadas, no imaginé el impacto que tal idea tendría.

Agradezco por ello a Manuel Iglesias Pérez, quien acogió la propuesta con su fervor, con su pasión inagotable por todo lo que se relacione con nuestra filmografía y quien, de inmediato, empezó a cruzar conmigo nombres, anécdotas, títulos que ambos refrescábamos en pos de un rostro femenino que no debiera escaparse en este repaso.

No todos, por supuesto, llegaron a la lista, pero el esfuerzo nos ha dejado repetir los nombres de importantes actrices, algunas no siempre recordadas como se debiera, que dieron no poco brillo a algunas producciones.

Silvia Planas, Consuelo Vidal, Antonia Valdés, Alicia Bustamante, María Isabel Díaz, Thais Valdés, Laura Ramos, Jacqueline Arenal, Luisa María Jiménez, Mabel Roch, Yailene Sierra…, veteranas y novísimas, en todas ellas confiaron directores y guionistas, regalándonos a veces sorpresas dignas de recuerdo incluso en cortometrajes, como “Oscuros rinocerontes enjaulados”, de Juan Carlos Cremata, centralizado por una Paula Alí magnífica, o “Adela”, de Solás, dominado por una Aurora Basnuevo en cuerda totalmente distinta a la de sus éxitos humorísticos. Lo cierto es que ya no puedo retener más los nombres que completan mi selección.

Aquí los revelo, como nuevo acto de respeto, como un aplauso más, a estas mujeres sin las cuales nuestras películas tal vez no fuesen como ahora las evocamos.

Es la única actriz de este listado que llega a él mediante esa suerte de spin off, o de cross over que hizo con un personaje concebido a su medida y que ha representado en dos filmes. Primero, en “Adorables mentiras”, la amarga comedia dirigida por Gerardo Chijona con guion de Senel Paz, en la que esta prostituta de tendencias suicidas equilibraba con sus apariciones los ires y venires de la pareja protagónica (Isabel Santos y Luis Alberto García).

Nancy es la confidente de Sissy, la única que tiene los pies en la tierra y al mismo tiempo la cabeza en una nube en esa trama de hipocresías, intereses creados y doble moral. Lo mismo cuando va con su amiga a un restaurante fingiendo hablar inglés, aunque en realidad solo mal hilvane títulos de canciones de Los Beatles, que cuando decide no quitarse la vida al divisar desde las alturas de las que iba a arrojarse a un negro fabuloso con el que termina en la cama, Nancy es una mujer cubana de los 90, que se ha enterado a su modo de la caída del Muro y otras tantas cosas, y ya estaba lista para semejante catástrofe.

Mirta Ibarra logró que su personaje ganara brillo propio en este filme, y se apuntó uno de los mejores instantes de su carrera. Lo que hace más asombroso este logro es que iba a repetirlo, en un título aún más notorio, y que nos convenciera nuevamente en su segunda aparición como Nancy.

“Fresa y Chocolate”, con sus virtudes y defectos, con sus alcances y sus utopías aún por replantear, es un antes y un después del cine cubano, como lo fuera, en otros muchos órdenes “Memorias del subdesarrollo”, que dirigiera Titón mucho tiempo antes de solicitar a Juan Carlos Tabío que le ayudara para dirigir esta adaptación del cuento de Senel Paz que ganara el Premio Juan Rulfo.

Nancy vuelve aquí como la vecina de Diego, el homosexual irreverente que seduce a un joven comunista, si no con los manejos del sexo, sí con los de un legado cultural que deviene ahí otra clase de penetración y ampliación de los diálogos posibles/imposibles de la Nación.

Concebido en pleno Período Especial, el filme no solo articula metáforas y tensiones acerca de la explosiva relación entre homosexualidad y política que la Revolución cubana dio por insolubles sino que, además, dilata, incluso en sus tropiezos, el proyecto que como reflejo nuestro cine mostraba al mundo desde una Isla que parecía al borde de tantos colapsos.

En todo ello Mirta Ibarra recoloca a Nancy y logra con su espontaneidad, organicidad y frescura, que le dejemos estar en una fábula que en su versión original no la contenía. Regresa con la fuerza y simpatía que derrochó en “Adorables mentiras” y lo hace para confirmar también su trayectoria actoral, dando nuevos recursos al personaje. Nos hará entrar preguntando oportunamente por un par de tijeras, cuando esté a punto de volverse una deslenguada y, gracias a ella, no habrán sido pocos los que aprendieron el truco de subir el volumen de la radio para hablar sobre ciertos temas y evitar que el chismoso vecindario se entere de la conversación. Es la misma Nancy y también otra.

Pudo estar en este repaso por su desempeño en “Clandestinos”, o en “La pared de las palabras”, o en otras de sus apariciones.

Isabel Santos es una de las presencias imprescindibles del cine nacional, una actriz con carácter propio, con una intensidad inimitable a lo largo de su carrera, en la que ha acumulado por igual comedias y dramas, aunque en los segundos haya desplegado con mayor firmeza toda su gama actoral.

Dueña de una de las frases más citadas de la cinematografía cubana (“A mí me manda Carmen”, dice a Luis Alberto García en la ópera prima de Fernando Pérez), ya había sido hija de Rosa Fornés en “Se permuta”, y la prima de Jorge Trinchet en “Lejanía”. Con ‘Clandestinos” gana un Premio Coral, y se va forjando un prestigio que continuará hasta el presente.

Entre sus muchas apariciones, sin embargo, elijo la de esa versión que a partir de “La casa vieja”, obra de Abelardo Estorino, concibió Lester Hamlet, porque en ella abandona mucho de lo que fue su trabajo previo para asumir un personaje incómodo al que nos enfrenta crudamente.

Tal y como ocurre en la pieza escénica, Flora es el catalizador del drama que ya vive la familia de Esteban, el protagonista. Es ella quien salta por encima de prejuicios, represiones y tabúes para demandar justicia y hacer que se imponga la verdad.

Isabel encarna a Flora como una mujer sin afeites, que trabaja como barrendera del pueblo, y que conoce a fondo los manejos hipócritas que, desde el machismo y la política, abundan en ese entorno. Su caracterización podría haberse convertido en una caricatura, en uno de esos extremos tan comunes mediante los cuales se nos presenta a un personaje que por su marginalidad o crudeza no sobrepasa un segundo de atención. Ella enfrenta a su Flora, nombre de ciclón, con esa fuerza reactiva, con la conciencia limpia para cantar sus verdades, y logra destacarse en un elenco en el que no faltan desempeños interesantes.

Es una Isabel Santos que viene de vuelta, que se reconoce en la madurez y que no duda ante el reto de verse en un espejo en el que su propia trayectoria le hace preguntarse cuál será el nuevo desafío. Luego vinieron otros personajes. Ella es, dentro de su generación, un referente inmediato.

Se dice que puede ser difícil, que tiene el arrojo para discutir con sus directores en defensa de la visión que ella tiene de sus personajes. Parece que ha ganado muchas de esas batallas, y no solo por los premios que ha acumulado. Ya es hora de que se le haga una retrospectiva de toda su carrera. Nos sorprendería ver cuántas mujeres ha sido, y puede aún ser, Isabel Santos.

Imagino que muchos se habrán preguntado qué sería de mí llegado este punto de la lista, cómo me las arreglaría para elegir entre estas tres mujeres para colocarlas en peldaños distintos, desgranándolas a partir de sus apariciones en este, que es mi filme cubano preferido.

La cortesía puede más que otras razones, y no seré yo quien cometa el desaire de anteponer una a las otras. No solo porque sería un gesto ingrato, sino porque, verdaderamente, las tres aparecen en esta obra en un instante de plenitud, que recuerda aquello que los místicos definían como estado de gracia. Toda la película lo es, y a ello mucho aportan estas actrices de las que el director supo extraer algo irrepetible.

Raquel Revuelta, dicen, temía que se le recordara en la filmografía cubana por aquella frase desafortunada que gritaba ante la muerte de su mascota en “Siete muertes a plazo fijo”. Por suerte para ella y para todos, la memoria la tiene más presente reclamando una imposible gardenia y no gritando: “¡Ay, mi papagayo!”, como se le escucha en el ejercicio de thriller que dirigió Manuel Alonso.

Lucía 1895 fue un personaje para el cual ella estaba lista: su larga trayectoria en los escenarios, su trabajo incesante en la televisión, sus experiencias en el cine cubano y mexicano, se coronarían y quedarían incluso superadas por el aire viscontiano que ella incorporó para dar vida a esta mujer cuarentona, que conoce el amor al tiempo que la traición, y que se transforma en una imagen de la locura.

Arropada hermosamente, dueña aún de una fotogenia asombrosa, inteligente en las pausas y las entonaciones, espléndida en la secuencia en que regresa a su casa tras haber recibido el primer piropo de su vida y tensa como una cuerda en los minutos finales de su historia, Raquel Revuelta es la figuración más teatral que haya tenido nunca nuestra cinematografía.

Solo una actriz como ella podría reclamar aquella flor inalcanzable sin caer en el ridículo, para regalarnos luego aquella aparición donde se le ve golpear una puerta transida de dolor por la muerte de su hermano, que tanto recordé luego al ver a Glenn Close en “Amistades peligrosas”, cuando su marquesa destruye el bodouir al saber que ha perdido a su amante. Y no lo digo, claro está, para compararlas, sino para alegrarme como el espectador al cual el cine le ha dejado rendirse ante talentos semejantes.

Cuando ya han transcurrido una hora y cuarenta minutos de proyección, la pantalla se ilumina con el primer plano que tal vez prefiera en toda la historia del cine cubano. Es de una sencillez y una belleza pasmosa: Eslinda Núñez aprieta contra su pecho un ramillete de romerillo, el viento agita su cabello negro. Todo está en su mirada, ante un mar rizado, que presagia la separación que ya se avecina sobre los personajes reunidos en esa escena del segundo cuento de “Lucía”.

La joven actriz ya tenía algunas experiencias, y en ese mismo 1968 tendría un breve rol en “Memorias del subdesarrollo”, el más relevante de nuestros filmes. Acá tiene todo lo que una intérprete hubiera deseado siempre: un papel intenso, en el que su rostro va a atravesar todos los estados de ánimo posibles, y donde la confianza del director la dejará improvisar, reírse, descubrir en ella nuevas cualidades.

Tendrá que mostrarnos también la frustración de la Revolución del 30 y, cuando nos mire, en el instante de cierre de su fábula, seremos parte de esa interrogante enorme que la deja sola, acompañada apenas por la flauta que domina la partitura de Leo Brouwer en ese minuto.

El segundo relato de “Lucía” está lleno de sorpresas: María Elena Molinet, que de diseñadora de vestuario pasa a ser la madre posesiva y casi grotesca, la escena de la orgía donde se puede hallar a casi todo el teatro cubano de aquel momento, el plano en el que Flora Lauten nos deja ver sus ojos en un espejo mientras habla con Eslinda, en un encuadre prodigioso, o las escenas de la tabaquería, y sobre todo el lirismo que consigue organizar un tempo preciso en la edición y la dirección de arte que permiten al espectador avanzar a otros estados de ánimo, muy distintos al del primer relato.

Eslinda Núñez como Lucía 1933 tiene el peso de todo ello sobre sí y logra que la sintamos como una mujer real, no solo una presencia hermosa. Solás tendría en ella una cómplice, más que una musa, y le sería fiel hasta dedicarle “Amada”, codirigida y escrita por Nelson Rodríguez, esa joya secreta del cine cubano que ella protagoniza ya en la madurez.

Si en la primera “Lucía” Raquel Revuelta se mostraba como una gran trágica en plena posesión de sus recursos, Eslinda Núñez nos seduce aquí porque vamos, de alguna manera, junto a ella misma, descubriéndola como una intérprete capaz de deslumbrarse y deslumbrarnos. No es solo porque Jorge Herrera la fotografíe hermosamente; es que ella se entrega a la cámara aquí como quien se devela en un acto cercano a la fe poética.

Adela Legrá es una fuerza de la naturaleza. Con un rostro de belleza indescriptible, en el que coinciden tantos elementos de los que fueron fundando una idea de lo cubano, cierra esta película con un golpe de energía que resulta en todo sentido liberador.

Descubierta por Solás en “Manuela”, demostraría aquí que tenía talento para otras lides, aunque luego el azar y el cine cubano le fueran tan ingratos. Se sabía ya actriz cuando comenzó el rodaje en las salinas, y pudo ponerse nuevamente junto a Adolfo Llauradó en un dueto en el que ninguno de los dos baja la guardia.

Lucía 196… es el retrato más contemporáneo del tríptico, pero ella consigue ubicarse junto a las protagonistas de los segmentos previos por derecho propio. La cámara en mano, el toque humorístico que se emplea para desarticular el machismo y adelantarse en un discurso casi feminista a favor de la mujer en un contexto de Revolución, la destaca por sí sola, en un desempeño que se activa desde la visceralidad, el abandono de cualquier seguimiento férreo a una técnica actoral, logrando en ella que no sepamos bien dónde comienza Lucía y dónde se empalma con la propia Adela.

En esta película llena de espejos, ella tiene el suyo, ante el cual se borra el maquillaje que inventa durante una tarde de su encierro, a manos de ese Stanley Kowalski caribeño que encarna Adolfo Llauradó en un sutil tributo a Marlon Brando.

Puede advertirse en cierto modo la manera en que Solás retaba a Adela durante el rodaje como desafío mutuo; el tono de respeto e introspección con el cual se acercó a Raquel y Eslinda deviene aquí una especie de combate, cuyo resultado es la sinceridad hiperrealista mediante la cual se nos presenta la trama.

Muchos años después, en “Miel para Oshún”, Solás retorna a esos paisajes. Ese filme, ya casi al cierre de toda su órbita, es un regreso a Adela Legrá, o así me gusta imaginarlo. Más que a la madre del protagonista, lo que buscamos aquí es aquel rostro que nos contempla con fiereza y en silencio, bajo el sombrero que la cubre de un sol inclemente entre las dunas de sal, para devolverlo al cine cubano como el agradecimiento que aquella mujer, y la real, merecen sin dudas.

Sobre este punto, aparentemente el definitivo, confieso que nunca tuve duda alguna. A la hora de seleccionar una actriz, un personaje, una entrega tan auténtica ante el lente de una cámara en el cine cubano, Daysi Granados se alza como una reina sin discusión.

Revisando parte de su filmografía para argumentar lo que pienso, desde “Tulipa”, “Memorias del Subdesarrollo”, “Un hombre de éxito” y tantas más, me hizo detenerme una y otra vez en su imagen, en la manera en que ella ha atravesado nuestra filmografía como una presencia que acompaña al espectador incesantemente, lo mismo bajo los excesos hiperteatrales de “Cecilia” de Humberto Solás (el tono operístico de ese importante proyecto no lo ha ayudado a envejecer bien del todo, afectando a muchos en su elenco), la comedia cercana al cómic en “Nada” de Juan Carlos Cremata, o ese ejercicio tan complejo y a su medida que es “La soledad de la jefa de despacho” de Rigoberto López.

Si la película que su esposo Pastor Vega dirigiera para ella en 1979 es, obviamente, una cima en todo ello, no menos brillante es Daysi, por ejemplo, en “Plaff o demasiado miedo a la vida” de Juan Carlos Tabío una década más tarde, donde encarna a la supersticiosa Concha y de punta a cabo ofrece una actuación redonda, plena de matices que la confirmaron en toda su capacidad histriónica.

Pero antes fue Teresa, y esa película en la que puede sentirse el tempo real de la Cuba que se acercaba a los años 80, la Isla de la utopía en la que una mujer todavía podía reconocerse insatisfecha, se convirtió en un fenómeno social que rebasó con mucho lo que se esperaba de otra película nuestra.

Creo que no se puede decir un elogio acerca de cómo Daysi Granados interpreta a Teresa. Hay que decir simplemente: ella es Teresa.

La limpieza con la cual traduce el carácter del personaje mediante sus palabras y acciones, la complicidad tan precisa que logra con la cámara, la sinceridad con la que ella evoluciona hacia su decisión final, es obra de una gran actriz para este medio específico, para traducir en la pantalla lo que otras mujeres como ella tal vez se estaban callando.

Todos los demás recursos del guion y la película están a su favor, se rinden ante una presencia que domina incluso los planos donde no aparece. Quien quiera saber qué era esa Cuba, cómo respiraba esa Cuba, tiene que buscar nuevamente el rostro de Teresa, y calibrar la reinvención del neorrealismo que se deja ver aquí en la larga secuencia de la protagonista durante una de sus mañanas habituales, despertando a los hijos, haciendo todas las tareas domésticas, haciendo que esa partitura de gestos comunes gane aquí otra expresividad.

Y ni hablemos de sus broncas con Adolfo Llauradó, en una de las químicas más felices de todo el cine nacional.

No es la mejor película del cine cubano, la más perfecta, la más lograda. Pero sí la que contiene una interpretación que la ayuda, por la simbiosis lograda entre la actriz y su personaje, a hacerse memorable ante nosotros. Eso solo lo consiguen grandes intérpretes.

Que Daysi Granados lo es, es cosa indiscutible. Y que nos ha dejado comprobarlo a lo largo de los años, indeteniblemente, es parte de ese triunfo suyo y nuestro.

Y hasta aquí llegan mis elecciones y argumentos. Me queda la cabeza llena de otras imágenes, de mujeres que para decirlo con el trovador, me han estremecido.

Otros listados y votos serán posibles. Ojalá que sí, y que ello nos ayude a tener mucho más cercanas a estas y otras actrices, en filmes hasta aquí no mencionados, como el proyecto coral “Mujer transparente”, y que descansan en sus presencias como ecos de otras películas tan fecundantes como “Memorias…”, “Lucía”, y algunas más. Vaya a todas estas intérpretes mi agradecimiento y mi respeto.

Y en cuanto a una selección de las mejores actuaciones masculinas en este mismo ámbito, ay, Manolito Iglesias, esa es otra tarea ardua que solo asumiré tras darme un largo respiro, pidiendo, yo también, que alguien me alcance una gardenia tan romántica como imaginaria.

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