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Qué pena, Consuelo Vidal, que la vida no tenga “rewind”

Consuelo Vidal: “Todos los estudios, el 10, el 11, el 12, el 15, los del Focsa… yo creo que todavía guardan un poquito de mi perfume”

El 7 de octubre de 2004 ocurrió en La Habana un suceso que parecía imposible: Consuelo Vidal Regal se apagó definitivamente. Su muerte conmovió a la sociedad cubana. Su féretro fue seguido por una multitud que caminó varios kilómetros desde la funeraria de Calzada y K hasta el Cementerio de Colón.

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Al paso del cortejo, miles de personas aplaudían desde las aceras y balcones. Querían demostrar, por última vez, su admiración y agradecimiento a La Flaca, a la Consuelito que siempre estuvo ahí, provocándoles la sonrisa que les hacía olvidar las penurias, la libreta, los apagones, las colas, las ausencias, la infelicidad; alegrándoles la existencia cuando más falta les hacía.

Por Internet, me enteré enseguida de su muerte. Y de repente, mi octubre gallego se tiñó de tristeza. En los siguientes días, una ola de recriminaciones que dura hasta hoy, me envolvió. Me reprochaba, me reprocho aún, que Consuelo se fuera sin que hubiéramos tenido nuestra charla final, la que cerrara el ciclo de las muchas que tuvimos. Esa conversación a corazón abierto en la que yo, saltando por encima del miedo al ridículo, le hiciera saber en toda su dimensión lo mucho que significó en mi carrera, la suerte gigantesca que tuve de poder contar con ella en mis trabajos y le agradeciera, mucho más allá de un simple “gracias”, por permitirme haber sido su director y su amigo.

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No soy biógrafo, ni sicólogo ni ensayista. En esta pieza no voy a contar su vida, ni pretendo reflejar su compleja personalidad, ni glosar como se debe su excepcional talento artístico, ni reseñar los golpes que recibió ni las veces que se levantó tras haberse caído. No me atrevo, tendría que ser un sociólogo brillante, a desentrañar las razones por las que nuestros compatriotas de todas las clases sociales e ideologías, se identificaron con ella hasta convertirla en icono de la cubanía y, adoptándola, la guardaron para siempre en sus corazones. Todo eso está fuera de mis capacidades. Aquí, simplemente, voy a escribir unos párrafos sobre algo que conozco muy bien: mi Consuelito. (1)

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Como la casi totalidad de mis contemporáneos cubanos, yo me pasé años saboreando de lejos a Consuelo Vidal. En mi caso desde que, adolescente en los 50, cada tarde después de comer me sentaba ante el televisor para disfrutar de “Fiesta de las 7 menos 5”, programa de CMQ-TV en el que ella era la figura central, anunciaba productos de la Gravi y compartía sketchs que me parecían muy graciosos con distintos personajes, entre ellos la precoz niña ‘Prematura’, la que sufría palpitaciones, interpretada por el imitador Tito Hernández.

Pasando el tiempo, primero mi carrera en la televisión y después mi amistad con su hijo Amaury hicieron que los caminos de esta mujer extraordinaria y los míos se entrecruzaran mucho y tuve la oportunidad de dirigirla, de descubrir que su campechanía -el gran secreto de su popularidad- era sincera, de tratarla de cerca, de adentrarme en la intimidad de su hogar y allí, lejos del maquillaje, presenciar sus llantos y sus felicidades y sus encabronamientos y sus continuos problemas de salud, de verla en su papel de celosa madre de cuatro hijos (2).

Cuando una enfermedad de sus ojos le obligó a vivir durante meses en la oscuridad más absoluta, yo estuve allí, testigo de su entereza. Y los 4 de diciembre, en sus fiestecitas de cumpleaños -“agapitos” les decía ella-, que coincidián con la celebración de Santa Bárbara bendita, cuando el ron la empujaba a contar cuentos verdes, a cantar y a bailar, yo era uno de sus pocos invitados.

Tuve la prerrogativa de probar en su cocina, solos los dos, el delicioso café que colaba bien fuerte, de ocupar un puesto en su line-up personal y de formar parte de ese universo tan especial que la rodeaba siempre, cuando las cámaras la enfocaban y cuando no.

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Más de una vez me dijo que lo de ser locutora y animadora (3) había sido un capricho del destino, que estaba bien, que le había dado muchas satisfacciones y eso pero que lo de ella era actuar, que hubiera querido ser una María Valero, una Gina Cabrera, una Raquel Revuelta y, ya puesta a soñar, una Meryl Streep.

Entonces yo le replicaba:

– ¿Tú eres boba? ¡Qué actuación ni que ocho cuartos! Tú has logrado lo que Pumarejo o Pinelli, que frente a una cámara eran dos monstruos, no lograron: caerle bien a todo el público y no a una parte de él.

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Y ella se reía, con aquella carcajada juguetona y linda que iluminaba los hogares cuando explotaba desde los televisores. Especulando un poco con los hubieses: ¿qué hubiese ocurrido si Consuelo Vidal se hubiese marchado de la isla y Goar Mestre desde Argentina o Televisa desde México hubiesen creado un programa a su medida para que ella hubiese brillado en canales de toda América Latina?

Viviendo fuera de Cuba, he tenido el chance de ver a un buen número de presentadores de televisión. He observado a Don Francisco, Jimmy Carson, Mirtha Legrand, David Letterman, Verónica Castro, Jay Leno, Raúl Velasco, Bill Maher, Cristina Saralegui, Concha Velasco. Todos estrellas. Me han impresionado, en especial, Jimmy Fallon y Ellen DeGeneres. Me gustó mucho el Xavier Sardá de sus primeros tiempos en TV y Andreu Buenafuente, delante de quien tienen que quitarse el sombrero hasta los que no lo usan.

Ninguno me ha parecido más completo –en el sentido de dominar más diferentes terrenos- que Consuelito Vidal. Nadie es más polifacético que ella.

Ninguno la supera en crearle un clima más sabroso y cómodo a los entrevistados, en gracia al exprimir todo lo que da de sí un chiste, en capacidad de improvisación, en transmitir emociones, en lograr que el público jamás se aburra. En poder de comunicación, en autenticidad, en simpatía y frescura.

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Por si me pasaba tres pueblos exagerando, antes de escribir la afirmación anterior volví a mirar un par de veces el pedacito –apenas 83 segundos– del video del Guzmán 79 en que ella dijo unas cuantas frases que yo escribí para la presentación de la gala de Elena Burke. La forma en que interpretó aquel simple texto, la manera en que le sacó partido, lo convirtió en una joya. Como siempre que lo veo, ésta vez se me volvieron a poner los pelos de punta.

consuelo 15Cuando en 1959 llegó al poder la llamada revolución, Consuelito ya era Consuelito. Los capitalistas habían apreciado sus facultades y visto en ella no sólo a la mujer que conectaba con las amas de casa para venderles el jabón Rina sino también a la actriz y animadora que les podía levantar el rating de cualquier programa. Le pagaban bien, la mimaban, le crearon el marco para que fuera una estrella.

En los primeros años tras el 1 de enero, dirigieron la televisión ejecutivos jaboneros que, viniendo de antes, eran conscientes de lo que significaba la palabra entretenimiento. Ellos continuaron valorando el talento y la Vidal tuvo su Amigo y sus Amiguitos, su tía Tata, sus teatros ICR, su Fachada y sus eventos. Ella siguió siendo ella.

Pero, siempre hay un pero, desde las sombras saltaron a primer plano y se hicieron con el poder en los medios audiovisuales los demoledores, que venían “a limpiar la basura”, “a poner orden”. Y ocuparon los despachos de Radiocentro un burujón de mediocres cuyos méritos eran, entre otros, joder a los demás, obedecer las orientaciones de arriba, clamar contra el culto a la personalidad de quien no fuera El Caballo, alertar de los peligros que el diversionismo ideológico podía producir en la formación del hombre nuevo y no mirar más allá de sus ñatas narices.

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En un país que sufriera las dificultades por las que pasaba el nuestro, cualquier dirigente con dos dedos de frente hubiese creado y mantenido en el aire durante años “El show de Consuelito Vidal”. Pero en Cuba no. Ella era sinónimo de risa y choteíto criollo y esos eran elementos muy peligrosos.

A veces he oído decir que Consuelo fue una privilegiada del sistema. Con la excepción de algún alto mayimbe que le resolvió algún que otro problema, el día a día de su vida profesional estuvo marcado por la manera irracional de tratarla. Durante años, sobre todo desde mediados de los 80 en adelante, hubo mucha intriga, mucho tejemaneje y mucha mala leche con ella por parte de los que secuestraron el ICRT.

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Resulta realmente increíble que hubiera memos y cabrones con poder que, teniendo un tesoro como Consuelito en sus manos, le redujeron las posibilidades de expresarse tal y como ella era y trataron de anularla y silenciarla con un afán digno de mejor causa. Memos y cabrones que, me consta, le causaron muchas lágrimas que nunca debió derramar.

consuelo 21La primera vez que la llamé para que trabajara conmigo fue el 22 de junio de 1970. Germán Pinelli se había enfermado y me avisó de que, durante unos días, no iba a poder animar la locura aquella titulada “En vivo” que hacíamos en directo cada mediodía en el estudio 10 de Radiocentro. Yo había preparado un argumento de peso (“tú eres la única persona que puede sustituir a Pinelli”) pero no hizo falta soltárselo.

– No te preocupes. Yo soy televidente fija del programa y lo vacilo muchísimo. Así que iré con mucho gusto. ¿A qué hora tengo que estar allí?

Fueron apenas dos días, martes 23 y miércoles 24, pero resultaron suficientes para gustarnos, para saber que girábamos en la misma órbita.

Y a partir de entonces ya hicimos tándem y vinieron otros “En vivo”. Con ella hice los “Recital” complicados, como los de Pete Seeger y Blanquita Becerra, los musicales “Fiesta Festival” y aquella joyita –perdonen la inmodestia- que titulé “El hombre más alegre del circo”.

consuelo 9Y “Yo también soy joven” –donde Loly Buján y yo la volvimos a unir con Cepero Brito-, “En la viva”, donde improvisaba una cháchara con el público asistente que hacía reír hasta a una piedra, y no sé cuántos eventos como los festivales de Varadero, los concursos Adolfo Guzmán de Música Cubana ICRT, el Encuentro Cuba-USA Havana Jam y cuanto cocinao se nos puso por delante. Ay, Vidal, que montón de pinchas hicimos tú y yo. (4)

Pero en ninguno de aquellos trabajos conjuntos se fundieron de manera tan fuerte nuestra colaboración profesional y nuestra comunicación personal como en los diecisiete meses seguidos de 1974 y 75 en que pusimos a gozar aquel musical sabatino del Canal 6 que se llamó “Juntos a las 9 / A la hora del cañonazo”. (5)

El espacio que animaban Héctor Fraga e Hilda Rabilero se había transmitido 111 veces y lo habíamos colado en el primer lugar cuando Consuelo, que lo había presentado algunas veces de manera ocasional, pasó a ser fija en él. Su incorporación me abrió nuevas posibilidades, que aproveché. (6)

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En sólo unos meses, la pareja de Consuelito y Fraga ya estaba consolidada y su relación en cámara era un gran valor del Cañonazo.

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Cierta vez, después de muchos programas juntos, me reveló que Roberto Garriga (en lo dramático) y yo (en la animación) éramos los únicos a quienes ella les permitía dirigirla.

– A los demás les admito que me orienten, que me den una sugerencia y si me parece buena la incorporo. Pero dirigirme, lo que se llama dirigirme, Garriga y tú.

Y me lo dijo de una forma natural, sin pose trascendente y sin montones de anuncios, sin sospechar siquiera que era el más grande elogio que me habían hecho.

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Hace poco un buen amigo de ella, que llegó a ser su confidente, me aseguró:

– No te imaginas lo que ella te respetaba.

Y se me hizo un nudo en la garganta. Porque era Consuelito, ¡coño!

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No siempre fueron fáciles nuestras relaciones. Claro que hubo tensiones. Y más de una vez, incomprensiones de ambas partes. Como todo genio –y ella lo era, ¡vaya si lo era!- Consuelo era mucha Consuelo y no resultaba un paseo lograr que hiciera cosas que ella en principio no entendía o no quería hacer.

En ciertas ocasiones no comprendí sus razones para tomar determinadas decisiones extra artísticas que tenían que ver con su trabajo y, de paso, con el mío. De hecho, cuando en 1992 partí definitivamente de Cuba, nuestro trato se había enfriado debido a problemas que se presentaron en el último programa semanal que hicimos juntos, aquel exitazo “En la viva” de los jueves a las ocho y media que la conectó con una generación de jóvenes televidentes que se la habían perdido durante años por la estúpida forma de dirigir TV Cubana de los burócratas y demoledores que mandaban en Radiocentro.

Iluso de mí, olvidando que la vida se parece a una bicicleta en que ninguna de las dos tiene marcha atrás, me puse a soñar que cuando el vendaval que azota con fuerza a nuestra isla pasara y yo regresara a La Habana, nos sentaríamos otra vez a paliquear solos en su cocina y al calor de su cafecito, nos diríamos cuatro verdades que nos debíamos, nos perdonaríamos nuestras mierditas y se recompondrían nuestras relaciones, como había ocurrido en más de una ocasión.

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Y hasta, a lo mejor, hablaríamos de un nuevo proyecto, de una nueva aventura. Quién sabe si, con suerte, hubiéramos podido hacer al fin la frustrada serie “Cantante” en la que yo había escrito el papel de la solterona Tía Mercedes pensando en ella, seguro de que lo iba a bordar.

Pero desgraciadamente, muy desgraciadamente, el ciclón siguió vapuleándonos con vientos de mil por hora y nuestros destinos se separaron definitivamente. Yo, que había dejado de ser el cubano Ginori para convertirme en el gallego Antonio, decidí no desandar el Océano Atlántico. A ella una cruel enfermedad le impidió hablar, que es lo peor que le puede ocurrir a una Señora Perorata y moverse con soltura, que es lo peor que le puede ocurrir a quien poseía el don del movimiento perpetuo.

Resultó, maldita sea, que te tocó irte. Qué pena, Consuelo Vidal, que la vida no tenga rewind. ¡Cómo nos hubiese gustado conversar una vez más! Aunque fuese, en el peor de los casos, una única y última vez, para despejar dudas entre nosotros, indultarnos mutuamente y dejar nuestra amistad bien atada. Y después macharnos tranquilos ambos, cada uno por el camino que elegimos pero tranquilos.

Aquel aciago octubre de 2004 se acabaron los programas, los episodios, los eventos y las galas. La muerte consiguió lo que la vida nunca pudo: que una viyaya como ella descansara. Y se fue, se nos fue. Y en brazos de una muchedumbre viajó desde el corazón hasta la memoria de todo un pueblo. Y allí está, grande y quietecita, para siempre inmortal.

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Referencias:

1. Ésta es la segunda de las dos piezas que he dedicado a Consuelito. La primera, publicada en el blog el 9 de abril de 2015, recoge un reportaje que le hice en la época en que yo escribía en la revista Cuba Internacional.

2. Consuelito ejercía de madre con la misma filosofía conque una pata cuida de sus paticos. ¡Cuídao con tocármelos o meterse con ellos! En 1980, cuando los sucesos de la embajada de Perú, su yerno saltó la cerca y se asiló. Y un grupo de bárbaros enardecidos le montó un mitin de repudio a su hija y por extensión a Amaury y a toda la familia.

Consuelo se enfrentó a ellos con tal determinación y valentía que desmontó el intento.

3. Aclaración a mis lectores no cubanos: la palabra animadora, en Cuba, equivale a presentadora o conductora de un programa o evento.

4. Ninguno de los programas que hicimos Consuelito y yo aparece reflejado en las biografías más o menos oficiales de ella subidas a Internet. Ni “En vivo”, ni “Juntos a las 9”, ni “Yo también soy joven”, ni “En la viva”. ¿Por qué será?

5. En la pieza “Juntos a las 9, A la hora del cañonazo”, que publiqué en este blog en abril de 2014, escribí lo siguiente:

CONSUELO VIDAL SE APUNTA AL CAÑONAZO

Cuando ya Fraga se había convertido en una figura y el programa, que iba por su emisión número 51, marchaba viento en popa, se marchó un mes de vacaciones. Para sustituirle pensé en traer a una cuarto bate: Consuelito Vidal. Por supuesto, lo consulté con él, que estuvo de acuerdo.

El 17 de julio de 1972, Consuelo, invitada al programa, participó en una sección titulada “Averigüe mi secreto”. El misterio a descubrir era que la Vidal sería animadora del espacio durante la ausencia de Fraga.

En sus siguientes seis emisiones, el programa fue presentado a cuatro manos por ella e Hilda. Consuelito terminó su suplencia cuando Héctor regresó, al final de agosto.

JUGÁRSELA CON CONSUELO

Un mal día, Hilda Rabilero me planteó su decisión de abandonar el programa. Adujo razones personales. Su última aparición fue en la emisión número 111, transmitida el 16 de febrero del 74.

Para mí, la opción más lógica era la de incorporar a Consuelito Vidal como compañera de Fraga. Significaba una jugada atrevida, casi temeraria. Consuelo era un monstruo de la comunicación, un dechado de naturalidad y simpatía, la más famosa animadora cubana de todos los tiempos. Ponerla junto a Héctor era muy peligroso; ella podría comérselo fácilmente. Pero Fraga, ya seguro de sí, no se amilanó:

– Tráela. ¿Qué me puede pasar, que tenga que regresar a la radio?

En años recientes, la Vidal había formado dupla con dos grandes: Germán Pinelli y Cepero Brito. Comparado con ellos, Fraga era prácticamente un principiante. Pero ella, veterana de mil batallas y que de tonta no tenía un pelo, aceptó formar yunta con él porque le vio potencial.

Los tres trabajamos mucho el concepto de la pareja. Me preocupaba que se pareciera a lo que ella hacía con Cepero en “Detrás de la fachada”. La fantasmita omnipresente que Consuelo interpretaba en “Fachada” resultaba graciosa pero muchas veces sus comentarios rezumaban ácido hacia los hombres y el que cogía los palos era él. Eso no me cuadraba; mi idea era crear un dúo de iguales, dos cómplices que se la pasaban bien cada sábado presentando artistas y jodiendo ante las cámaras.

Consuelito disfrutaba de una popularidad y una experiencia cien veces mayores que las de Héctor. En un rasgo de modestia que le valoré mucho, tuvo la inteligencia de darle cancha a él y aceptarle ante el público como su par. El experimento funcionó. Con el tiempo se hicieron muy amigos y constituyeron uno de los pilares del programa.

Pegaron fuerte. En 1975 fuimos a la capital de Las Villas a grabar un especial en saludo al 26 de julio y nuestra delegación, repleta de artistas populares, se alojó en el Santa Clara Libre, frente al Parque Vidal. Todos los días, a la entrada del hotel había más gente para ver en persona y pedirles autógrafos a los dos presentadores que a las estrellas musicales que llevamos desde La Habana.

6. En 1974, el piso donde yo vivía en el municipio Habana Vieja estaba separado de otro contiguo solamente por un pequeño muro.

Mi familia tenía que soportar constantemente a una vecina que hablaba sin parar, generalmente en voz alta aunque a veces lo hacía a gritos pues las broncas allí eran frecuentes.

Aguantar el bla bla bla de la susodicha desde que se levantaba por la mañana hasta que se acostaba en la noche era una verdadera tortura.

Esa situación desesperante me motivó para escribir un sketch de “Juntos a las 9” que incluía un número musical que Consuelito interpretó con la orquesta Ritmo Oriental, que estaba en aquel momento en la cima de su popularidad. Juan Crespo Maza, cantante de la Ritmo, compuso la música. Yo, redacté la letra. Lo titulé “La Señora Perorata”.

Mientras lo grabábamos en el estudio 1 de Radio Progreso, asomó por allí por pura casualidad el locutor Eduardo Rosillo, presentador de la Discoteca Popular de la Onda de la Alegría, a quien le gustó el tema. El sábado 8 de junio del 74 salió al aire por nuestro programa del canal 6 y al día siguiente, Rosillo lo promovió radiándolo cuatro veces durante la tarde.

A partir de ahí, “La Señora Perorata” hizo carrera y se convirtió en un hit que sonaba en todas las emisoras. Fue tal el éxito, que la orquesta lo incluyó en su primer disco de larga duración, junto a batazos como “Mi socio Manolo” y “El que no sabe, sabe”.

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NOTA ACLARATORIA

Este artículo fue publicado en el maravilloso Blog de Pedraza Ginori, uno de los mas destacados directores que ha tenido la Televisión Cubana, esposo de la admirada directora de televisión recientemente fallecida Loly Buján.

Agradecemos su gentileza para la republicación del mismo, y de otros, que pueden resultar de muchísimo interés para los lectores de ELCINEESCORTAR.

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