Humor

Siro Cuartel va al cine (II)

ELCINEESCORTAR les ofrece, en su sección de Humor, otra reseña de Siro Cuartel, el personaje satírico más famoso de las redes cubanas.

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1985 vendría a ser histórico de verdad en mi amado cine Luisa. Ese año llegó a proyectarse una película que batió todos los records de taquilla hasta ese momento conocidos.

Precedida por la fama de haber ganado el Premio de la Popularidad en el Festival de Cine Latinoamericano de esa temporada -y porque en ella trabajaba Rubens de Falco, el famoso Leoncio de la telenovela brasileña “La Esclava Isaura“– la película venezolana La hora Texaco –que la gente, cariñosamente, la apodó “A cualquier hora te la saco”, tenía constantes escenas de provocación y deseos contenidos por parte de las dos protagonistas féminas: una joven periodista y una ama de casa, medio tiempo ella, pero que estaba como un cañón.

La película en sí solo tenía par de escenas de sexo… ¡Todo un record en aquella época!. Y si en una escena no se veía casi nada, en la otra se veía menos, pero había movimiento -que era lo que nadie había visto hasta entonces- y la gente era feliz, al extremo de dedicarle un día entero al cine para ver aquellas escenas hasta tres y cuatro veces.

Un día a la proyeccionista se le ocurrió quitar un rollo antes de tiempo y suprimió, “accidentalmente”, la escena más “hot” de la película, que era la parte en que la temba le hace el amor al jovencito en el capó de un jeep Willy o una camioneta Ford (este detalle no lo puedo precisar bien.)

Se formó tal desorden en el cine que hubo que interrumpir la proyección y darle para atrás al rollo, so pena fuera incendiada la sala de manera absolutamente justa por los enardecidos mancebos.

GEISER

Famosa fue también una película de artes marciales en la cual los efectos de corte y sangrado eran tan groseramente chapuceros y exagerados que provocaban risa.

Había una escena en particular en la que salía un chorro de sangre con tanta potencia y a tanta altura, después de una gran demora en salir, que la gente en el cine previsoramente gritaba: “la pila, la pila…” -por eso de la pila del agua- y, cuando salía el potente chorro del cuello del decapitado, entonces se aplaudía.

Era, también, la época de la escasez de combustible para cocinar en la capital y a Santiago Álvarez se le ocurrió “poner” en su Noticiero ICAIC Latinoamericano -que proyectaban semanalmente entre película y película- aquella escena de un soberbio moreno con una lata de 5 galones vacía en la mano, zapateando el kerosene por toda La Habana y, cuando terminaba la famosa melodía del merengue “Mami, qué será lo que quiere el negro”, el atribulado buscador de combustible decía: “Luzbrillanteeee”. Genial era Santiago.

En realidad, cualquiera y en cualquier momento se puede asistir a una inolvidable proyección cinematográfica. Pero asistir a un cine el día de una bronca entre dos mujeres eso sí que no tiene precio. Mucho más si hay morbo, tarros, unos buenos halones de pelo, unas floridas palabrotas y un “bajichupa”.

Me ocurrió a mí.  Fui con Félix –alias “El Kochka”– al Luisa.

Recuerdo que almorcé en su casa, cruzamos Prado y entramos en la tanda de la 1.30 de la tarde. Momentos antes de comenzar la película, ya con las luces apagadas, sonó un gaznatón, precedido por esa palabra de cuatro letras con A interminable: “Putaaaa”… Y se encendieron las luces de la sala.

Pim pam, hala hala, pim pam… y, de pronto en un hala hala de esos, el elástico del “bajichupa” de una de las dos contendientes no aguantó más tirones y cedió completamente.

La muchacha pretendió -¡Oh, cuánto de inocente tiene el ser humano!- proteger sus senos de las lujuriosas miradas masculinas y protegerse, simultáneamente, de los golpes que le propinaba su adversaria. Era imposible: apenas intentaba defenderse o ripostar la agresión, sus senos -bellísimos y juveniles por cierto- quedaban a la intemperie.

Hubo un momento que logró aguantarse el tope con los sobacos -peleando a lo manicorto- y los senos quedaron vedados a nuestra vista. De pronto, un grito que se fue convirtiendo en coro: “El bajichupa, el bajichupa…”

Los hombres de la sala exigían a la muchacha que había roto la prenda de vestir de su rival, que se dejara de tanto esfuerzo inútil por intentar halarle el pelo, y se concentrara en lo verdaderamente trascendente: bajarle la pieza de ropa.

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Recuerdo que a la salida del cine le dije a mi amigo “el mudo”: “Mudo, ¿viste la bronca?”. Y éste abrió los ojos, ejemplificó con sus manos el par de “cocos” de la muchacha y me dijo: “Ummm Ahhhh Ummm Ahhh”.

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