Cine Cubano Reseñas

Filme cubano “Leontina”: tres miradas críticas

El cine cubano ataca de nuevo

‘Leontina’ es otro síntoma del estado en que se halla ese arte en la Isla

Por Ernesto Santana Zaldívar

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Más aún que otra película cubana, Leontina es otro síntoma del estado en que se halla el cine cubano. Ante la –supuesta– demanda de que el audiovisual debe radiografiar la realidad actual, sin renunciar a cierto nivel estético, hay creadores que escogen la fuga hacia adelante y perpetran una fábula “libertaria” totalmente descafeinada, con una puesta en escena tan barroca –complejo provinciano por excelencia– que parezca de un mundo no tercero.

Se trata además de un filme, producido por el Ministerio de Cultura y otros organismos oficiales, que pretende, obviamente, ponerse a la altura de ese otro cine nuestro sumergido, alternativo, que, en general sin complejos de inferioridad, realiza una búsqueda arriesgada en la forma a la vez que hace un serio cuestionamiento de los males que hunden nuestra sociedad.

Según el propio director, Rudy Mora –realizador de cine y televisión y con cargo en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)–, su película anterior, Y, sin embargo…, es “un llamado a luchar por los sueños desde un viaje a la fantasía”, y con ella quiso “hacer un largometraje con una proyección universal, que conectara lo mismo con un iraní, que con un francés o un argentino”.

Leontina va por parecido camino, pues no se desarrolla en un lugar y un tiempo determinables, pero en verdad este presupuesto es otro de los boquetes que anegan el barco, o sea, que hacen que el público cubano se levante y abandone la sala, confundido y frustrado. Quizás en Irán o Francia tenga mejor suerte. En cuanto a Argentina, y por si acaso, Mora incluyó a un personaje argentino en la historia. Para no quedarse ahí, incluyó también a una niña haitiana.

En fin, todo a mayor gloria de esa “proyección universal”. Sin embargo, y eso lo debe saber muy bien este realizador audiovisual, es muy raro que una película abstracta se conecte con audiencias diversas y alejadas entre sí. El cine de Hollywood, que llega a dondequiera, casi nunca utiliza ese recurso. Y, en cuanto al cine cubano, parece que recurre a la indeterminación geográfica y temporal más bien para no irritar a los censores por la crítica política o social que pueda inferirse del argumento.

Para el director, no obstante, “la película es un canto a la libertad espiritual, una crítica a la rigidez, a la individualidad y al oportunismo”. Desgraciadamente, cuando la gente sale del cine, tanto a los diez minutos como al final, no da muestras de irse pensando en esos bellos propósitos. Leontina, en definitiva, no es para niños porque está a mil leguas de resultar divertida en el sentido sagrado de la palabra, y tampoco es para adultos porque parece una versión extensa y fallida de un capítulo de La sombrilla amarilla, aquel notable programa televisivo.

Si acaso, cuando más, al salir uno se pregunta muchas cosas. ¿Estaremos ante una especie de “cine de culto” por encargo? El subtítulo del filme, Quien juega quiere ganar, ¿se refiere a la historia que se cuenta o a la ilusión de los realizadores? Si el afán era lograr “una proyección universal” –o sea, mover el mundo– y Mora contaba con la palanca de poderosas instituciones oficiales, ¿por qué no se buscó un mejor punto de apoyo?, se preguntaría Arquímides.

Aun más: ¿Importa una pizca en qué se gasta el dinero público a través del Ministerio de Cultura y otros organismos gubernamentales? ¿O será que existe una confianza absoluta en el éxito de los productos audiovisuales de Rudy Mora, aun si el estilo es rimbombante y plomizo?

Como si así se consiguieran ciertas garantías de autencidad artística, son muchos los invitados de cierta nombradía que pasan por los sets de Leontina, algunos de los cuales son Arturo Montoto, Rosario Cárdenas, Gigantería, la Schola Cantorum Coralina o Edesio Alejandro.

Al cabo, estamos ante un largometraje que quiso parecer “contestatario”, pero no alcanzó; que quiso ser imaginativo, y tampoco. Si el que juega “quiere ganar”, acaso se trata solo de tener los medios para jugar juegos sin consecuencias: me regalo toda la visualidad que me da la gana, con tremendos sets, tremendos actores, tremendas imágenes, tremendos instantes. Si después es tremendo también el vacío de público, la razón está en la ingratitud de este, que solo se anima con sexo, violencia y lenguaje de adultos.

Tal vez el problema no radica en la dirección, ni es fallido el guion, ni el estilo bombástico es lo que resulta letal, sino que no hay una idea poderosa en las tripas de esa imaginería artificiosa, que no existe el menor intento de riesgo en todo el horizonte de la película, ni un solo milímetro de incorrección, ni la menor pulsión artística. Ni arte, al final, sino, por algunos instantes, ciertos destellos de inofensiva artesanía.

Si ya en la acera uno se sigue haciendo preguntas, llega hasta sospechar –por eso del beneficio de la duda–, que puede ser que Leontina es nada más que una cruel autoparodia, pero esa idea dura un segundo y da paso a otra, también extremista: ¿Y si no está hecha para niños ni para adultos, ni para ninguna audiencia imparcial, sino únicamente para los que se vieron involucrados en el proyecto, que acaso podrán verla con cierta complacencia?

Y si dejarlo a uno pensando sin cesar durante unos minutos es un mérito, entonces Leontina lo tiene, de igual modo que habrá la indudable consecuencia de que uno no acudirá inocentemente a la próxima entrega fílmica de este director, aunque resulte que conocía muy bien el gusto de iraníes, franceses y otras butacas del planeta y los hechizó con su proyector universal.

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Leontina

La segunda película del director cubano Rudy Mora, pudiera verse como un seguimiento construido con ideas y conceptos estéticos que quedaron en el tintero del realizador.

Granma, 3 de julio de 2016

Por Rolando Pérez Betancourt

Leontina_4Aunque autónomo, Leontina, segundo filme de ficción de Rudy Mora, pudiera verse como un seguimiento construido con ideas y conceptos estéticos que quedaron en el tintero del realizador, luego de su ópera prima, Y sin embargo… (2012), la fábula ampliamente metafórica acerca de la perseverancia moral ante cualquier imposición irrazonable.

De aquella película señalé en estas mismas páginas que, en el trance de elaborar un lenguaje capaz de cubrir las expectativas de una doble audiencia de niños y adultos, no encontraba el tono más loable para mantener un ritmo de interés general y cristalizar todo lo hermoso que se proponía.

En esta ocasión esa dualidad existe menos, porque aunque aparecen niños, y ellos constituyan el nexo para encarrilar el relato de Leontina, el conflicto apunta más hacia una audiencia adulta que sea capaz de interesarse tanto por la trascendencia del tema, como por desentrañar la densidad tropológica con que este es transpuesto en pantalla.

En sus dos primeros largometrajes, el director ha esquivado las vías del realismo crítico que tanto lo hicieron sobresalir en sus entregas televisuales y se sumerge en un mundo de imaginerías que le permiten no ser directo y metaforizar realidades.

Cine de autoría el suyo, difícil y retador, que, en general, deja apreciar un notable trabajo de ambientación y fotografía (más discutible en lo musical), a partir de escenarios mágicos y sin fronteras, puestos en función de superar la simple anécdota y alcanzar, artísticamente, la universalidad desbordante de sus temas.

Pero en Leontina, además de reiterarse el conflicto del sometimiento enfermizo de unos hombres sobre otros hombres sin que se aporte nada fresco y revelador en el calado artístico-político-filosófico del más viejo de los antagonismos, esa alegoría se torna, primero confusa en su discurso, y luego bastante reiterativa en su plasmación moralizante.

Existe en el mundo de la creación artística lo que ha dado en llamarse “la angustia de las influencias”, según la cual el creador se paraliza ante la creencia de que todo ha sido tratado (y hasta bien tratado), encrucijada de la que solo se sale con el propósito —grandioso, al menos en las intenciones— de superar a los que nos antecedieron.

En películas tan disímiles como 1984 (a partir de la novela de Orwell) y la más reciente Los juegos del hambre, para mencionar solo esas dos, se trata el asunto de las tiranías absurdas y aplastantes y aparecen colectivos sociales sometidos por un poder omnímodo que le diseña a sus víctimas, lo mismo el caminar como autómatas, que la imposibilidad de sonreír o de pensar.

Leontina incorpora esos elementos, y otros más, lo cual no sería nada criticable si no fuera porque el pueblo sometido por los “Magníficos”, y al cual llega un grupo de niños para participar en un concurso de pintura, sucumbe igualmente ante una carga figurativa necesitada, al menos, de un poco de respiro e intenciones más claras, que no aportan ni los mu­chachos, con su decir bastante recitativo, ni tampoco las actuaciones adultas, la mayor parte de ellas sin superar el esbozo del arquetipo, debido, en lo fundamental, a carencias de la dramaturgia.

Una película sustanciosa en visualidad, que deja ver algunas ideas bien concebidas, pero al mismo tiempo verbosa, desigual en sus intenciones de aunar seriedad y gracia y con cierta trabazón en el movimiento de masas (ese tropel que va y viene entre gritos y órdenes de la mandona que encarna Corina Mestre, personaje, por demás, bastante discutible en su concepción literaria).

Valores parciales los de Leontina, entonces, y quizá la puesta en solfa de una manera de concebir el cine por parte de un director de probado talento.

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Réquiem por Leontina

La cinta se diluye en una serie de devaneos laberínticos, episódicos, inconexos, donde los niños protagonistas bregan a brazo partido contra obstáculos y villanos.

IPS, 15 de julio de 2016

Por

Leontina_2Suerte de secuela o spin off —¿quizás pretensión de franquicia, la tercera del cine cubano post ´59, tras Elpidio Valdés y ¡Vampiros en La Habana!?— de la previa Y sin embargo… (2012), el segundo largometraje de Rudy Mora, crípticamente intitulado Leontina (2015) (*), regresa tras los pasos del niño Lapatum (Olo Tamayo).

Ahora acompañado por toda una (histriónicamente irregular) panda de niños cómplices, en la cual se diluye casi por completo su protagonismo singular, incluida su identidad caracterológica.

Encarnación posible de la Alicia de Carroll, este es plantado nuevamente en un mundo epocal y geográficamente poco preciso, con afanes preeminentemente fabulares: dada la estereotipación (caricaturización) ingente y monocroma de casi todos los personajes involucrados en la trama, en detrimento de cualquier hondura psicológica o matiz complejo.

A partir de un forzado y baladí resorte-pretexto dramatúrgico, que ocupa las primeras secuencias de la cinta, Lapatum y sus amigos aterrizan en este país hosco, monocromo, derruido hasta el postapocalíptico retroceso a un estado poco menos que medieval. Lleno de ancianos amargados, míseros, silenciosos y estrangulados por la rutina.

Sobre esta población parece comandar una tirana encarnada por Corina Mestre, que parece coartar toda posibilidad de hablar (libertad de expresión, claro) y reír (¿referencia a El nombre de la rosa?). Mientras, ella es incontinente en su verborrea castrense, y totalmente confusa para un espectador que nunca parece tener claro qué se propone, fuera de vociferar mucho y contemplar casi estáticamente, junto a sus inútiles miñones, cómo los niños deambulan con casi semejante e inútil incoherencia por sus predios. Parece que estuvieran haciendo tiempo a posta, hasta que el metraje alcanzase la extensión adecuada para ser clasificado como un largo y ya.

Así, la cinta se diluye en una serie de devaneos laberínticos, episódicos, inconexos, donde los niños protagonistas bregan a brazo partido contra obstáculos y villanos, con tenacidad a toda prueba…para dar con una tienda donde reparten multicolores dulces gratis. Casi es escandalosa la impunidad con que retozan por los lares, mientras los “malos” pierden el tiempo en reuniones y en observar con “caras de malos”, incluso a pocos pasos, el avance de Lapatum et al.

(Pausa: hablemos un momento de la pandilla. Está Lapatum, que sin liderazgo alguno se funde en la identidad colectiva. Está el gordito glotón de rigor, cuyos consabidos chistes de glotonería “de rigor” buscan cargar con la comicidad “de rigor”. Está la niña de rigor, para matizar el excesivo absolutismo masculino. Está una —enigmática, más bien exótica— niña haitiana que habla francés y toca una flauta, sin ninguna otra connotación dramática real en la diégesis establecida para la cinta; bien pudo no aparecer, todo hubiera ocurrido igual. Y están dos niños más, sin ninguna particularidad que los destaque en el conjunto obsesionado con los dulces de utilería que regalan en la tienda “El legionario”. Regentado tal lugar por un personaje tan enigmático como ambivalente, encarnado por Jorge Alí, que a la primera parece una versión pervertida de la bruja de Hansel y Grettel, atrayendo niños con sus golosinas a las puertas de su equívoco establecimiento.)

Las circunstancias y el consabido desenlace de los sucesos sugiere nebulosas referencias a obras como las ineluctables novelas distópicas Nosotros (Yevgueni Zamiatin) y 1984 (George Orwell); y a cintas indistintamente concomitantes con estos presupuestos como La ciudad de los niños perdidos (Mark Caro y Jean-Pierre Jeunet, 1995), Pleasantville (Gary Ross, 1998), The Village (M. Knight Shyamalan, 2004) —¿¿Los juegos del hambre??— y City of Ember (Bill Murray, 2008). Todas adscritas a las anárquicas corrientes anti-stablishments y anti-absolutismos, engendradas por el siglo XX.

(Otra pausa: hablemos un momento de los villanos. Inexplicablemente obsesionada con sabotear un inofensivo e intrascendente concurso infantil, la “mala” de la Mestre —condenada como está esta buena actriz a tales roles rufianescos— hace de tripas corazón porque la pandilla-equipo de Lapatum fracase en pintar colectivamente una cartulina sobre algo que daña el medio ambiente. Por qué, hacia la conclusión del filme, terminan figurando una papaya es uno de los grandes enigmas que plantea la película.

Para eso, la tirana despliega a sus secuaces silenciosos y rapta a una jueza. Luego se la pasa encaramada en un diminuto faro hablando casi en acertijos. Unos caóticos montaje y fotografía se empecinan en enfatizar su inútil arrebato. Luego arrastra con una campana, que a ciencia cierta tampoco se sabe para qué sirve. Después están los referidos secuaces: otra panda de subalternos pintorescos, poco o nada influyentes en la trama, fuera de traicionar a su jefa a la primera oportunidad y golpear, de vez en cuando, a los niños.)

Spoiler Alert!: La solución del conflicto arriba tan sorpresiva como absurdamente ha transcurrido el relato hasta el momento. Unos inexplicables brebajes o soluciones coloridas (ingredientes del dulcero de Alí) se riegan por el pueblo y dan con el fin de la tiranía que, con mucho ruido y ninguna nuez, nada hizo para rechazar las aleatorias correrías de los niños. Y nada de la leontina…

Entre sus numerosos y serpeantes dead ends, la gran y dolorosa interrogante que esta cinta me impone es: ¿por qué un director tan bien encauzado en los predios televisuales como Rudy Mora —recordar los significativos seriados Doble juego, La otra cara, y la infravalorada Diana— delata tales inseguridades a la hora de remontar los senderos del “cine” convencional; más aún en tiempos donde estas fronteras se han diluido casi por completo? Incluso le sucede de una manera más acendrada que Charlie Medina, otro importante director de TV, cuyo debut fílmico Penumbras (2012) languideció igualmente frente a sus seriales (Blanco y negro ¡No!) y teleplays (Los heraldos negros).

¿Es quizás que Mora se ha aventurado azarosamente por un sendero estético-temático-conceptual demasiado ajeno a sus aptitudes creativas y sus habilidades probas de dirección de actores? ¿Es que ha llegado muy tarde al cine? ¿Es tan difícil para él y su generación clarificar un discurso sobre la libertad de expresión y la risa como símbolo prístino de libertad personal? Quizás, no sé, a lo mejor. Como mínimo, no dejo de lamentar mucho que una creatura suya haya motivado estas líneas.

Nota:

*Más aún, si se quiere, que la Japón de Reygadas o la Brazil de Terry Giliam.

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