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Nueva polémica cultural en Cuba: filme “Santa y Andrés” (II)

Una intensa polémica cultural se sigue desatando en las redes sociales sobre la exclusión en el pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana del filme “Santa y Andrés” del director cubano Carlos Lechuga.

ELCINEESCORTAR continúa la recopilación cronológica de todo cuanto se ha publicado, hasta el momento, para conocimiento de sus lectores.

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Fernando Pérez: “La libertad es la única vía”

Por Angel Marqués Dolz

Publicado en OnCuba Magazine, 8 de enero 2017

Fernando Pérez, el cineasta vivo más importante de Cuba, hizo público su rechazo al veto sobre la película “Santa y Andrés”, del joven director Carlos Lechuga, y ante un auditorio que lo siguió en vilo, palabra por palabra, aseguró que la medida es “un error… porque ya nada se puede silenciar”. Es insostenible, dijo, “una política de exclusión”, ante una realidad mutante, plural y harto compleja.

“Me parece una película que aborda un tema de nuestro pasado más reciente, con sus luces y con sus sombras, que hay que abordar, y Carlos Lechuga ha sabido abordarlo porque es necesario hacerlo”, dijo el director de “Clandestinos” y “José Martí: el ojo del canario” sobre la pertinencia del film, que ya desató un ciberfuego cruzado entre representantes de la institucionalidad cultural y cineastas y críticos.

Filmada de manera independiente, “Santa y Andrés” narra la historia ficcionada de un escritor homosexual que, a principios de los ochenta, aislado en un agreste paraje del oriente de la Isla, es vigilado por una mujer campesina a la que le asignan tal encomienda, tras lo cual surge entre ellos una relación imprevista.

“Es una película dura, difícil, que estoy consciente que puede provocar criterios contrarios a ella, pero lo que no puede ocurrir es que se excluya su discusión”, consideró Pérez luego de explicar que la cinta fue preseleccionada para competir en el 38 Festival de La Habana, más después fue descartada por el ICAIC.

Amurallado por la ética de su obra y de su vida, y del propio trazado inconformista mantenido en décadas por el ICAIC, Pérez manifestó sus quejas en el centro Fresa y Chocolate durante la presentación del número 200 de la revista Cine cubano, una publicación que “se abre a la discusión y sobre todo al pensamiento”.

El cineasta recordó, ejemplar en mano, el primer número de la revista, comprado el 31 de julio de 1960 en la calle Concordia en un quiosco de periódicos. Su precio entonces era de 25 centavos y el cineasta, un quinceañero desgarbado que soñaba con hacer cine, sin haber pisado jamás un plató, y que entró en el ICAIC dos años después, de mensajero, en plena crisis de los misiles.

“Si por algo estoy aquí es por los recuerdos, pero también por el presente”.

La advertencia del cineasta, algunas de cuyas obras son piezas de culto para varias generaciones de cubanos, delineó las preocupaciones esenciales de la actualidad de un país en una transición histórica.

“Ha pasado el tiempo, no está Alfredo Guevara, no está Julio García Espinosa, no está Titón, no está el Che, no está Fidel. Estamos nosotros. Creo que con el tiempo se ha construido un cine cubano, no ajeno a discusiones y polémicas, y hemos construido también un país. No es el que se soñó exactamente, pero es el que pudimos y supimos hacer”.

Hojeando los contenidos del número 200, preparado por el también cineasta y escritor Arturo Sotto, Pérez fue entresacando frases, personajes y anécdotas propias y ajenas, con el fin de ir tejiendo una armazón conceptual para su discurso a partir de ideas de sus colegas –Gutiérrez Alea, García Espinosa–, además de Godard, Tarkovsky o Kurosawa.

El Premio Nacional de Cine 2007 se detuvo varias veces en Titón, citándolo en la presentación de “Memorias del subdesarrollo” en el Festival de Karlovy Vary de 1968:

“Es un filme doloroso, crítico y si el enemigo cree que puede aprovecharse de la crítica, estamos convencidos de que más nos aprovecharemos nosotros, porque en el dolor y en la crítica se afilan nuestras armas porque nos hacemos más sólidos, más auténticos y nos acercamos aún más a la verdad”.

Y también reparó, afincándose en el fundacional Alfredo Guevara, protector de un cine “artísticamente válido, nacional, inconformista y barato”, quien en 1963 escribió una frase subrayada en rojo por Pérez:

“No es fácil la herejía y, sin embargo, practicarla es fuente de una profunda y alentadora satisfacción”.

Y como que casi siempre el azar es concurrente y prodiga desagravios, exhibió al auditorio la contraportada interior de la edición 200: el cartel de “Santa y Andrés”, a partir de lo cual se lanzó a fondo en la defensa de la polémica, el derecho al disenso y la cultura del debate.

“La batalla de las ideas, y las ideas, crecen y se enriquecen a través de la discusión, y no apartando, ni separando. “Santa y Andrés” toca ese tema desde una perspectiva difícil, hiriente y compleja, pero está por el diálogo, por entender, por conocer nuestro pasado” y tal vez pensando en la famosa frase de Santayana, remató: “para no volver a cometer los mismos errores”.

Enfático, a veces con voz quebradiza, marcando las palabras clave con un golpecillo del índice sobre la mesa, Fernando Pérez reivindicó al cineasta Lechuga y su película, “como parte del cine cubano de hoy, necesario, defendiendo y sintiendo y continuando la actitud con la cual yo crecí en el ICAIC”, porque –y aquí las pausas fueron profundas y el tono tajante– “la libertad es la única vía, la sinceridad el único modo y el ejercicio del criterio propio el único alimento para nuestro cine y para nuestro país”.

Y a seguidas pronunció un “gracias” que gatilló la catarsis colectiva.

Aplausos cerrados para un cineasta de 72 años, con chequera de jubilado, que se siente un hombre del ICAIC y también del cine independiente, cuya próxima película, un biopic coproducido con Suiza, se va al siglo XIX , pero con intenciones de “una resonancia contemporánea”. Se filmará en el segundo semestre de 2017 si llega la plata a tiempo.

¿Su título provisional? “Insumisa”.

“Santa y Andrés”: nuestro eterno retorno de lo idéntico

Por Juan Antonio García Borrero

Publicado en su blog “Cine Cubano: la pupila insomne”, 8 de diciembre 2106

En estos días de duelo oficial por la muerte de Fidel, decidí refugiarme en el silencio, la relectura intensa de algunos de sus textos, y la reflexión. Sabía que un hecho como ese desataría la más encontradas pasiones, así que opté por alejarme un rato de las redes y el blog.

Respeto a quienes usan Facebook para expresar sus emociones (a favor o en contra) vinculadas al líder de la Revolución cubana, pero el análisis del pensamiento de Fidel Castro (que es lo que me interesaría) no cabe allí. Me refiero a un análisis serio que revise las esencias de eso que, al margen de las filias y las fobias, seguramente trascenderá en forma de fidelismo.

Así que mientras en lontananza llegaba hasta mis oídos el reiterado rumor televisivo de las multitudes expresando el dolor de muchos, yo me puse a releer en la intimidad de mi cueva “Cien horas con Fidel”, de Ignacio Ramonet, “Palabras a los intelectuales” (el famoso discurso de 1961), y el concepto de “Revolución” que acabamos de asumir como algo programático.

Debo confesar que mis lecturas de las ideas de Fidel no defieren de las otras que me importan: es decir, son lecturas críticas, en el sentido que siempre se le ha exigido al pensamiento que intenta revolucionar el mundo y nuestras maneras de representarlo. Revisemos la historia de las ideas: solo han sobrevivido aquellas que todavía generan grandes diferendos intelectuales; allí está Marx, describiendo como ninguno las profundas contradicciones del sistema capitalista; sospecho que lo mismo pasará con Fidel Castro, que seguirá siendo una inspiración para ese nutrido ejército de desposeídos que jamás aparecen como noticias en los medios más poderosos del planeta.

Pero como ya alerté, no me interesa apropiarme de las ideas del líder como si se tratara de un catecismo, sino al contrario, como una invitación permanente al debate creativo.

“Palabras a los intelectuales”, por razones obvias al inspirarse en la censura de una película cubana, ha sido uno de los textos que más he estudiado, precisamente porque aún me escandaliza la sistemática contextomía a que es sometida por tirios y troyanos.

Como se sabe, el origen de todo estuvo en la prohibición decretada por el ICAIC contra el cortometraje “PM” (1961), de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, pero en realidad, detrás de la censura se escondían (como se solapan ahora también, que seguimos prohibiendo películas cubanas) muchísimos intereses y contradicciones. No era la Revolución en abstracto lo que se estaba defendiendo (tampoco hoy), sino los intereses humanos, demasiado humanos, de varios de los protagonistas de aquel diferendo.

Duele ver la manera facilista en que todavía se apela al célebre apotegma “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”, como si en ese discurso expresado por alguien en su juventud solo se hubiese dicho eso. Y duele ver el modo en que, de manera involuntaria, se sugiere que Fidel Castro alcanzó el máximo de su lucidez intelectual aquel año, y que por eso hay que seguir repitiendo como un dogma aquello que se dijo.

¿No es acaso un contrasentido que asumamos como un gran rasgo de sagacidad el concepto de “Revolución” suscrito en los finales de su vida, y, en cambio, sigamos apelando de modo acrítico a lo que afirmara Fidel en fechas tan tempranas de su trayectoria política?

Mi criterio es que Fidel fue capaz de enriquecer sus ideas en el tiempo sin renunciar a sus principios, mientras que muchos de nosotros seguimos mirando y pensando el proceso político y cultural que vive la nación como si viviéramos todavía en la mitad del siglo XX.

De allí que no me sorprenda lo que esté ocurriendo con “Santa y Andrés”, el filme de Carlos Lechuga. No acabamos de asumir que mientras falte el debate transparente, plural, actualizado, estaremos condenados a prorrogar esta suerte de Déjà vu que nos va colocando como protagonistas de lujo en una obra cansina que pudiéramos titular (parafraseando a Saramago) “Ensayo sobre la sordera”.

Hace un par de años fue “Regreso a Ítaca”. Y el año pasado, por estas mismas fechas, los cineastas cubanos decidieron organizar un foro con el fin de reflexionar sobre la censura y sus efectos paralizantes. ¿Para qué sirvió? No lo tengo claro.

A mí por lo pronto me queda la incómoda sensación de la pérdida de un tiempo precioso invertido en construir una reflexión que intentaba pasar por encima de las dolorosas anécdotas, para contribuir al debate de los problemas que nos pueden afectar como comunidad nacional.

Y esto lo dice alguien que, como otras veces ha advertido, está interesado en fortalecer el sistema institucional de la cultura en Cuba, no en destruirlo. A mí me interesa que el ICAIC siga siendo el gran ente rector de esa política cultural que, en principio, ha de ser inclusiva, y heredera de toda esa tradición que ha definido a la institución como una entidad crítica, hereje. Pero ese liderazgo solo lo podrá conservar si consigue interpretar de modo eficiente y eficaz el espíritu de la nueva época.

Hay que desterrar el mito de que el Estado cubano nunca se equivoca.

En otro texto paradigmático de los sesenta, “El socialismo y el hombre en Cuba”, Ernesto Che Guevara nos alertaba sobre la complejidad de la tarea. Y anotaba aquello de que “no debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni “becarios” que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas”.

De allí la necesidad de que exista un cine crítico, que sea capaz de mirar desde la subjetividad incómoda todo lo que nos rodea, porque no son las películas las que destruyen un determinado sistema, sino que estas resultan el producto de relaciones concretas establecidas entre los individuos que viven y sobreviven en determinado período histórico.

En los cineastas cubanos ha estado mayoritariamente presente esa responsabilidad crítica, la cual ha propiciado abundantes desencuentros con la vanguardia política y la burocracia cultural. Recuerdo que Tomás Gutiérrez Alea anotaba sobre nuestro filme mayor “Memorias del subdesarrollo” lo siguiente:

“Hay una raza especial de gente con la que tenemos que convivir, con la que tenemos que contar, para nuestro disgusto cotidiano, en esto de construir la nueva sociedad. Son los que se creen depositarios únicos del legado revolucionario; los que saben cuál es la moral socialista y han institucionalizado la mediocridad y el provincialismo; los burócratas ( con o sin buró); los que conocen el alma del pueblo y hablan de él como si fuera un niño muy prometedor del que se puede esperar mucho, pero al que hay que conocer muy bien, etcétera (y nos parece estarlos viendo, con el brazo protector por encima de los hombros de ese niño); son los mismos que nos dicen cómo tenemos que hablarle al pueblo, cómo tenemos que vestirnos y cómo tenemos que pelarnos; saben lo que se puede mostrar y lo que no, porque el pueblo no está maduro todavía para conocer la verdad; se avergüenzan de nuestro atraso y tienen complejo de inferioridad nacional”.

Pero se trata, obviamente, de algo mucho más complejo que el enfrentamiento dicotómico entre dos facciones. Como individuos que formamos parte de una realidad siempre dinámica, percibimos esa realidad de acuerdo a los signos dominantes que construyen, entre otros, los grandes medios. Y en ese proceso, la construcción de una memoria histórica que sirve de base a lo que hacemos en el presente, proyectándonos hacia el futuro, adquiere una importancia crucial.

En el caso de la Cuba revolucionaria, esa memoria histórica ha sido construida sobre bases sesgadas. A mí en lo personal no me interesaría borrar lo que ya sabemos que es cierto, dada la abundancia de argumentos y evidencias, pero necesitamos que esa memoria pase de lo selectivo a lo descriptivo, y con ello recupere su sentido dolorosamente humano.

La memoria de los que en su momento fueron silenciados, invisibilizados, forma parte también de la memoria de esta nación construida sobre la voluntad de una mayoría que así lo ha decidido: los censores podrán decretar de modo temporal que no salga a la luz, pero la Historia termina por reintegrarlo a ese relato.

Si ello es inevitable, lo más saludable para una nación es que asuma el debate de su memoria histórica de un modo coherente. Lejos de interpretarse como signo de debilidad las contradicciones que han estado presentes en el día a día, se asumiría que han sido esos conflictos los que a la larga han permitido llegar a determinados consensos. Y sobre la base de esos acuerdos conseguidos, establecer políticas públicas que hablen del bien de la comunidad, no de determinados grupos.

No sé a dónde nos va a llevar esta nueva polémica. Por lo pronto veo algo diferente y que en lo personal aplaudo: el hecho de que Roberto Smith, presidente del ICAIC, y Fernando Rojas, Viceministro de Cultura, hayan decidido insertarse públicamente en el debate, nos invita a creer que la sordera institucional comienza a ceder.

Ojalá ello fuera un aviso de que regresan aquellos tiempos en que Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Gutiérrez Alea, entre otros, no temían defender sus convicciones en la esfera pública, que es donde verdaderamente se tienen que discutir los problemas que nos afectan a todos los cubanos, y no solo a los que responden a una determinada ideología.

Y finalizo esta reflexión como mismo la empecé: invocando la figura de Fidel. En la mencionada “Palabras a los intelectuales” hay un segmento que me interesa muchísimo más que la parte que cita y recita todo el mundo. Es esa en la que Fidel habla de un período que piensa ha quedado atrás para siempre:

“En la época aquella en que no lo enseñaban a uno a pensar sino que lo obligaban a creer. Creo que cuando al hombre se le pretende truncar la capacidad de pensar y razonar se le convierte de ser humano en un animal domesticado”.

Esa es el motivo por el que siempre estoy intentando pensarlo todo por cabeza propia, sin hacerle demasiado caso a quienes (fidelistas o anticastristas) todavía creen que pueden pensar por mí.

Cuando vea “Santa y Andrés”, seguramente diré lo que piense. Y aunque me equivoque en lo que digo, la gente sensata agradecerá la autenticidad.

Morbo y censuras en el cine cubano

Por Javier Gómez Sánchez

Publicado en La Joven Cuba, 15 de diciembre 2016

En estos días los medios digitales dedicados a la política cubana han tomado súbitamente interés en el cine nacional. El motivo de atención es la película “Santa y Andrés” del director Carlos Lechuga. Uno puede preguntarse la razón por la que medios políticos se interesan en una obra de arte.

La palabra mágica: Censura.

Nunca se fijarán en su valor artístico, nunca en la estructura del guión, en el ritmo dramático, en las interpretaciones, en la iluminación, en la dirección de arte. Jamás criticarán si hubo anacronismos, un salto de eje o un error de continuidad.

Pero la película les resulta en extremo interesante. Todos han hablado de ella, casi ninguno la ha visto.

Debo admitir que yo tampoco. Pero como la mayoría de los que la defiende o condena tampoco lo ha hecho, ese detalle parece no tener importancia.

En definitiva, esto no se trata de una película.

Pero por respeto al arte como profesión, no puedo hablar de una obra que no conozco. Además, a estas alturas si la película tiene o no calidad, si es cinematográficamente trascendente o memorable, ya no es importante.

En todo caso lo siento por ella. Tal vez ir acompañada el resto de la vida por eso sea lo más lamentable para una obra de arte y sus creadores. Lo mejor que le puede pasar a un cineasta es que todos hablen de su película porque todos la han visto. No hay valor artístico en variar la fórmula.

Entonces valdría más hablar del cine cubano que se hace hoy.

Con el Período Especial el cine nacional comenzó a transitar por caminos cada vez más tortuosos y que no siempre lo beneficiaron. La profunda crisis económica hizo imposible que el Estado financiara las películas. Se buscaron coproducciones, principalmente con España que en ese tiempo vivía en una burbujeante bonanza económica.

Pero eso imponía temáticas y el cine cubano se llenó de comedias bufonescas con mulatas a la caza de un gallego o gallegos a la caza de mulatas, que era lo que le interesaba al mercado español. Otro tipo de obras pudieron hacerse pero fueron excepcionales. Para muchos cineastas cubanos, no quedaba más remedio que aceptar, pues como recuerdan varios, se trataba de hacer una comedia o no hacer nada.

Al principio el público cubano disfrutaba las comedias, los españoles llegaron incluso a contagiarnos con una enfermedad de su cine de los 90: “Ver una película cubana era ir a ver una comedia”.

Hasta que el público cubano se cansó y comenzó a exigir otra cosa. Para nuestra desgracia económica pero fortuna artística, España cayó en crisis y se acabaron las coproducciones.

Comenzó una nueva etapa para el cine cubano, que se interesaba cada vez más por mostrar problemáticas de la realidad nacional explorando sus espacios más escabrosos: pobreza, marginalidad, homosexualidad, migración. Temas proscritos por los tabúes y, sin dudas, necesarios.

Se buscaron nuevas vías de financiamiento, con fondos europeos para fomento del cine en el Tercer Mundo, festivales internacionales, premios de guiones inéditos, apoyo para películas inconclusas.

Apareció entre los cineastas locales una palabreja nueva e incómodamente anglosajona: “the pitch”.

El pitch es el acto en el cual el cineasta “vende” la idea de su guión a los productores extranjeros, explicándoles la historia de la manera más atractiva posible en pocos minutos. Depende en gran medida de sus dotes oratorias e, incluso, histriónicas. Si logra despertar intereses y abrir bolsillos, su pitching ha sido exitoso.

Así, los cineastas cubanos logran promover sus proyectos en eventos internacionales. Con enorme dificultad desde un país con mínimo acceso a internet, casi nulas posibilidades de manejo de cuentas bancarias y transferencias desde el extranjero, posibilidades relativas de registro autoral con valor internacional, escasa visibilidad o control de lo que ocurra con su filme fuera de Cuba, muy poco o ningún acceso a representación legal o comercial y un pasaporte cubano que requiere un exigente y engorroso visado por casi todos los países.

Solo ese panorama da la idea de lo difícil que resulta hacer cine en Cuba. Para facilitarlo desde hace años se viene proponiendo una Ley de Cine que otorgue personalidad jurídica a los cineastas, pero esta no ha visto avance efectivo en el ámbito gubernamental ni legislativo.

Por su parte, el ICAIC ha promovido la producción de películas que ya vengan con una parte de su presupuesto conseguido fuera de Cuba. Es económicamente entendible.

Pero lamentablemente esos eventos internacionales, de financiamiento principalmente europeo ya que el bloqueo dificulta la posibilidad de capital estadounidense, están dominados por una visión neo colonial del resto del mundo.

Pasan por ahí cineastas africanos, latinoamericanos, árabes, frente a los productores y evaluadores franceses, alemanes, suizos, ingleses o canadienses. Si usted es árabe, para conseguir atención idealmente debe ir con una película sobre el extremismo religioso; si es colombiano con una de droga; si es mexicano con una de emigrantes; si es haitiano con una de miseria, y así. Si se aparece usted con una historia que se desarrolle en su país pero trata de problemas existenciales universales, sin ambientarlas con algo del “folclor tercermundista” que le toque, tiene muy pocas posibilidades.

Solo los cineastas muy prestigiosos, con largas trayectorias de éxito, logran a veces encontrar financiamiento para otro tipo de historias. Y a veces ni siquiera. Porque en la mente de los europeo-occidentales, las películas existenciales las hacen ellos.

Incluso si usted es serbio, bosnio, croata, y su película no es sobre el trauma de la guerra o algo por el estilo, ya va en desventaja. Así es la discriminación temática incluso entre los europeos.

¿Qué esperan entonces de los cineastas cubanos?

Pues películas escabrosas, mientras más lo sean mejor. Que se desarrollen en solares, barrios marginales, con personajes delincuentes, transexuales, prostitutas, buscavidas, enfermos terminals, todos deseosos de huir de la isla. Escenarios ruinosos, decadentes, oscuros, lo más deprimentes posible.

Ya ni siquiera es el cliché lúdico de los españoles, ahora es la visión morbosa y decadentista hacia la “isla comunista”.

Esa visión porno-turística tiene escenarios propios. Si décadas atrás se le reprochaba al cine cubano que por motivos económicos no salía de la capital, ahora se ha encerrado más aun y por motivos temáticos no sale de Centro Habana.

Habría que preguntarse si de esa forma un personaje como el Sergio de “Memorias del Subdesarrollo” podría existir en el cine cubano actual, siendo heterosexual y viviendo en el Vedado, aun teniendo un conflicto tremendo y fascinante con lo que ocurre a su alrededor. O la Teresa de “Retrato de Teresa”, o los personajes de “Papeles Secundarios”, o la protagonista de “Hello Hemingway” viviendo su época, incluso el Mauricio de “Páginas del Diario…”

Porque también ocurre que cuando usted va a buscar esos fondos extranjeros presentando una obra reflexiva, analítica, verdaderamente crítica sobre una realidad muy compleja, no se le garantiza la suerte. Si su visión sobre su propio país es estereotipada y simple, le irá mejor.

Por ese camino una buena parte de las películas cubanas más recientes, a través de una ilusión de estar “explorando” la realidad, han caído en un empobrecimiento temático.

Y el público, nuevamente, se está cansando.

Cansado de películas donde todas las paredes están despintadas, donde todas las realidades son deprimentes, en que todos los personajes son víctimas de las instituciones sin jamás recibir nada bueno de ellas, donde todas las historias son reales, sí, pero no por eso dejan de sentirse rebuscadas. Y luego trilladas.

Los cineastas cubanos están de nuevo en una encrucijada. Para muchos se trata de hacer películas así o no poder hacer películas.

Pero eso nos puede llevar a que haya cineastas que ya no vean las cosas de otra manera.

Y así se corre el riesgo de mostrar solo lo malo de nuestro país, proyectando al mundo y a nosotros mismos la peor de sus imágenes. Y, de paso, no estar haciendo crítica alguna, porque lo que se puede es caer en el simple regodeo de una parte de la realidad y en nada más que eso.

Solamente en una parte. Pero Cuba toda queda año tras año representada solo por esa parte.

Entonces uno recuerda esa frase que le ha escuchado decir a Alicia Alonso: “El arte no tiene patria, el artista sí”

El público también.

Deben reflexionar sobre esto el ICAIC, el Ministerio de Cultura, los cineastas, todos, para que en la medida de lo posible se apoye más a un cine hecho desde la patria, que no tenga que ir a hacer pitch a ninguna parte.

La historia más reciente del cine nacional nos demuestra que, de esa manera, se obtienen obras que valen, que nos mueven. Incluso más duras y verdaderamente críticas. Por lo tanto útiles.

Para hacer películas completamente cubanas, porque sus temas sean de interés de los cubanos y no tener que pasar el filtro de lo que les interesa ver de Cuba a los bolsillos extranjeros.

Porque esa es la peor de las censuras.

Respuesta a La Joven Cuba

Por Giordan Rodríguez Milanés

Publicado en su muro de Facebook, 22 de diciembre 2016

He leído en “La Pupila Insomne”, por un feliz error -porque así también se denomina el blog del excelente crítico de cine camagüeyano Juan Antonio García Borrero, vaya coincidencia-, su comentario alrededor del cine cubano contemporáneo.

Con todo respeto, le voy a dar mi opinión:

Me queda muy claro su planteamiento y argumentación que se resume al precepto de que “puesto que el cine cubano -hecho en la isla o con temas alrededor de la isla- se financia mucha veces desde productoras extranjeras, está mostrando insistentemente lo peor de nuestra sociedad y está cansando al público”.

Respecto a “lo peor” o “lo mejor” de la sociedad cubana tengo mis reservas porque, por ejemplo, ¿una película como “Suite Havana” de Fernando Pérez -producida fuera de Cuba- muestra “lo peor de La Habana” o muestra la resistencia descomunal del hombre y la mujer comunes habaneros, esas heroicidades cotidianas de cada cubano para sobrevivir? ¿Es que acaso eso no es, precisamente, “lo mejor” del pueblo cubano?

Pudiera ponerle otros ejemplos: ¿muestra “Conducta” de Ernesto Daranas “lo peor” de la sociedad cubana o muestra “lo mejor” del legado pedagógico cubano -con matices, claro- a través del arquetipo que recrea el personaje de Carmela? ¿Acaso no muestra la efectividad de esa pedagogía -a pesar de las tendencias extremistas de algunos personajes- al mostrar un camino de salvación y esperanza para el niño protagonista?

No finaliza “Havana Station” de Ian Padrón con una escena -melodramática, sí, pero estéticamente funcional- a favor de la solidaridad humana (“lo mejor”) aun cuando nos mostró las desigualdades sociales en nuestro país?

¿Que sería, según usted, “lo peor”?

Es que el cine no es la mera recreación de la sociedad maniquea y unícroma que algunos ideólogos en nuestro país -y también fuera de este- quisieran que interpretáramos. No es sólo asunto de “lo malo o lo bueno”, “lo real o lo irreal”.

El Cine -el verdadero, no las tonterías de Hollywood y Bollywood que tantas veces nos pone nuestra propia televisión nacional, dirigida por esos mismos ideólogos del “blanco y negro”, es poesía y simbolismo, y es reflexión, y es mostrar precisamente la arista menos evidente, la que no está en los periódicos, los noticiarios, los boletines del Comité Central, las consignas y los pasquines.

Y esa arista, muchas veces dolorosa, repulsiva incluso, no se puede soslayar. No sería honrado ni martiano el artista que la soslaye, aunque pudiera parecerle cansona a determinado público, que no a todo el público porque: ¿quién se asume Dios o Espíritu Santo para pretender con certeza el conocimiento de lo que piensa una frase tan grande como “todo el público”?

En algo sí estoy de acuerdo con usted: no se habla de los valores artísticos que pueda tener “Santa y Andrés” porque, sencillamente, sus censores no han dejado que podamos verla, y aquilatarla  -no como esa masa informe a lo Ortega y Gasset o Goebbels, que necesita lo que Alfredo Guevara llamaba “la papilla ideológica”– con cabeza y capacidad de análisis propias, ya sea la película mala, buena, regular o lo que sea.

Porque lo que se discute, lo que se ha de discutir en este caso, respetado Javier, no es si una película en cuestión tiene valores artísticos o no, sino si los que la censuran tienen derecho a pensar por el espectador, que en un final forma parte del pueblo que esos que censuraron prometieron servir, si quienes censuran -como en los tiempos del vil macartismo- tienen derecho a evitar que cualquier cubano, como repite Reinaldo Taladrid, “saque sus propias conclusiones”.

De eso se trata en esencia.

De cualquier modo, me cuentan que en el Festival de Invierno de Santa Clara, el realizador de “Santa y Andrés” ha declarado que la pondrá en el paquete, así que, de cualquier modo, la veremos.

Queda de usted,

Giordan Rodríguez Milanés

Miembro de la Asociación de Audiovisuales y Radio.

Comité Municipal de la UNEAC.

Manzanillo.

Cuba censura una película premiada dos años antes en La Habana

Por Jesús Ruiz Mantilla

Publicado en El País, 10 de diciembre 2016

Que el peor enemigo de Cuba es el régimen mismo, y ya sin Fidel en la escena, queda explicado a las llanas en el surrealismo que transmiten sus propias autoridades. Esta vez, la protagonista es una película, “Santa y Andrés”, dirigida por una de las jóvenes promesas de la isla: Carlos Lechuga (La Habana, 1983).

Hace dos años, el guion sin rodar de esta historia sobre disidentes, poetas y homosexuales sedujo a un jurado presidido por el español Manuel Gutiérrez Aragón, y lo premió en la categoría de guion inédito. Después de rodarla y haberla presentado con gran éxito en Toronto y el último festival de cine de San Sebastián, el propio Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que se celebra del 8 al 18 de diciembre en La Habana, le cierra sus puertas a su exhibición.

¿La razón? Su carácter contrarrevolucionario.

“Santa y Andrés” fue escrita por Lechuga y Eliseo Altunaga. Está abiertamente inspirada en el escritor Reinaldo Arenas (1943-1990), dijo el director a su paso por San Sebastián el pasado septiembre:

“Sí, surge de hacer un homenaje a los escritores y artistas que no pudieron desarrollar su obra en paz, como el propio Arenas. Pero también a algunos escritores de generaciones anteriores, como Lezama Lima, que sufrió lo mismo”.

Se trata de una película cubana independiente, rodada fuera del ámbito estatal y coproducida junto a Quinta Avenida Films por países como Francia y Colombia.

Su objetivo: “Descubrir a la gente joven de Cuba que desconoce este problema lo que sufrieron estas figuras”, aseguró Lechuga.

El joven director se formó en la cubana Escuela San Antonio de los Baños, toda una cantera del cine latinoamericano. Tras elaborar un guion en 2008 como proyecto final, consiguió rodarlo y presentarlo en Róterdam cinco años más tarde.

Así el mundo supo de “Melaza”, una comedia agridulce, “como la misma sustancia que le da título”, cuenta Lechuga. Con ella empezó a sonar su nombre en el ámbito internacional.

Su obsesión es dar a conocer fuera de sus fronteras el nuevo cine cubano:

“Trascender, el público de Cuba es muy entusiasta y numeroso, sabe lo que hacemos, lo importante es que ahora sepan de nosotros fuera”.

Este portazo del régimen lo va a catapultar. “Santa y Andrés”, protagonizada por Lola Amores, Eduardo Martínez y César Domínguez, cuenta la historia de una comisaria política que trata de apaciguar la rebeldía y la rabia de un poeta. Sin éxito… Porque más bien, el escritor da la vuelta a la tortilla y enfrenta a la pobre Santa ante sus propias contradicciones.

Es una película que muestra Cuba a ladrillo visto, con trenes oxidados y vías cubiertas de malas hierbas, de donde resulta difícil escapar. El hecho de que haya sido crucificada como antirrevolucionaria tiene gracia. Sobre todo porque ya no se crea cine revolucionario en Cuba.

“Desde hace mucho tiempo”, ha afirmado Gutiérrez Aragón. “Los jóvenes están retratando la vida y la dificultad que entraña allí lo cotidiano, no les interesan otras cosas”.

Sin que falte el sentido del humor, pero también, en el caso de Lechuga, como él admite, sin abusar de él.

“Usando la tragicomedia, pero con distancia”, aseguraba hace dos años en el Festival de Chicago, donde presentó “Melaza” (2012).

“Santa y Andrés” bajo la vigilancia revolucionaria

Por Reynaldo Escobar

Publicado en 14 y medio, 7 de diciembre 2016

En la 38 edición del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana brillará por su ausencia la película cubana Santa y Andrés del realizador Carlos Lechuga. Los responsables públicos de su censura de seguro ni siquiera la tacharon de la lista sin antes consultar con entidades extraartísticas, al estilo de los órganos de la Seguridad del Estado y otros custodios del dogma oficial.

La polémica sobre la exclusión de la cinta se ha desatado en las redes sociales y varios espacios digitales. En contra del largometraje de Lechuga, las voces vinculadas al “establishment” argumentan que distorsiona la historia y desconoce que muchos errores cometidos en el campo de la cultura han sido rectificados. Los defensores, por su parte, enarbolan los valores artísticos de la cinta y sostienen que no se puede considerar contrarrevolucionaria.

El Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC) se comporta como una entidad propiedad privada del único partido político permitido en el país y aplica el consecuente derecho de admisión, una actitud que hace más contradictorio e inaceptable que la institución se erija públicamente como representante de los intereses de toda la nación.

Las autoridades culturales han vuelto a mostrar el endurecido rostro del patriarca intolerante que le muestra a sus hijos quién realmente tiene la llave de la casa

Muchos cineastas actúan como si creyeran que el ICAIC no representa los intereses del poder. Esa aparente ingenuidad les otorga derecho a sentirse ofendidos y sorprendidos ante la censura que imparte la entidad, como el adolescente que regresa tarde a casa con la ilusión de no ser regañado por sus padres, pero estos le recuerdan que conservan el derecho de registrar sus pertenencias y prohibir su próxima salida.

Mientras los creadores continúen respetando y reverenciando a las instituciones sin cuestionarlas frontalmente, seguirán obligados a bajar la cabeza y obedecer, o en última instancia tendrán que marcharse del país.

“Santa y Andrés” se concibió y se realizó de forma independiente como si la censura no existiera, como si el severo padre se hubiera dulcificado y atemperado con los años. Una manera de probar fuerza y de empujar el muro de las prohibiciones.

Con independencia de sus indiscutibles valores artísticos, la película de Carlos Lechuga será recordada como otra ocasión en que los represores del pensamiento se vieron obligados a quitarse la máscara de bonachones. Las autoridades culturales han vuelto a mostrar el endurecido rostro del patriarca intolerante que le muestra a sus hijos quién realmente tiene la llave de la casa.

Entre Santa y Andrés, Lechuga

Por Luis Ernesto Ruiz Martínez

Publicado en Cuba por Siempre, 21 de noviembre 2016

No soy especialista en cine, pero ya comienza a molestarme (y mucho) que nuevamente algunos amargados intenten levantar el dilema entre cine “Hecho en Cuba” y el mal llamado “cine independiente”, del que bien sabemos tiene, a veces, poco de lo primero, y muchísimo de lo segundo.

Por eso el debate a propósito de la película “Santa y Andrés”, de Carlos Lechuga, no es cosa de mirar y dejar pasar.

Basta darse una vueltecita por internet para leer la andanada de estupideces y seudoanálisis que abundan en varios de los sitios que se han hecho eco del filme y el supuesto ataque cubano hacia esa forma de hacer cine.

Desde la primera letra, son muchos los destilan odio visceral contra Cuba y su Revolución, algo que les resta objetividad a sus opiniones, pero otra cosa no creo que puedan escribir.

Les dejo con este comentario publicado por Yailin Sanchez Wong en su perfil de Facebook, para que tengan una visión más certera de por dónde “andan los tiros”:

“Hay un fuerte debate sobre una película que parece será expuesta en el Festival de Cine de La Habana. La película se llama “Santa y Andrés”. En el tráiler oficial de la película hay una escena en que unos militares -que por todo el diálogo del tráiler se debe suponer que son oficiales de la seguridad del estado (algo así como el FBI de USA)- sostienen por la fuerza al personaje Andrés para que le agredan y le lancen cosas. Según me explican amigos que viven en Canadá (donde ya expusieron la película) lo que le lanzan son huevos; estos amigos dicen que, además, en la película los militares tiran al suelo a Andrés y lo golpean y patean violentamente.”

“Eso no ocurrió jamás en Cuba después del triunfo revolucionario, eso ocurría con la dictadura de Batista que además torturaba y asesinaba a los revolucionarios. La película tergiversa la historia y no sé qué pretende con eso: si es confundir a los que formamos las nuevas generaciones, esa película de una manera peligrosa deja un mensaje para que los cubanos lleguemos a odiar a la seguridad del estado y los militares que en definitiva protegen nuestra patria.”

“Lechuga no debe haber inventado eso solo, debe haber sido guiado en ese guión que además no se corresponde con el guion que ganó premios en 2014. Eso ya también se sabe y reto a los responsables del cine cubano a que revelen el guion original que ganó premios y que publiquen la película completa, sin cortar pedazos, y luego vamos a debatir en redes sociales, en la calle y en la televisión cubana para que quede al descubierto lo que ha pasado aquí: la difamación, la mentira y la tergiversación de la historia que intencionalmente ha sido elaborada para intereses que sólo sirven a las intenciones de “cambiar a Cuba”, o sea, destruir nuestra Revolución, abiertamente reconocido por el gobierno norteamericano.”

“Lo extraño es que varios artistas cubanos apoyan la película, y se mezclan entre las personas que apoyan y le dan mensajes de aliento al cineasta con otras personas que no viven en Cuba y que se han declarado abiertamente contrarrevolucionarias, personas que odian a Fidel Castro. No me explico esa mezcla de algunos artistas nuestros con enemigos de Cuba.”

ELCINEESCORTAR reproduce estas dos entrevistas al director del filme, Carlos Lechuga, previas a los incidentes que marcan el debate posterior a diciembre de 2016.

“Santa y Andrés”: donde habita el olvido

Por Mayté Madruga

Publicado en IPS Cuba, 7 de octubre de 2016

Carlos Lechuga está a punto de estrenar su más reciente largometraje “Santa y Andrés” en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF). Como todo realizador cubano, ha hecho una película en la cual le va la vida, no solo la presente sino también la pasada, esa que le contaron de una forma y él intenta verla de otra, más amplia, más diaspórica…, más unida.

MAYTÉ MADRUGA HERNÁNDEZ:Santa y Andrés” ha pasado por procesos de construcción, pitchings y demás espacios de producción con los que hoy pueden contar los cineastas jóvenes ¿cuáles pudieran ser los retos que enfrenta tu proyecto con respecto a otros de la región, por ejemplo?

CARLOS LECHUGA: Hacer una película en cualquier parte del mundo es algo muy, pero que muy difícil. Hay algunos países de la región, países en desarrollo, que a pesar de no ser grandes potencias económicas han creado las leyes o los espacios para proteger al cine nacional y a los cineastas. Estos incentivos a veces aparecen en forma de fondos nacionales para la producción, los concursos y apoyos.

A veces simplemente dándoles promoción, ya que van a ser embajadores de sus países en el exterior.  Hacer una película independiente en Cuba es tres veces, cuatro veces o mil veces más difícil, ya que estos incentivos no existen o no se ven claramente. Y no debería ser así, pues Cuba ha sido pionera e impulsora en muchas cosas.

El que sepa cómo se logra mantener una cinematografía aquí, independiente o con el Estado, que me diga. Porque para mí es como un acto de magia. Nunca es igual. No están claras las reglas del juego.  ¿Hay un fondo anual para la producción cinematográfica?  ¿Cómo se aplica?

Pero no solo esto. Si uno decide buscar por uno mismo los fondos apelando a otros medios, buscando fondos en concursos extranjeros, pidiéndole el dinero a algún amigo, o la colaboración a alguna empresa; aun teniendo la suerte de conseguir el financiamiento de la película, el realizador independiente del patio se puede encontrar después otros obstáculos.

Como que no te den el permiso de filmación. O cuando está hecha la película no te la pongan en los cines. Y estas negativas no tienen nada que ver con el valor estético del filme. Es absurdo que estas cosas pasen en un país donde, al año, no se hacen más de 10 películas. Hay que cuidar un poco más el cine nacional.

Todos lo hemos dicho mil veces: ¿qué es peor, una película cubana que no está en sintonía con el parecer de las altas esferas, o una película ajena a la realidad nacional que incentive el colonialismo, etc.?

Creo sinceramente que deberían, el instituto (Instituto de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), el Ministerio de Cultura, quien se ocupe de estas cosas, deberían de cuidar un poco más a sus artistas cinematográficos. Artistas que a veces se graduaron sin pagar un centavo en las propias escuelas que se crearon. No se entiende nada. Este tipo de cosas no se entiende y atenta contra el propio país.

Entonces comprenderás que la comparación con otros cineastas y proyectos de la región es injusta. Ya estamos unidos en luchar contra una cinematografía tan fuerte como la de Hollywood. Y esto no es un cliché. En todas partes del mundo es difícil competir con “The Avengers”. Pero en Cuba es más difícil.

Además, los cineastas cubanos tenemos en contra que el apoyo no solo no se hace claro. A veces las interferencias y trabas son muy burdas.

Por eso he dicho que cada vez que se hace una película cubana y se termina, es motivo de fiesta. Por eso los cineastas cubanos piden ayuda en la difusión en las redes sociales y se le pide a los amigos que hablen de la peli, que la compartan, porque solo así se lucha contra quienes la quieren ocultar.

En ese sentido, los medios de prensa cubanos son tan necesarios e importantes, y los que aún lo tienen, deben quitarse los miramientos a la hora de promocionar el cine nacional, sea del ICAIC o independiente.

Hay películas cubanas que se han visto más afuera, que en las salas de Cuba. Por no ir más lejos: “Melaza”.

Hacer cine en Cuba es un milagro. Y no debería ser así.

MMH: En tu campaña de redes se ha hablado mucho sobre la música, la banda sonora de la película ¿qué papel le has signado dentro de la película?  ¿Se pudiera hablar de su rol marcadamente dramatúrgico?

CL: La banda sonora es obra de Santiago Barbosa, un músico colombiano que vive en Cuba e hizo una partitura muy bella. Haydee Milanés nos cantó el tema del final a capella, que es “El colibrí” y es una versión que pone los pelos de punta de lo emocionante que es. Y a lo largo de la película hay varios temas que tienen que ver con la vida personal del personaje Andrés. O sea, sí, la música juega un papel dramatúrgico.

Andrés, que se ha sentido silenciado, utiliza el arte, la música, para expresarse ante Santa. Martha Strada, Clara y Mario son intérpretes que también le recuerdan cosas de su pasado a Andrés.  De su vida nocturna en La Habana, de sus salidas, sus logros amorosos. Luego tenemos dos temas espirituales de Roberto Fonseca que tienen que ver más con el sufrimiento de Santa. Todo este montaje siempre estuvo pensado en función de hacer sentir al espectador. De acercarlo más al mundo y la época de “Santa y Andrés”.

MMH: Te has arriesgado con dos actores noveles en el cine ¿cómo se han mezclado “Santa y Andrés”, esos que pusiste en el guion, con Lola Amores y Eduardo?

CL: Bueno, para mí ya Lola y Eduardo no son esos dos amigos talentosísimos que escogimos, para mi ellos son Santa y Andrés.

Por mucho tiempo había querido trabajar con ellos y soy un gran fanático del trabajo que han hecho y hacen en el teatro. Por los días en que estaba pensando el casting, después de un tiempo que no los veía, me los encontré por casualidad en la calle. Empezamos a hablar y nuestras lecturas eran muy parecidas, sus físicos eran muy especiales, pero así y todo quisimos hacerles unas pruebas.

El casting fue muy difícil porque llamamos a muy pocos actores y actrices y todas las pruebas fueron muy buenas. Pero al final de la jornada no había duda, Lola era Santa y Eduardo era Andrés. Estaba destinado cosmológicamente que esto pasara. Para mi suerte, sobre todo. Luego, en el rodaje, los dos se entregaron mucho, estaban pasando unos días difíciles porque el rodaje se había mezclado con un familiar enfermo en las vidas de ellos, pero así y todo, dieron lo mejor de sí.

Fue una suerte, un privilegio. Era la primera película que hacían y se entregaron tanto… Hoy por hoy les estoy infinitamente agradecido por esa entrega.

MMH: Labrador es un fotógrafo con una calidad probada y fuerza, incluso pudiéramos hablar de una marca. En anterior entrevista expresaste que no te querías centrar mucho en la cámara con este proyecto ¿cómo entonces fue el trabajo con este director de fotografía?

CL: Por eso mismo. Sabía que Javier tenía la fuerza y el talento necesarios. Yo había visto sus películas anteriores, sobre todo sus documentales, y además de esa fuerza que lo caracteriza, hay mucha sensibilidad y tino en lo que hace. Sabía que Javier iba a estar bien si yo lo desatendía en algún momento en que yo debía estar un poco más con los actores. Las condiciones de filmación fueron muy duras. En locaciones difíciles bajo un sol abrazador. Mucha gente se enfermó y Javier no me defraudó. La visualidad de “Santa y Andrés” es la que necesitaba ese tipo de historia. Y Javier supo hacerla. Se entregó totalmente igual. La entrega es muy importante para el cine. Y la confianza. Y yo confío mucho en Javier.

MMH: La escritura y la memoria constituyen elementos que te interesan destacar en este filme ¿cómo influye una en la otra en tu película?

CL: Muchos de los escritores y artistas de la  época tuvieron que dejar de escribir, exiliarse, cambiar sus vidas, empezar de nuevo; siento que sufrían, además de todo por lo que pasaron, sufrían no poder lograr que sus obras llegaran a los ojos de los lectores. Ya fuera en Cuba o en el extranjero.

Por eso es tan importante el conocimiento; recordar y descubrir personalmente estas obras, estos autores.

Algunos de estos escritores llegaron a Miami y se tuvieron que pagar sus propias ediciones, ya que allá tampoco podían acceder a sus lectores.

La escritura es una forma de rebelión. Pero tiene que ser leída, si no se corta la comunicación.

Yo me considero un joven normal que vive en Cuba, no estudié filología, no sé cómo será el plan de estudio. Pero a mí me costó mucho trabajo poder leer a Reinaldo Arenas, a Carlos Victoria, a René Ariza, a Delfín Prats, a Guillermo Rosales.  Y creo que estos escritores, muy cubanos, deberían estar más accesibles.

Son cubanos. Todos somos lo mismo.

No se puede olvidar, pero sobre todo para no repetir los mismos errores.

Más nunca un cubano debería verse en la situación de tirarle un huevo a otro cubano, ni recibir el huevazo, si somos lo mismo.

MMH: Recientemente, en una entrevista expresaste que quieres que la gente se mire en tu cine ¿cuál es el reflejo exacto que te gustaría que vieran?

CL: Sobre todo que vieran que todos somos lo mismo. Que sin pedirlo estamos en este mundo y sin mucha opción todos nos vamos a ir de él. Que las ideologías férreas, el odio, la violencia, la intolerancia nos separan y nos dejan peor parados.

Que solo tenemos una oportunidad, una vida, para disfrutar y compartir. Que hay que tenderle una mano al otro. Que el ser humano por naturaleza es sensible y que, a pesar de los golpes de la vida, uno no debe endurecerse.

Hay que alejar la dureza, la aspereza, el silencio. Hay que expresarse sin temer. Hay que entregarse al cariño y permitirnos ser mejores seres humanos.

Que vean que el día a día está hecho de los encuentros entre las personas, en la calle, en la lucha por la vida.

Que hay que crear lazos sin esperar a que alguien o algo nos dejen. Que hay que ser justo y evitar las injusticias que se puedan evitar.

Hay que permitirse conocer al otro.

Las dos películas que he hecho y los guiones que escribo para futuros proyectos tienen en común que son historias sobre personas dolidas, no realizadas, angustiadas o insatisfechas por alguna razón. Pero siempre, de la mano de otro, encuentran una luz al fin del túnel.

La respuesta está en el ser humano.

A la hora de escribir no creo que yo escoja estos temas. Creo que va saliendo poco a poco.

Tomando distancia, veo que me interesan los dolores del alma y, reflejándolos o intentando reflejarlos yo mismo expulso mis propios demonios.

Me alegraría que en el transcurso de la proyección, si hay alguien en la sala que ha sufrido o se siente identificado con la obra; se sienta un poco menos solo. Más acompañado.

Y aunque sea muy doloroso el filme, me gustaría que salieran del cine con fe en el ser humano y con ganas de hacer el bien y de convertirnos en mejores personas.

Me gusta que en las películas se le apriete el corazón al espectador. Pero al mismo tiempo evito que se sienta vencido o sin solución. Creo que hay solución y esperanza, sino no hiciera cine.

Me gustaría que sintieran que no estamos solos en nuestros sufrimientos. Y que, de una forma u otra, todos sentimos lo mismo.

MMH: Pável Giroud ha expresado recientemente, en una entrevista, que los ochenta constituyen una década minada de historias. Teniendo en cuenta que “Santa y Andrés” se desarrolla en esta misma época, ¿cuáles dirías tú que son las historias y los temas que te interesan de esa década?

CL: Lo que más me interesa de los ochenta es que yo la siento como una década puente. Atrás quedan los años sesenta y setenta, que fueron muy complicados para los artistas y la intelectualidad cubana y, al mismo tiempo, aún no han llegado los noventa, la caída del campo socialista, el empeoramiento de la crisis.

En la historia que estaba escribiendo necesitaba que a mi personaje Andrés, en el presente de lo narrado, ya le hubieran pasado algunas cosas bastante dramáticas años atrás. Su sufrimiento había empezado en los sesenta, había continuado en los setenta y ahora, en los ochenta, había una especie de calma aparente. La calma que necesitaba para que ocurriera un encuentro emocional con Santa. En los ochenta también fue el Mariel, Reinaldo Arenas se fue de Cuba, se vivieron los mítines de repudio. Los propios cubanos se tuvieron que ver cara a cara, tomar bandos, posiciones. Como hermanos fajados. Eso es muy fuerte. Muy feo.

“Santa y Andrés” promueve la unión entre los cubanos, entre las familias. Y los ochenta fueron unos años muy duros. De separación. De odio.

Ahora irán saliendo las historias, como la de 10 millones de Celdrán. Lo importante es que estas historias sean narradas por los propios cubanos.

Igual, en el arte y en el vestuario, no quisimos marcar mucho el estilo ochentero.

Quisimos dejarlo en un ambiente un poco atemporal para tratar este tema con vistas a que este tipo de conflicto no se repita en el futuro.

Me gustaría que los dirigentes cubanos no velaran tanto por el enemigo exterior y cuidaran un poco más nuestro mundo interior. Al cubano de a pie. Necesitamos tiempos más justos. Si no lo hacemos nosotros, ni Obama, ni Hillary y mucho menos Trump lo van a hacer.

Carlos Lechuga: “mucha gente se sentirá identificada con mi película”

Por Andy Muñoz Alfonso

Publicado en Bach Media, 30 de Agosto 2016

Para Carlos Lechuga (La Habana, 1983) lo más importante es que el público cubano pueda ver su obra. Sin embargo, “Melaza” (2012), su primer largometraje, estuvo  a punto de no presentarse en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, a pesar del reconocimiento alcanzado en muchos otros festivales del mundo. Querían que no se presentara.

Que una película cubana no se exhibiera en un festival nacional era una aporía hasta hace muy poco. Antes del inicio del Período Especial –y el impulso de las coproducciones como forma de sustentar el cine cubano– los realizadores de la Isla solo podían confiar sus proyectos al ICAIC. Ese panorama se ha venido desdibujando y se habla ahora de un movimiento de realizadores que conforman un cine cubano independiente.

Carlos Lechuga dice ser eso. Independiente. Y “Santa y Andrés”, su última película, viene a engrosar la lista de obras que pertenecen a este movimiento.

Mucho se ha dicho ya del filme, sobre todo en algunos medios digitales. Tiene hasta página en Facebook.

La película desentierra a modo de ficción un capítulo injustamente olvidado de la historia pos-revolucionaria cubana, salvo por dos documentales que mostraron a sus protagonistas: “Conducta impropia” (Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal) y “Seres extravagantes” (Manuel Zayas). Próximamente se estrenará en el Toronto International Film Festival (TIFF), luego en el de San Sebastián. Anteriormente había sido finalista del Sebastiane Latino y participado en el Marché du film de Cannes.

– Usted, como muchos otros jóvenes realizadores cubanos, ha optado por el cine independiente para concretar sus proyectos desde lo económico (dígase financiamientos, producción y distribución). Pero también para poner sobre el tapete otros puntos de vista o realidades que no son las que potencia el ICAIC. Sin embargo, esa “independencia” del ICAIC no garantiza que se llegue a la esencia de los fenómenos representados, y, frecuentemente, esa independencia está relacionada con el simple morbo de mostrar lo que no muestra el ICAIC y que también tiene que ver con los intereses de quien financia. ¿Independencia del ICAIC significa necesariamente independencia de pensamiento?

Yo estudié dos años en la FAMCA, después me fui a la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV), las dos son escuelas cubanas y ninguna me costó nada. Mi formación se la debo a la revolución porque no pagué nada por mi formación. ¿Cuál es el problema con el ICAIC? Que no tiene una política clara de cómo uno hace una película. Yo salgo de San Antonio con mi guión distinto a lo que toca el ICAIC y no sé cómo tocar la puerta y decir “aquí está mi guión”.

En todas partes del mundo los institutos de cine, desde los más pobres hasta los más ricos, hacen convocatorias para otorgar financiamientos a personas que hayan hecho una película. Se conforma un jurado extranjero que lee y discierne cuál es el mejor proyecto. Te dan un fondo y tú haces la película. Para mí no hay nada más sano que eso, se potencia el cine nacional. Eso el ICAIC no lo tiene. Lo que sí tiene es algo así como sus realizadores favoritos.

A veces se hace una ópera prima, pero dime cuántos realizadores de Ciego de Ávila, de Camagüey o de Las Tunas han hecho películas con el ICAIC. Habrá quien diga: “voy a meter ahora un tema candente para ir de viaje” y no acudir entonces al ICAIC. En mi caso, si yo hubiera salido de San Antonio y el ICAIC me hubiera dicho que tenía un fondo abierto yo hubiera hecho la película por allí. Pero eso no existe y eso es lo que tanta gente ha pedido con la ley de cine.

El día que haya un fondo claro yo voy a ser el primero en aplicar. ¿Por qué hay un fondo noruego y no uno cubano? No creo que la independencia tenga que ver con temas más candentes o no. Hay un poco de cliché con independencia y querer hacerse el pillo políticamente.

Por otra parte, el ICAIC aprueba que se filmen en Cuba películas como “Rápido y Furioso”. Me encanta que se puedan filmar películas de ese tipo en Cuba. Pero al final lo que no entiendo es la política editorial de nuestro Instituto de cine. Hace un tiempo cerraron los cines 3D para cuidarle el gusto a la población. Ahora se puede hacer “Rápido y Furioso” pero “Melaza” no se debe poner. Entonces, es un poco difícil y uno como realizador no puede hacer sus obras dependiendo de un organismo así.

 – “Santa y Andrés” se presentará próximamente en el Festival de Cine de Toronto. ¿Cómo llegó hasta allí y cuál es el camino que seguirá luego?

En septiembre “Santa y Andrés” tendrá su estreno mundial en el Festival de Toronto y a finales del mes tiene su estreno europeo en el Festival de San Sebastián. Llegó a Toronto porque Producciones de la 5ta Avenida, mi productora, trabaja con un agente de ventas, que su trabajo es ese: colocar la película. Así ocurrió también con “Juan de los muertos”, de Alejandro Brugués.

Cada festival de cine tiene una fecha de apertura a inscripciones y los agentes de ventas están pendientes de esto y aplican con la película para que se vea. Pero un agente de ventas no solo hace eso, sino que busca una manera para que, en dependencia del tipo de película que sea, camine bien. Con este agente de ventas yo trabajé en “Melaza”, que fue mi primera película, y cuando terminamos “Santa y Andrés” él lo llevó al Marché du film de Cannes. Allí se van haciendo visionajes para personas de la industria, profesionales del cine que se dedican a comprar y vender películas. Gustó en Toronto y en San Sebastián. Es una dupla muy buena porque salen al mismo tiempo, son festivales muy buenos y, en lo personal, muchas películas que he admirado han ido a esos dos festivales al mismo tiempo. Después de estos festivales hay otros interesados. Mi interés es estrenarlo en diciembre aquí en La Habana, en el Festival de Cine.

– ¿Cómo fue el proceso de producción? ¿Quién puso el financiamiento?

Realmente este mundo del cine es muy complicado. Yo hice “Melaza”, aquí hubo un momento en que trataron que no se pusiera mucho. El ICAIC no estaba muy interesado en exhibirla, pero al mismo tiempo, aplicando a festivales gustó la película y estuvo en más de sesenta festivales. Ganamos varios premios, y nos fue bien. Cuando uno hace una película en un país como Cuba –que al año hay seis o siete, máximo– uno cree que hacer la segunda película va a ser más fácil. En mi caso no fue así.

Con “Santa y Andrés” apliqué a varios fondos con mi productora, Claudia Calviño. Aplicamos al de Ibermedia, a un fondo de Rotterdam, a Hubert Bals, fuimos a Cinemart. Al final gané un premio de guión. Eso empujó un poquito a que la película se hiciera y, al propio tiempo, a que yo fuera productor. En cierto sentido eso demuestra que no es más fácil cuando tienes ya una primera película y quieres hacer la segunda. En este caso fue más complicado que con “Melaza”. 

– ¿Qué importancia ha tenido Producciones de la 5ta Avenida?

Toda la importancia del mundo. Yo me gradué de guión en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Cuando uno sale de la EICTV a la realidad no sabes para dónde coger. Es muy difícil ver qué se hace. Yo ya conocía a Alejandro Brugués, a Claudia Calviño, a Inti Herrera y a Alejandro Tovar y me acerqué para hacer con ellos “Melaza”, que fue mi guión de tesis.

Después seguimos con “Santa y Andrés” y varios cortos en el medio. Entonces es como mi casa. No soy un productor de allí, pero con ellos lo he podido hacer todo y es como estar en familia. A lo mejor mañana el ICAIC me llama para hacer una película y no me sentiría completamente a gusto porque no sé los mecanismos. Somos amigos y eso ayuda mucho en una película. Una película es un proceso muy largo, y si todo el mundo no está en la misma energía… En algún momento uno necesita el apoyo y la amistad. Para hacer una película, con suerte, te demoras cuatro años.

– Has dicho que la historia de “Santa y Andrés” surgió de la impresión que le causó “Conducta Impropia” y “Seres extravagantes”, documentales que develan cómo se apartó a determinadas personas del proyecto revolucionario cubano por sus preferencias sexuales y otras actitudes que supuestamente no encajaban en la nueva sociedad. ¿Qué particularidades de la Cuba actual lo llevó a retomar este tema en su filme?

Cuando terminé “Melaza” tuve una discusión con el ICAIC porque no querían ponerla. En aquel entonces yo tenía esos documentales en la casa y comencé a interesarme en el tema de la censura (que lo que me pasó a mí comparado con lo de esa gente no tiene ningún tipo de relevancia).

Mientras “Melaza” viajaba por varios lugares, yo lo hacía con ella y fui conociendo gente de la generación de Reynaldo Arenas, que por una razón u otra tuvieron que irse de Cuba. Los artistas son muy sensibles y hay un punto de reconocimiento que es necesario, y esa gente se fueron con muy mal sabor de boca de aquí porque no se sintieron respaldados. Ese sentimiento fue el que yo traté de buscar.

En ningún momento yo quise ser un biopic de Reynaldo o de otra persona, sino más bien buscar ese sentimiento que es el de la gente que en algún momento se ha sentido apaleada o al margen de la sociedad. No solamente les pasa eso a los que no están con la Revolución o son homosexuales, sino que también a otro tipo de personas.

El personaje de Andrés es escritor, gay, apartado completamente de la Revolución; pero a Santa le pasa esto al mismo tiempo. Por eso ellos dos conectan: personas apaleadas por la vida que juntos pueden hacerse compañía. Creo que mucha gente se va a sentir identificada con la película. Mi intención no era hacerla desde el odio, sino  tratar de ver cómo gente apaleada puede hacer nexos. Quise mostrar personas que a veces no se muestran, héroes un poco ocultos. Y gente valiosa.

– En el audiovisual cubano, tanto documental como ficción (y haciendo excepciones como la Televisión Serrana), son mucho más frecuentes historias habano-centristas, citadinas y de corte social. Sería lógico que usted, que vive por demás en el centro del Vedado, esté tentado a crear historias ambientadas aquí. Sin embargo, no es así. ¿Por qué sacar a “Santa y Andrés” a otra geografía, quizás extraña para Ud.?

Hay gente que escribe ciencia ficción y no fue a la Luna. Tampoco significa que sin el campo no pueda vivir, yo soy de la ciudad completamente. Es más una inquietud artística. Creo que mi generación se ha ido más al campo. Lo mismo en el cine latinoamericano como en el europeo. Es una vuelta a las raíces, a lo natural. Yo me intereso sobre todo por lo pictórico, los verdes, aprovechar paisaje natural. Te domina y te centra mucho la imagen para donde quieras ir.

Si filmas en la ciudad se cuelan muchas cosas en la imagen, y el tipo de películas que yo hago es de pocos personajes y donde las locaciones juegan un papel importante. Todo lo que sea paisaje rural me da nivel de contención, o sea, que yo puedo dominar, sé lo que está en el cuadro, sé lo que estoy contando y me centro más en lo humano. A mí lo que más me interesa es la convicción humana. Si estás en un lugar: una planicie horizontal o en una loma, y hay dos seres humanos, la mirada se centra en ellos.

La gente lo agradece. Con “Melaza” yo no sé cómo gente que vive en bateyes averiguaban mi teléfono y me llamaban: “yo vivía en tal batey y la vida era así exactamente…”, al mismo tiempo había otro que decía: “cómo este chamaco del Vedado va a estar contando una cosa del batey si en realidad no sabe nada”.

– ¿Cuál será el próximo proyecto audiovisual de Carlos Lechuga?

Tengo una película de vampiros que no tiene nada que ver ni con “Juan de los muertos”, ni con “Vampiros en La Habana”. Son recuerdos que yo tengo de mi infancia –durante el Período Especial– con mi mamá y mi abuela, recreado en un mundo de vampiros. Además, tengo otro proyecto que provisionalmente se llama “La pelota roja”.

Es una película de cámara: pocos personajes, dos hermanas, una historia de celos y que tiene mucho que ver con el cine de Bergman. Como un Bergman tropicalizado.

 

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