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Ellas son el Cine Cubano (I)

Un álbum estrictamente personal de las diez probables mejores actuaciones femeninas en el cine cubano, según el crítico, ensayista y dramaturgo Norge Espinosa.

Ante la solicitud de un artículo que sirviera de tributo a la presencia de la mujer en el cine cubano, vinieron a mi mente estos nombres y estos rostros. Reconocibles en tantos fotogramas, en innumerables secuencias, en tantos carteles; ellas son el cine cubano: me dije, apelando a mi memoria de espectador.

Repasar las casi seis décadas del cine nacional post-59 es reconocer a la mujer como metáfora de otros tantos momentos del país, en una línea continua que persiste hasta hoy, en la obra de los realizadores más jóvenes, entre los cuales ellas mismas se dejan ver ahora con roles cada vez más decisivos, en un gesto que Sara Gómez hubiese advertido con alegría. Ella misma se asoma, gozosa, en las escenas finales de ese documental extraordinario que es “Saludos, cubanos”, de Agnés Varda, sobre el cual estuve a punto de escribir para la revista que me pedía esos párrafos.

El azar me impidió cumplir con ese reclamo para la revista que me lo pidiera originalmente, pero lo cierto es que esa idea, a manera de tributo a la mujer cubana, no dejó de acompañarme. Y por eso estoy aquí, ahora, regalando a El Cine es Cortar lo que esa obsesión me ha dejado definir: un álbum personal de las diez probables mejores actuaciones femeninas en nuestra pantalla reciente.

Anunciar algo así implica, de inmediato, levantar sospechas, profecías y resquemores. Indico que lo que describo aquí es solo lo que ya dije: un repaso, desde mi memoria, a muchas películas, actrices, tramas, y al impacto que han dejado en mí.

No se trata de un Top Ten frívolo, ni de una escala que pretenda imponer un canon. Es simplemente el repaso que ahora estas mujeres me dejan imaginar, y vale como un acto de reconocimiento a lo que ellas aportaron, y algunas están aportando aún, a una idea de lo que somos en esa pantalla.

Son mujeres que nos han hecho ver, a través de sus apariciones, la vida, el drama y la comedia de lo que también hemos sido, dejando un reflejo vehemente de lo que, como cine y Nación, hemos conseguido o no en este tiempo. Aclaro que reduzco este listado a personajes protagónicos o coprotagónicos, según la relevancia que en guion tengan estos personajes.

Reducir a un mapa de solo diez puntos este álbum es cosa harto compleja, en la que se me escaparán, ya lo sé, nombres que otros reclamarán. Ojalá ellos hagan también sus repasos, sus propias maneras de honrar a tantas mujeres notables.

Y advierto también que este recorrido me deja advertir cuántas actrices de valía no tuvieron demasiadas oportunidades en nuestra cinematografía, a pesar de importantes carreras en el teatro, la radio o la televisión.

Las rígidas normas que ya en los años 70 dictaminaban que nuestros artistas deberían pertenecer a una u otra expresión, pero raramente podían trabajar en distintos medios, habrá tenido mucho de culpa en ello, aunque no falta, claro, el recelo personal hacia alguna individualidad, como la que sufriera Rosa Fornés durante años, o Verónica Lynn, hasta que pudieron demostrar su experiencia en filmes importantes.

Nos perdimos así la Luz Marina Romaguera que tal vez Verónica nos hubiese regalado bajo la dirección de Enrique Pineda Barnet, quien propuso alguna vez rodar una versión completa de “Aire Frío”, ante la cual la directiva del ICAIC mostró cualquier cosa menos interés. No todas tuvieron la suerte de Raquel Revuelta, por quien Alfredo Guevara sentía un respeto y una admiración que no prodigaba a otras.

En esas ausencias vale notar que, salvo apariciones espaciadas de alguna de ellas, figuras como Lillian Llerena, Myriam Acevedo, Herminia Sánchez, Ernestina Linares, Berta Martínez o Adela Escartín no pudieron dejar un registro cinematográfico en nuestra filmografía de todo lo que les dejó ganar con justicia aplausos y elogios, por causas muy diversas, que también son la historia de este arte en la Isla.

Otro álbum podría hacerse con las más logradas interpretaciones de roles secundarios que valen recordarse en esta órbita. La Mejicana de Isabel Moreno en “La bella del Alhambra”, por ejemplo, es una de esas apariciones, o la Paula Alí de “Nada”, el filme de Juan Carlos Cremata, tanto como la Asseneh Rodríguez de “Patakín”, o la Elena Huerta de “María Antonia”, Thais Valdés en “¡Plaff!”, o la propia Verónica Lynn como la madre que interpreta en “Video de Familia”.

Y puestos a buscar con mayor detalle, cómo no recordar, pese a la brevedad de sus apariciones a Elsa Gay en “El brigadista”, Oneida Hernández en “Amada”, Leonor Borrero en “Los sobrevivientes”, o a Aida Conde, dueña de una las más famosas frases del segundo cuento de “Lucía”.

Todas ellas prolongan esa imagen que salta desde la Rita Montaner que canta su tema de La Veguerita en “Romance del Palmar” y luego explaya su mejor risa ante la cámara para cerrar el plano final de “La Única” en muchas otras dimensiones, en muchas otras calidades.

Todas ellas son el cine. Ellas, y las que vienen. Acá están, entonces, estas mujeres, estas actrices, y mi tributo a todas ellas.

Se trataba de encontrar a una joven actriz que pudiera cantar, bailar y actuar con dignidad en un rol que además podría traer de vuelta el musical a nuestro cine, en el que dicho género ha sido tan maltratado. Ella lo consiguió, y añadió algo que no puede calibrarse, pero que viene a ser el extra que completa su interpretación: encanto.

El filme de Pineda Barnet podía parecer una obra anacrónica a inicios de los 90 coincidiendo, por ejemplo, en la producción nacional con un título aparentemente tan distinto como “Papeles Secundarios”, cuya trama también se ubicaba en los límites de lo teatral. Reinventar El Alhambra, darle a esa Cuba evocada mediante los ecos de su escena vernácula un homenaje que bebía sin disimulo del melodrama y la nostalgia, funcionó a pesar de muchos recelos, y confirmó a Beatriz Valdés como una intérprete que lo podía casi todo.

Venía de experiencias televisivas como “Algo más que soñar”, y de filmes como “Lejanía” y “Los pájaros tirándole a la escopeta”; pero el personaje la retaría a superar todo eso. La confianza del director, y del equipo que la acompañó en la preparación del filme, fue crucial. Y ella se mostró esplendente, logrando que nos enamorásemos de una Rachel a la que solamente La Mejicana (Isabel Moreno) podía robarle aplausos.

No ganó el Coral que esperaban muchos por su desempeño, pero sí tuvo la ovación más cerrada de la noche en aquella entrega de premios, cuando todo el teatro Karl Marx le demostró que había sido, la suya, una elección más que acertada. Nos aprendimos viejos cuplés, guarachas y canciones que ella cantaba en ese filme, dedicado a los artistas del teatro cubano.

No ha vuelto a aparecer en otro musical, hasta donde yo sepa. El filme que protagonizó la deja ver aún en busca de una madurez que también la muestra seductora al tiempo que vulnerable. Han pasado más de veinte años de aquel estreno y su encanto sigue deslumbrándonos. Que es bella, no cabe duda. ¿Quién no la recuerda cantando aquello del lunar?

Ha contado que el director le pidió ayuda durante el proceso de casting mientras elegían a los intérpretes de este, quizás el más arriesgado de sus filmes. Narrar la infancia y adolescencia de José Martí, en la visión de Fernando Pérez, rebasó con mucho la idea de una hagiografía y un filme de época: es un recuento vibrante del ser humano que se iba forjando en esos años.

Broselianda Hernández, dueña de esa voz única, terminó replicándole que ella misma era Leonor Pérez, que no necesitaban otra actriz para ese personaje. Y lo muestra en el mejor de sus desempeños en la pantalla, en la que le faltaban roles para demostrar todos sus registros.

“El ojo del canario”, que tiene uno de los elencos más sólidos de nuestra filmografía (desde el Rolando Brito que asume a Mariano Martí hasta la rápida aparición de Gina Caro en el breve rol de La Dama del Carruaje, casi todos parecen haber entendido su misión lúcidamente), consigue un raro equilibrio entre todos sus elementos narrativos y sobrepasa los límites de lo que pudo haber sido una prisión de mármol.

En medio de ello está Broselianda, y su escena en las calles habaneras, llevando a Pepe de la mano en medio del caos que estalló tras los hechos del Teatro Villanueva, la hace inolvidable. Esa imagen viene de aquellas estrofas de los Versos sencillos:

“A la boca de la muerte,

Los valientes habaneros

Se quitaron los sombreros

Ante la matrona fuerte.”

Y Broselianda, al convertirse en la madre del Apóstol, nos da un dibujo estremecedor de esa madre, envuelta en un traje negro que, de algún modo, recuerda a la Raquel Revuelta en los momentos finales de su cuento en “Lucía”. Darle un rostro nuevo a un personaje histórico, del cual sabemos mucho menos de lo que se cree, es uno de los más grandes desafíos que puede enfrentar un actor.

Broselianda Hernández, quien fuera Ofelia en su debut teatral junto a los ya experimentados intérpretes del Teatro Buscón, hizo todo ese camino para que ahora sepamos más, o entendamos mejor, quién fue esa mujer a la que Martí veneró tanto.

No es que a Alina Rodríguez le faltara un protagónico en el cine cubano. De hecho, recordemos que fue ella quien asumió el rol titular de “María Antonia” de Sergio Giral, la retrasada versión fílmica de la gran obra de Eugenio Hernández Espinosa, empezando así su trayectoria en la gran  pantalla.

Pero aunque tuvo ese y otros papeles de importancia, su imagen va a quedar unida, indefectiblemente, con la Carmela de este título de Ernesto Daranas. La mujer recta, firme, de convicciones seguras que interpretó en otras producciones, como en la telenovela “Tierra Brava”, se hizo aquí más nítida y real, más contradictoria y certera, a partir del cuidadoso trabajo de esta actriz, quien por desgracia encontró este rol definitorio casi al final de su existencia.

Fue, antes, discípula de Vicente Revuelta, y tuvo, entre otras labores de importancia ante las cámaras, el de un acertado rol secundario en “El premio flaco”: otro título de la escena que se demoró en llegar a la pantalla. En las tablas se forjó y esa pasión la acompañó siempre.

Recuerdo los aplausos que uno de sus parlamentos arrancaba a los espectadores de una proyección de “Conducta” en el cine Chaplin. Su Carmela es una mujer inquebrantable, que lucha constantemente con el modo en que la realidad parece desmentir todas sus utopías. Maestra, se sabe responsable de otros destinos, y ya que no puede luchar por el suyo, el de una familia que se deshace, apuesta por el de uno de sus alumnos más descarriados. Ello le costará caro, y el guion de Daranas es una amarga reflexión acerca del papel que en una sociedad tan inestable como la cubana tienen o han perdido las personas mayores, cuya moral y cuyos ideales parecen a algunos tan fuera de moda.

Logró una empatía con el papel que también fue la que consiguió con el público: me alegra que Alina Rodríguez haya tenido ese triunfo antes de abandonarnos demasiado pronto, gracias a su talento. Ella, como Carmela, fue capaz de luchar hasta la última secuencia.

Por suerte para el director de este filme y de su actriz principal, la historia de Antoñica Izquierdo, famosa curandera de Pinar del Río que sanaba con su agua milagrosa, fue descubierta por Bernabé Hernández mientras preparaba uno de sus documentales. Aquella mística cubana se merecía una película y “Los días del agua” es una de las piezas más teatrales de nuestra cinematografía.

El uso del color y el vestuario, los rejuegos imaginativos con los que se filtra una óptica contemporánea hacia una historia del pasado (la anécdota real data de mediados de los años 30), la edición que consigue empalmar secuencias de tono diverso en un crescendo trágico, hacen de esta obra una muestra del mejor empeño de su director, a quien ya se debía “La primera carga al machete”.

Formada en la escena, con directores como Rubén Vigón, Idalia Anreus tenía ese rostro de Marie Falconetti tropical que la cámara muestra aquí minuciosamente, y que tan bien se aprovechara en el primer cuento de “Lucía” donde asume a la Fernandina, monja enloquecida. Su voz recia (que perdería lamentablemente al final de su existencia), le dejó encarnar después a la mejor Yerma del teatro cubano, bajo la guía de Roberto Blanco, y ya estaba preparada para tamaña labor, como deja ver aquí.

Puede recordársele en “Tulipa” y en “Ustedes tienen la palabra”, pero su presencia aquí deviene referente no siempre recordado como se debiera, aunque ella es una de las pocas actrices cubanas que haya merecido un Coral de Honor a toda su carrera.

La acompaña un elenco magnífico (Adolfo Llauradó, Omar Valdés, Mario Balmaseda, Teté Vergara, en el que además hacen famosos cameos María Elena Molinet y hasta Dunia la Taína) y ella no deja de ser el centro, en una de las actuaciones de mayor nivel de contención en nuestra filmografía.

“Perro maldito al infierno”, dice una y otra vez, siempre hallando una nueva entonación para el conjuro de esa Antoñica que es ahora más real, porque a través de esta gran actriz logramos recordarla mucho mejor.

Existen películas que tal vez no se sostendrían por sí solas de no ser por una interpretación. “La película de Ana” es quizás una de ellas.

Inspirada en hechos reales, según nos avisa un crédito a su inicio, presenta a Laura de la Uz como la actriz desesperada que finge ser prostituta para ganarse un rol en una producción extranjera. Del equívoco que puede ser Cuba ante la mirada foránea  salen los mejores chistes de este filme, que ella domina con absoluto control de su vis cómica, con su organicidad infalible, y su timing innato.

Es, de todas las actrices que aparecen en este álbum, a la que mejor conozco y he podido corroborar que su talento, desde los años de estudio en la Escuela Nacional de Arte hasta su triunfo como la Reina (fantasma de Celia Cruz) en la puesta teatral de “Delirio Habanero” que dirigió Raúl Martín, no ha hecho sino crecer, alejándose de cualquier comodidad de diva.

Fernando Pérez la descubrió en “Hello, Hemigway”, y los que pensaron que el Coral que ganó por ese papel era un exceso, han tenido que acallar las dudas al verla convertirse en una intérprete siempre comprometida y eficaz. “Madagascar”, “El cuerno de la abundancia”, etcétera, la exponen en su habilidad total para dominar el drama y la comedia.

Aquí, en su célebre parlamento sobre el Período Especial, Laura de la Uz consigue un repaso tragicómico de ese momento feroz de nuestra historia reciente que se hace nítido por su vehemencia, haciéndonos ir de la risa al recuerdo amargo de esa anécdota, uno de esos instantes que solo se logra con una actriz de verdad.

“La película de Laura”, así la rebautizaron muchos.

Y no cabe duda de que ella es el eje de este filme, con su peluca rubia, las gafas, el traje rojo, y la sinceridad con la que nos mira cuando se despoja de todo ese disfraz, demostrando todo lo que puede. En esa escena que recuerdo, con La Habana como trasfondo, ella es una Cuba que se ríe también de su dolor, como nos advertía Virgilio Piñera. Y lo hace sin alarde, tal y como ha sostenido su carrera, a la que aún le deseo tanto.

No era de las favoritas de la joven directiva del ICAIC y su trayectoria previa, como vedette de bien ganado prestigio en México y España, tampoco la ayudó a dejarse ver como un rostro que pudiera representar a la mujer en esos tiempos de cambio, según la mentalidad estrecha de algunos.

Tanto ella como María de los Ángeles Santana vieron pasar los años sin que reparasen en sus nombres, y se refugiaron en el teatro o la televisión, hasta que cedieran esos muros. Para la Fornés el cambio vino con “Se permuta”, que protagonizó con la frescura que desplegó en el mismo personaje en su versión teatral, bajo la dirección de Juan Carlos Tabío.

Profesional en toda la extensión de la palabra, se convirtió en aquella madre ansiosa de una mejoría que no era solo de viviendas, y nos regaló una transición memorable ante aquella pregunta sobre el color de los teléfonos.

En 1989 se convirtió en Rosa Soto, actriz y directora del Teatro Principal de La Habana, en uno de los mejores y más retadores filmes del momento. Mi generación se aprendió sus líneas, y se asombró al reconocerla como una actriz de carácter segura de sus parlamentos y pausas, como esa máscara de un poder que lo ha visto todo, una esfinge que va a perdurar mientras pasen funcionarios y burócratas, desde una sobriedad arrolladora.

La película nos dejó una lección amarga, que el tiempo vino a confirmar en muchos sentidos, de ahí su valía, a pesar de sus excesos. Reimaginaba una obra de Carlos Felipe, “Réquiem por Yarini”, y nos volvía personajes y cómplices de una trama claustrofóbica.

“No nos van a hacer caso ni a ti mí” –dice Rosa Soto- “pero a mí me respetan”.

Eso se ganó nuevamente la Fornés, dueña de revistas musicales y un glamour auténtico, con este papel: un respeto que la confirma por encima de cualquier prejuicio como una presencia digna del mejor aplauso, en un filme que ella domina con solo levantar una ceja, o cantando, de manera insólita, para sus créditos, esa versión rockera de “Aquellos ojos verdes”.

Nadie puede dudar que es una gran verdad eso que nos dice: “hay dos cosas muy caras en este mundo: la fama y el perfume francés.”

(Continuará)

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